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Miércoles 6 de mayo de 2026
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Edna Bonilla

Un avance insuficiente: las fracturas educativas del 2025

Al cierre del año, Colombia vuelve a mirarse en los espejos habituales de la educación. Revisamos la ejecución presupuestal, el cumplimiento de metas, el número de cupos abiertos o los puntajes en pruebas estandarizadas. Estos y otros indicadores son útiles, pero insuficientes. Reducen el sistema educativo a fotografías aisladas, cuando lo que realmente importa es la película completa. Para entenderla, es necesario mirar más allá y observar las trayectorias educativas de niñas, niños, adolescentes y jóvenes.

Desde la primera infancia hasta la educación posmedia, las preguntas esenciales no han cambiado: ¿cuántos entran a tiempo?, ¿cuántos permanecen?, ¿cuántos llegan bien preparados a la etapa siguiente?, ¿cuántos logran culminar su formación integral con oportunidades reales? Y, sobre todo, ¿cuántos pueden vivir esta etapa de su formación sin que la desigualdad los obligue a detener el camino?

La percepción ciudadana también refleja esta tensión. Según la encuesta de opinión en educación de la Fundación Empresarios por la Educación, el 49 por ciento de los colombianos cree que la educación está empeorando y el 40 por ciento que está mejorando. Un país dividido, viendo el vaso medio lleno o medio vacío dependiendo del punto de vista. Desde la evidencia, es importante examinar las trayectorias educativas completas.

1. La puerta de entrada: avances en educación inicial, pero brechas que no ceden

Colombia cuenta hoy con cerca de 4,3 millones de niñas y niños entre 0 y 5 años, una cifra que está bajando por la caída de la natalidad. La evidencia es clara, y lo que ocurre en estos primeros años determina buena parte del futuro educativo. Allí se tienen los primeros vínculos, se consolida el lenguaje y, gracias a una buena nutrición, a las actividades lúdicas, y a la experimentación, se van sentando las bases del desarrollo integral.

Hay avances importantes. En 2025, la matrícula en prejardín y jardín es la más alta de la historia reciente. Son 275.000 estudiantes, de los cuales 128.000 están en instituciones oficiales o financiadas con recursos públicos. Con respecto a la década pasada, ha aumentado la matrícula y la participación pública.

Si los avances en prejardín y jardín son positivos, el mensaje es negativo cuando se observa la matrícula en transición —el grado obligatorio—, que en 10 años se redujo de 752.000 estudiantes a 600.000.

La foto es todavía más diciente con otros datos. Según la Encuesta de Calidad de Vida del Dane, unos 1,3 millones de niños menores de cinco años reciben la misma atención institucional que hace una década. Las cifras del ICBF son más altas (1,7 millones). A pesar de que estas cifras son buenas, la mitad de los niños sigue sin recibir una atención institucional adecuada en la etapa más determinante de su vida. Colombia avanzó en articulación, normatividad y reconocimiento de la educación inicial como parte del sistema educativo. Pero las brechas territoriales en infraestructura, en calidad del cuidado, en dotación y en formación docente siguen marcando el destino de los niños. Incluso, desde antes de entrar a primaria. La puerta de ingreso no es igual para todos.

2. El siguiente tramo: calidad estancada, desigualdades acumuladas y una deserción que no cede

En básica y secundaria, el país mantiene una deuda estructural. En las pruebas PISA el 70 por ciento de los estudiantes colombianos se ubica en los niveles de bajo desempeño. Este porcentaje es considerablemente más alto que el promedio OCDE, del 31 por ciento. Esta brecha se mantiene, año tras año, sin transformaciones sistemáticas de fondo. En las pruebas SABER la historia no es distinta. El estancamiento lleva casi una década.

El contexto que rodea estos resultados también revela inequidades profundas. Mientras casi la totalidad de estudiantes de colegios privados están en jornada única, en el sector oficial apenas es uno de cada cinco estudiantes. La meta del Plan Nacional de Desarrollo —30 por ciento de estudiantes en instituciones oficiales con ampliación de jornada— está lejos de cumplirse.

La permanencia escolar muestra luces y sombras. Aunque ha disminuido la deserción intra-anual, entre 3 y 4 por ciento de los estudiantes abandona la escuela cada año. Son miles de trayectorias interrumpidas. No se trata solamente de cifras. Entre quienes dejan la escuela, muchos trabajan, asumen tareas de cuidado o migran. Son adolescentes desmotivados o sin servicios básicos para continuar.

Las zonas rurales, los antiguos territorios nacionales y los municipios con menor capacidad administrativa siguen registrando tasas de abandono más altas, peor infraestructura escolar y mayores barreras para acceder al transporte y la alimentación. La repitencia supera el 5 por ciento y hay consenso entre investigadores en que aumenta el riesgo de desertar y profundiza desigualdades acumuladas.

El dato más crítico es que 1,3 millones de niñas, niños y jóvenes entre 5 y 16 años están hoy por fuera del sistema educativo. El sistema abre la puerta, pero no logra sostener a quienes más lo necesitan.

3. El espejo de la media: mejoras leves en SABER 11, pero brechas que no se cierran

La prueba SABER 11 sigue siendo el espejo donde el país mira el cierre de la educación media. Este año hubo un avance. El puntaje promedio global subió un punto llegando a 261. Un signo positivo de recuperación pospandemia. Sin embargo, todavía no alcanzamos el nivel de 2016, y los promedios ocultan diferencias estructurales persistentes.

Las brechas siguen ahí, sin variaciones significativas. Los estudiantes rurales presentan cerca de 30 puntos por debajo de los urbanos. Los de colegios oficiales tienen 38 puntos menos que los de establecimientos privados. Y cuando se compara por nivel socioeconómico, la diferencia entre los extremos es de 70 puntos. No son brechas de ‘colegios’. Son brechas de país, acumuladas durante toda la trayectoria educativa.

A pesar de todo, hay señales alentadoras. Una de ellas es el resultado de los 10 colegios oficiales de Bogotá que implementaron el Bachillerato Internacional (BI). Antes de la intervención, sus variaciones anuales en el puntaje global de SABER 11 eran mínimas (entre −0,5 por ciento y +0,96 por ciento). Con la entrada del BI, la tendencia cambió, y en 2024 el puntaje promedio aumentó 1,19 por ciento y en 2025 creció 2,84 por ciento. Los estudiantes mejoraron en inglés, lectura, ciencias y competencias ciudadanas. Estos logros muestran que la educación pública puede transformar oportunidades cuando la apuesta es seria, sostenida y rigurosa.

La transición a la educación superior sigue siendo la barrera más dura. Solo 45 de cada 100 jóvenes que se gradúan logran ingresar de manera inmediata. Y cerca de 2,3 millones de jóvenes entre 15 y 28 años no estudian ni trabajan. Aunque la cifra ha venido bajando, su magnitud sigue siendo inaceptable para un país que busca cerrar brechas.

El balance: un sistema que avanza, pero no al ritmo que exige la equidad

Aunque se han logrado avances importantes, las desigualdades profundas siguen definiendo las trayectorias educativas. El vaso puede verse medio lleno o medio vacío, pero el punto no es ese. Lo que está realmente en disputa es la posibilidad de que cada niño, niña y joven pueda recorrer su camino educativo sin que su origen, su territorio o sus condiciones socioeconómicas determinen su destino.

Para demasiados estudiantes la trayectoria es un camino interrumpido, lleno de obstáculos previsibles y de apoyos que no llegan a tiempo. El camino seguirá roto mientras la educación inicial excluya a la mitad de la población infantil y la deserción escolar continúe siendo una fuga silenciosa. Mientras no superemos esos umbrales, la trayectoria educativa seguirá siendo incompleta para demasiados estudiantes.

Esta es solo la primera parte del balance. En la columna del 25 de diciembre analizaré la etapa más frágil de todas —la educación superior— y los propósitos que, en mi opinión, deberían orientar al país en 2026 para que, esta vez sí, la trayectoria educativa sea continua y justa para todos.


Posdata. Mientras reflexionamos sobre trayectorias educativas, vale la pena mirar también los ambientes digitales. Este mes, Australia se convirtió en el primer país en aprobar una ley que prohíbe el uso de redes sociales a menores de 16 años.  Creo que la decisión es acertada. Si queremos que los jóvenes construyan trayectorias reales —con aprendizajes, bienestar y oportunidades— debemos asegurar que la infancia y la adolescencia no queden secuestradas por algoritmos, adicciones digitales o simulacros de socialización. Proteger sus trayectorias educativas también implica proteger sus procesos vitales.

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