Que mis hijas nunca permitan el primer irrespeto
Tengo dos hijas de 16 y 14 años. He tenido muchos temores como padre, pero confieso que, después de leer la entrevista de CAMBIO que hizo su director Federico Gómez Lara a Karen Santos, publicada el pasado domingo 30 de noviembre y de ver el video que ella autorizó publicar, apareció uno nuevo: el temor a que algún día una de ellas termine al lado de un hombre capaz de hacer lo que vi ahí.
Vi y escuché el video horrorizado. No hay otra palabra. No era una “pelea de pareja”, ni un “conflicto doméstico”, ni un “momento de rabia”. Era un intento de feminicidio. Un hombre fuera de sí, Ricardo Leyva (el famoso empresario de conciertos), descargando golpes contra su expareja, insultándola con palabras soeces y, además, culpándola a ella de la violencia que él mismo ejercía. El video es aterrador. Quedé sin aliento al oír las frases de Leyva, acompañadas de groserías y golpes: “¿querías que te golpeara?”, “¿querías que te matara?”, “me estás toreando”, “¿eso era lo que querías?”, “me has buscado, me has provocado toda la noche”. Todas impactantes, pero estas dos me helaron los huesos: “te voy a golpear y te voy a destrozar”, “¿quieres que sea un asesino?” …
La entrevista de Federico Gómez Lara es, probablemente, una de las más difíciles que un periodista puede hacer. No solo por la crudeza de lo que ella narra, sino porque detrás de cada respuesta hay años de golpes, miedo, humillación, amenazas a sus hijos, cirugías, hospitales, policías que llegan a proteger al agresor y no a la víctima, y un círculo social que sospecha, comenta en voz baja, pero sigue como si nada. Que Karen haya decidido hablar, mostrar pruebas, entregar videos y audios, es un acto de valentía descomunal. Aceptar revivir ese infierno frente a un periodista y frente al país no es heroísmo gratuito. Es una forma de sobrevivir para ella y de evitar que otras mujeres terminen muertas.
Cuando terminé de leer la entrevista y de ver el video, sentí que no podía quedarme solo con mi indignación. Decidí sentarme, por separado, con cada una de mis hijas. Les conté quién era Karen, qué había pasado, por qué esa historia había terminado en las páginas de un medio nacional. Y luego les mostré el video. Las dos lo vieron con la misma mezcla de horror, rabia y tristeza. Nos quedamos en silencio unos segundos. A veces, el silencio es la única reacción posible frente a algo tan brutal. Y, muchas veces, dice más que cualquier palabra.
“La entrevista de Federico Gómez Lara es, probablemente, una de las más difíciles que un periodista puede hacer”.
Después hablamos. Les dije lo que hoy quiero repetir por escrito, por si le sirve a algún otro padre o madre: que nunca permitan el primer irrespeto.
Que el límite no está en el golpe, sino mucho antes: en el grito, en el empujón, en la primera cachetada, en el “usted sin mí no es nadie”, en el comentario humillante disfrazado de chiste, en el control del celular y de las redes sociales, en la amenaza velada, en el chantaje emocional —y sobre todo económico—, en los celos enfermizos. Que el amor nunca se expresa a través del miedo. Que una relación donde toca caminar en puntas de pie para no “provocar o torear” al otro, no es amor: es sometimiento.
No sé exactamente en qué momento la historia de Karen pudo haberse detenido antes de llegar a esa escena aterradora. Ella misma dice que soportó años de maltrato, que llegó a esconderse dentro de su propia casa, que grababa las golpizas para que, si un día la encontraban muerta, por lo menos se supiera quién fue. Ahí hay algo profundamente perturbador: una sociedad en la que una mujer necesita evidencia para que le crean, sobre todo después de su propia muerte.
“Las dos lo vieron con la misma mezcla de horror, rabia y tristeza. Nos quedamos en silencio unos segundos”.
En lugar de hablar de “hombre enfermo”, prefiero hablar de algo más incómodo: una combinación de adicciones, rasgos de personalidad violentos y una cultura que le enseña a muchos hombres que controlar, humillar y culpabilizar a su pareja es parte del libreto. El mismo que se alimenta, además, del entorno: empleados, amigos y hasta familiares de lado y lado que “están cansados de ver lo que le hace”, médicos que sospechan, autoridades que miran para otro lado. No es solo un agresor; es una red de silencios.
Por eso me dolió leer la respuesta indiferente y evasiva del presidente Gustavo Petro, que más allá de ser jefe de Estado —cargo que reclama públicamente cada vez que tiene la oportunidad— es también padre de varias hijas. Esta vez, sin embargo, esa alta dignidad se desvaneció: ni siquiera hubo un intento de ejercerla con vehemencia. Escribió en X, al referirse a esa entrevista: “Yo no me meto en esas peleas. De ahí solo se sale aruñado por todas partes”. No se trata de “meterse en peleas”. Se trata de asumir una posición clara frente a un caso de violencia extrema contra una mujer, que ya no es un asunto íntimo sino un hecho de interés público, documentado y expuesto por una víctima valiente y por un medio serio. El silencio del Gobierno, y en particular de las mujeres en altos cargos de ese mismo Gobierno, duele. No porque yo espere linchamientos mediáticos, sino porque el país necesita liderazgos que digan, sin matices, que lo que vimos en ese video es inaceptable y debe tener consecuencias.
Como padre, me quedo con otra enseñanza. El testimonio de Karen Santos no es solo una denuncia valiente contra su agresor; es un mensaje doloroso y a la vez valioso para nuestras hijas. Ella ya perdió demasiado y le tomará años recuperar algo tan básico como la salud y la paz interior. Con esta entrevista, es posible que ella haya comenzado el camino para dejar atrás la pesadilla y permitirse, de nuevo, la posibilidad de un sueño de vida distinto.
Lo mínimo que podemos hacer los adultos es usar ese testimonio para abrir conversaciones incómodas, pero necesarias, en nuestras casas. No solo para proteger a nuestras hijas, sino para recordarles también a nuestros hijos que el amor se funda en el respeto, nunca en el control ni en el miedo; lo contrario no es carácter ni pasión, es violencia.
“Lo mínimo que podemos hacer los adultos es usar ese testimonio para abrir conversaciones incómodas, pero necesarias, en nuestras casas”.
Yo, por mi parte, quise que mis hijas supieran dos cosas: que siempre podrán contar conmigo si un día sienten miedo en una relación, y que prefiero mil veces verlas terminar un noviazgo “prometedor” o incluso un matrimonio “supuestamente ejemplar” antes que verlas atrapadas en una historia como la de Karen Santos. Si su testimonio sirve para que una sola joven reconozca a tiempo las señales de la violencia y se salga de ahí antes del primer golpe, entonces su valentía habrá valido la pena. Y habrá salvado, en todo sentido, una vida que nunca conocerá.
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