Volver a creer
En la infancia diciembre era un mes de fantasía y de muchas ilusiones. Era el momento en el que el Niño Dios nos premiaba o no por nuestro comportamiento durante el año. Ver algunos regalos debajo del árbol era la ratificación de ese asombro. En el imaginario infantil no estaba claro si era el niño o Papa Noel quien traía los regalos o si eran los Reyes Magos el seis de enero. Para mí tenía más lógica que fueran los tres reyes o Santa Claus en su trineo porque físicamente me parecía imposible que un niño recién nacido pudiera cargar tantos paquetes para destinatarios de todo el mundo y, sobre todo, los de mi barrio. Algo sabía de la rotación terrestre y resultaba verosímil que en la noche de Australia y el pacífico estuvieran (los reyes y Santa) trabajando con intensidad a ese lado del mundo para alcanzar a llegar a la media noche de Santa Marta, Magdalena, Colombia, Edificio La Capilla I, Barrio Bavaria.
Lo cierto es que llegaban los regalos, algunos inesperados y otros deseados y pedidos con anhelo. Algunas veces conspiramos con mis primos para quedarnos despiertos y ver en directo la llegada de esos regalos con las obvias preguntas sobre dónde se parquearía el trineo o si eran repartidos desde el piso más alto hasta el más bajo del edificio o viceversa. Pero nunca lo logramos. Siempre caímos profundos antes de la llegada de la media noche entre la ansiedad y el cansancio de los juegos del día. Lo mismo ocurría con el Ratón Pérez, a quien le dejé debajo de la almohada todos los dientes de leche a cambio de unos billetes de cincuenta pesos de fines de los setenta o comienzos de los ochenta con la figura de Camilo Torres o unos de veinte pesos con la figura de Francisco José de Caldas. También hice esfuerzos por quedarme despierto para descubrir al roedor llegar a mi habitación con el dinero, pero tampoco lo logré.
Aquel asombro se modificó y las navidades fue prolongar aquel asombro en mi hijo Sebastián quien pertenece a una generación que empezó su escepticismo a una edad más temprana por cuenta del mundo digital. A sus ocho o nueve años ya había recibido comentarios de sus compañeros de colegio que lo hacía dudar de la existencia del Niño Dios y tuve que coordinar, en uno de esos diciembres, toda una logística especial para que, a pesar de sus sospechas, no quedara indicio de intervención filial. Su mirada de asombro no la olvidaré nunca y ni su alegría comentando “Yo sabía que sí era el niñito el que traía los regalos”. Creo que fue la última navidad con aquella fantasía en su imaginación. Luego creció, como crecí yo en su momento, y llegó el triste momento de desmontar esos mitos y fábulas.
Hoy extraño, más que nunca, esas navidades esperando al Niño Dios. Siento que poco a poco le hemos arrancado a la vida las posibilidades del misterio, empobreciendo nuestra forma de mirar el mundo. No en vano, ahora los niños y adolescentes están más cansados, expuestos a tantas pantallas y perdiendo la opción de la inocencia. A qué horas nos robaron la creencia de que Santa Claus si podía deslizarse por una chimenea imaginaria que no teníamos en casa, o que podría parquear su trineo sobre los tejados de la casa o incluso que un bebé recién nacido pudiera cargar tantos paquetes, que los Reyes Magos conocieran mi dirección y la de mis amigos viniendo desde tierras tan lejanas y el Ratón Pérez tuviera un mapa y las coordenadas exactas de todas las almohadas de los niños del mundo.
Creer también es una forma de la sensibilidad y un modo que hacía posible la alegría y la espera. El problema no fue haber crecido y entrar en el mundo aburrido de la adultez con sus eternos pagos de servicios públicos sino haber renunciado a maravillarnos con lo imposible. Creer en el Niño Dios o el Ratón Pérez no es un signo de ingenuidad sino de tener en la mirada un margen de sorpresa en una sociedad que todo lo anticipa y resuelve desde el algoritmo. Perdimos los rituales y la espera y ahora nos tomamos muy en serio a nosotros mismos. Creer en esos detalles y esos pequeños mitos de la infancia es volver a pensar, por un instante, que podemos inaugurar el mundo como si se encendiera por primera vez muchas veces.
Por eso la infancia sigue siendo el territorio donde sabemos que la vida es más amplia que nuestra capacidad de explicarla. Por eso amamos que nos lleguen regalos inesperados o que nos entre una llamada telefónica de un viejo amigo que solo quiere preguntar cómo estamos. Ahí nuestra identidad regresa a esos primeros mitos de siempre que nos enseñaron a esperar y a tener la paciencia que pareciera tan desacreditada en un mundo que idealiza la velocidad y la inmediatez. El Niño Dios, Santa Claus o el Ratón Pérez nos enseñaron a maravillarnos con lo que no se ve, con lo inexplicable y esa fue una forma de la fe que nos reconectaron siempre con una versión más luminosa de nosotros mismos.
Ojalá podamos apagar la lámpara de nuestra mesa de noche antes de dormir para permitirnos creer que el mundo guarda regalos para nosotros en algún lugar y que llegarán a nosotros en secretas visitas nocturnas sin hacer ruido. Que vengan más canciones y poemas que sacudan nuestras emociones y que sigamos siendo generosos con nuestra forma de estar vivos. Crecer es cerrar las habitaciones para que nadie entre a nuestro blindaje. Esta Navidad dejaré otra vez la puerta entreabierta porque diciembre siempre fue una promesa de que algo bueno y hermoso llegaría. Volver a creer es traer de vuelta esa luz con la que aprendimos a mirar el mundo por primera vez.