Veinte años sin R. H. Moreno durán
Hay días en los que uno escarba la biblioteca sin buscar nada específico y otros en los que nos dejamos sorprender por algún libro que hace muchos años teníamos perdido. A mi me gusta regresar, con cierta frecuencia, a aquellos títulos que me han acompañado a lo largo de la vida y que siempre guardan algo para sorprendernos. Por ejemplo, hace poco recordé que hace veinte años murió Rafael Humberto Moreno Durán y quise encontrar algunos de sus títulos en mi biblioteca. Me emocioné leyendo algunas de las dedicatorias y recordé muchos encuentros con él en eventos literarios, en las primeras ferias del libro de Bogotá y en reuniones donde siempre los contertulios disfrutamos de su buen humor, de su ironía inteligente y de sus opiniones, algunas deslumbrantes y otras incómodas, sobre distintos sucesos del país, la cultura y el mundo. También recordé algunas reuniones y un par de entrevistas en su apartamento de la urbanización Usatama en Bogotá y donde estaba su estudio cuya biblioteca conservaba más de seis mil títulos, entre ellos varias ediciones de algunos de sus libros favoritos como Don Quijote de la Mancha, obras de Marcel Proust y algunos autores clásicos latinoamericanos. Tenían sus estantes muchos souvenirs literarios y un orden riguroso de papeles y cuadernos en los que le gustaba escribir.
Nombrarlo hoy no es un efecto de la nostalgia sino un acto de memoria necesaria en un país que suele olvidar muy pronto a sus creadores, a aquellos que le han dado identidad y cohesión a una sociedad fracturada. Me duele que los péndulos de las coyunturas mediáticas pongan una sombra sobre aspectos de la memoria literaria del país. Pasaron veinte años y muy pocos recordamos este aniversario algo injusto no solo con un autor fundamental para comprender nuestra tradición y un momento tan determinante de la literatura continental como lo fue el post boom, sino de un divulgador que con generosidad abrió puentes de ida y vuelta con la industria editorial de las últimas décadas del siglo pasado con autores y autoras que hoy son parte del canon de las literatura escrita en español.
Su obra se convirtió, a lo largo de los años, en una inmensa geografía donde conviven el erotismo, la política, la cultura, la muerte, la parodia y la inteligencia como una suerte de cartografía del desconcierto contemporáneo. Su cumbre llegó con Fémina Suite, trilogía que incluye las novelas Juego de damas, El toque de Diana y Finale capriccioso con Madonna y que tuvo varias ediciones completas tanto en Colombia como en España. Otras de sus novelas que tuvieron amplia acogida por la crítica la academia y los lectores son Los felinos del canciller, El caballero de La Invicta y Mambrú, al igual que sus volúmenes de cuento Metropolitanas, Cartas en el asunto, El humor de la melancolía y La suerte contraria y otros cuentos, entre otros títulos.
Pero su obra ensayística es asunto aparte. Libros como De la barbarie a la imaginación, Denominación de origen: la experiencia leída (momentos de la literatura colombiana), El capítulo inglés y Fausto: el infierno tan leído, dan cuenta de una lucidez intelectual y de una pasión lectora insobornable. Sin embargo, para mí su ensayo Taberna in fábula es no solo uno de los más bellos ensayos sobre el expresionismo alemán que haya leído sino uno de los mejores que se hayan publicado en Colombia durante el siglo XX, y El festín de los conjurados, con el que recibió el premio nacional de ensayo del Ministerio de Cultura en 1998, que es un recorrido por la trasgresión de muchos de los autores simbolistas y poetas malditos que fundaron la modernidad literaria en occidente. Estos solo por mencionar algunos de sus títulos de ensayo.
Como divulgador recuerdo su prosa como columnista de El País y La Vanguardia, de España, y como director de la edición hispanoamericana de la mítica revista Quimera. De igual forma fue el encargado de la sección ‘La esquina del cuento’, del Magazín dominical de El Espectador durante varios años en la década de los noventa y en 1991 fue el conductor (junto a la periodista Margarita Vidal) y director literario del programa de televisión Palabra Mayor, producido por Audiovisuales, del Ministerio de Comunicaciones, en el que entrevistó a algunos de los escritores más relevantes de la escena continental. De aquella experiencia escribió en libro de crónicas Como el halcón peregrino: la augusta sílaba.
Rafael Humberto Moreno Durán perteneció a una generación que la tuvo difícil. Todas, de alguna manera la tienen difícil, pero esta era la generación inmediata al boom latinoamericano y no solo la más cercana en cronología sino en afectos, filias y fobias. Aquel boom y esos soles incandescentes opacaron por obvios motivos a muchos de los autores que seguían en la línea de partida que si decidían escribir a la manera de esos maestros eran considerados epígonos y si no lo hacían eran unos parricidas. Pero, a pesar de eso, esa generación entendió la literatura como un acto de riesgo y como una apuesta vital de estar en el mundo. Allí estaban Nicolás Suescún, Darío Ruiz Gómez, Helena Araújo, Alba Lucía Ángel, Fernando Cruz Kronfly, Fanny Buitrago, Fernando Vallejo, Germán Espinosa, Óscar Collazos, Luis Fayad y Roberto Burgos Cantor, entre otros, nacidos en la década de los treinta y los cuarenta.
Un aniversario como este que conmemoramos de los veinte años de la muerte de R. H. Moreno Durán es una puerta para volver a su obra, para releerlo y ponerlo en un justo lugar dentro de la historia literaria. Es una invitación a leerlo con los ojos de hoy y hacer nuevas interpretaciones desde otras miradas. El mundo que él vivió ya no existe, y ni las utopías de su momento están a la orden del día, pero sus preguntas sobre el destino humano siguen intactas y se hacen más urgentes en este presente. Creo que siempre nos pasa eso con nuestros muertos y es que nos preguntamos cómo vivirían el llamado progreso de hoy. ¿Qué pensaría R. H. del devenir de la literatura en este siglo XXI, las redes sociales y la IA? ¿Cómo habría sido su emoción al ver el éxito del primer libro de cuentos, El sentido del orden, de su hijo Alejandro?
De pronto, leer a esos autores de nuestra tradición literaria sea un acto de rebeldía y desobediencia ante los dictados del presente y de las modas. Leer a R. H. Moreno Durán es una forma rescatar la memoria sobre la inmediatez y de dejarnos sacudir por un prosa que venía directamente de los clásicos. Se hacen necesarias buenas reediciones de su narrativa y de sus maravillosos ensayos para seguirnos pensando como lectores y como sociedad.
Quizás de eso se trate este aniversario: de volver a entrar a esa casa segura donde siempre habitarán las inmensas preguntas de siempre. Allí seguiremos desobedeciendo al olvido y los afanes de este siglo para dejarnos herir por su lucidez y su talento y para ratificar, a la manera de Dylan Thomas, que la muerte no tendrá dominio ni la última palabra.