2026: ¿Restauración o demolición?
Hasta hace poco, el espectro político se dividía en una serie de vertientes ideológicas a las que se les atribuía un cierto grado de coherencia programática y una elaborada concepción sobre las políticas públicas. Esas categorías y referentes a los que estábamos acostumbrados –derecha, izquierda, socialismo, comunismo, liberalismo, conservatismo– las ha ido borrando con vertiginosa eficacia la polarización y todas las distorsiones que en la política ha generado la supremacía de las redes sociales.
En ese mundo polarizado no hay espacio para la reflexión o la consideración de propuestas sensatas de política pública. Solo hay cabida para un puñado de mensajes diseñados para aglutinar la ira, la frustración, la decepción y, sobre todo, el miedo, que se ha apoderado de la conciencia de los electores en las democracias del mundo. Los líderes de hoy aprendieron rápido que el camino a la victoria pasa por repartir dosis encapsuladas de emoción servidas en bacanales de histrionismo e histeria colectiva.
La contienda política ha adquirido una simplificación brutal. La polarización ha derivado en la consolidación de dos grandes bloques. De un lado están quienes cuyo principal argumento político es el que todo pasado fue mejor. Fuerzas ‘perversas’ han corrompido la grandeza de la Nación. El ‘Make America Great Again’ de Trump, la glorificación del imperio zarista de Putin y el neonazismo contemporáneo de Alternative für Deutschland (AfD) en Alemania, son todas fuerzas políticas cuyo tema central es la restauración de la grandeza, la restauración de la pureza, la restauración de la seguridad, la restauración del espíritu nacional. La restauración del pasado es su grito de batalla.
De otra parte están las fuerzas que siempre han buscado la demolición de la democracia y el sistema de libertades y derechos. El ejemplo más protuberante es quizás el populismo autoritario de izquierda en el continente. Estos sectores, que basados en la supuesta corrupción e ilegitimidad popular de la democracia formal, han evolucionado hacia la consolidación de dictaduras o regímenes autoritarios demoliendo la institucionalidad.
Aunque sin duda se pueden encontrar matices y arandelas, o señalar que esta dicotomía es exagerada y excesivamente simplista, la realidad es que la política hoy está dividida entre los que pretenden la restauración del pasado y quienes buscan la demolición del presente. En el fondo ambos están en la misma página. Tratarán de llegar al poder con el argumento de restaurar o con el argumento de demoler pero ambos coincidirán finalmente en que el propósito ulterior es arrodillar a la democracia liberal. Las fuerzas políticas defensoras de un sistema de balance de poderes públicos, instituciones sólidas, vigencia de la ley y derechos ciudadanos están entre la espada y la pared.
Todo parece indicar que Colombia no se va a escapar en el 2026 de este falso dilema entre ‘restauración’ y ‘demolición’. Al hacer un recorrido por el panorama electoral, político e ideológico que se perfila para la próxima elección presidencial se puede concluir que las fuerzas dominantes se están aglutinando en torno a esas dos vertientes. De un lado están quienes le proponen al país una restauración y del otro quienes quieren continuar con su demolición.
En el lado de la restauración se encuentran las fuerzas de derecha y la derecha extrema que le proponen al país regresar al paraíso uribista, ‘Make Uribista Colombia Again’. Dedicados a la oposición al gobierno Petro centran sus aspiraciones en que la tragedia de orden público que estamos viviendo despertará una añoranza mayoritaria e imbatible por los tiempos de la ‘seguridad democrática’.
Del otro está la coalición del Pacto Histórico, cuyo propósito es terminar el ejercicio de demolición que empezó el actual gobierno. El modelo petrista, como en la Estrategia del Caracol, ha saqueado las instituciones llevándose todo. En 2026 quiere terminar de demoler casa para conducir al país hacia una ‘democracia popular’ inspirada en el chavismo.
La pregunta que surge es si los colombianos podremos encontrar un camino distinto al que desafortunadamente ha marcado las contiendas electorales contemporáneas. Se ha hablado mucho del centro político como el camino alternativo. La verdad es que si se miran los candidatos ubicados en ese espacio no deja de ser evidente que, aunque se mueven con más cautela, finalmente no han logrado escapar la misma dicotomía. Y el país seguirá esperando a ver cuándo aparecerá ese candidato que se salga de ese falso dilema. Es decir, un proyecto político que no pretenda restaurar o demoler, sino más bien transformar a Colombia sin volver al pasado y sin permitir que continue la destrucción de nuestro patrimonio democrático e institucional.
@gabrielsilvaluj.