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Miércoles 6 de mayo de 2026
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Edna Bonilla

El futuro se escribe con oportunidades, no con fronteras. De Harvard a Colombia

En las últimas semanas, el gobierno de los Estados Unidos ha anunciado nuevas restricciones migratorias dirigidas a estudiantes internacionales, limitando tanto el acceso a visas académicas como la posibilidad de permanecer en el país. El mensaje de fondo es profundamente alarmante: el conocimiento vuelve a ser cercado por fronteras políticas, y la educación corre el riesgo de dejar de ser un bien universal para convertirse en un privilegio reservado. Es una clara intromisión del gobierno en uno de los principios más sagrados de la academia: la autonomía universitaria.

Durante casi cuatro siglos, Harvard ha sido más que una universidad de élite. Para miles de jóvenes de todo el mundo, ha sido un símbolo de prestigio académico, liderazgo público y, sobre todo, integración social a través del conocimiento. Su historia, como la de muchas universidades estadounidenses, está profundamente ligada a la migración. Desde sus orígenes, Harvard fue refugio de estudiantes y profesores de diversas nacionalidades que cruzaron fronteras en busca de excelencia, autonomía y libertad.

Sus aulas acogieron a intelectuales que huían del horror de las guerras, de las crisis económicas o de los regímenes autoritarios. Llegaron desde la Alemania nazi, la Unión Soviética o dictaduras, buscando un lugar donde pensar sin miedo. Entre ellos estuvieron Pitirim Sorokin, quien fundó el departamento de Sociología tras escapar del estalinismo; los economistas Joseph Schumpeter, Wassily Leontief y Amartya Sen; el físico Philipp Frank, del Círculo de Viena; el filósofo Alfred Whitehead; y el arquitecto Walter Gropius, fundador de la Bauhaus. Como académicos brillantes lograron que sus ideas echaran raíces en Harvard y florecieran en el mundo. Y también llegaron mujeres maravillosas como Evelynn Hammonds, historiadora de la ciencia y pionera en el estudio de la raza y el género en la academia, quien no solo rompió barreras en una institución históricamente masculina y blanca, sino que fundó el Departamento de Estudios de Género y Sexualidad, abriendo un campo crítico para pensar la ciencia desde la equidad, el cuerpo y la diferencia. Si la educación se cruza con la libertad, genera conocimiento.

Los números actuales confirman que Harvard ha sido durante décadas un ágora de capacidades globales. Según los datos de matrícula de 2024, de los cerca de 24.000 estudiantes, el 27 pór ciento no contaba con residencia permanente en Estados Unidos. Entre el restante 73 por ciento, 4.000 se identificaban como asiáticos y 2.000 como hispanos. Cada cifra encierra una historia de migración, de familias que le apostaron todo a la educación. Se trata de una juventud diversa que persiste en seguir sus sueños. La mayoría son estudiantes de posgrado.

Esta situación nos obliga a dos reflexiones urgentes. La primera es el daño que causa cualquier gobierno —sin importar su orientación política— cuando vulnera la autonomía universitaria. La segunda es la necesidad de ampliar las oportunidades educativas para las nuevas generaciones. Colombia haría bien en tomar nota. En lugar de cerrar puertas, necesitamos abrir caminos. No basta con señalar lo que ocurre afuera. También aquí, en nuestro propio país, miles de jóvenes siguen sin acceso real a una educación superior de calidad.

Quiero destacar el valor de la articulación público-privada en favor de la educación. Conozco de cerca el caso de Colfuturo, pues he acompañado a su junta directiva en los últimos meses. Es un ejemplo concreto de apertura académica e impacto social.

“Mi experiencia en Alemania ha sido de un aprendizaje inexplicable. Este viaje me ha enseñado a valorar mi país, mis raíces y mis tradiciones… ha sido una de las mejores experiencias de mi vida, y a pesar de que extraño mucho mi país, sé que tenía que vivir esta etapa tan maravillosa para seguir creciendo y entendiendo mi camino como artista, como migrante y como ser humano”. Con estas palabras, Melissa Corredor, beneficiaria de una beca de Colfuturo en 2022, expresa el sentido profundo de estudiar en el exterior. Es una oportunidad transformadora, de crecimiento profesional y personal. Es la satisfacción de alcanzar los sueños.

Colfuturo, con el respaldo de la empresa privada y del Gobierno nacional —a través del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación y el Icetex—, ha hecho posible que, desde 1991, más de 17.000 colombianos cursen estudios de maestría y doctorado en alrededor de 800 universidades del mundo.

Por eso somos muchos —y lo digo en plural, porque esta es una preocupación compartida— quienes recibimos con inquietud la noticia del recorte presupuestal al Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación, que pone en riesgo la continuidad de las becas de Colfuturo a partir de 2026. El director de la entidad, Jerónimo Castro, ha advertido que el recorte del 40 por ciento obedece a la incertidumbre sobre la renovación del convenio entre Colfuturo y Minciencias. Este acuerdo, vigente desde hace casi dos décadas, ha transformado miles de vidas. Sin ese respaldo estatal, la escala y el impacto de las acciones de Colfuturo se verían sustancialmente reducidos.

Las consecuencias ya son visibles: pasamos de 2.028 beneficiarios en 2024 a 1.214 en 2025. Este año se presentaron 4.999 candidatos, y el apoyo económico asciende a 53 millones de dólares. El 72 por ciento de los beneficiarios proviene de los estratos 1 a 4, el 39 por ciento son jóvenes entre los 18 y 25 años, y los inscritos representan a todos los departamentos del país. Además, cada vez tienen mayor presencia los estudiantes de universidades públicas.
Es cierto que el gobierno nacional enfrenta un déficit presupuestal que exige decisiones difíciles. Sin embargo, en tiempos de ajuste, es precisamente cuando se vuelve indispensable establecer prioridades de manera clara y contundente. Entre ellas, la educación debe ocupar el primer lugar. No se trata de un gasto, sino de una inversión estratégica.

Esta semana, durante mi clase de liderazgo en la Universidad Nacional, Mauricio Rodríguez, como profesor invitado, compartió una frase que se me quedó grabada: “Las ideas cobran valor cuando se transforman en acciones; hay que producir resultados, hechos concretos”. Sin embargo, pareciera que estamos viviendo justo lo contrario. Hay ideas y diagnósticos, pero los resultados siguen sin llegar. En estos tiempos, cuando el conocimiento debería ser un derecho cada vez más accesible, muchos jóvenes se enfrentan a muros en lugar de caminos abiertos. En Estados Unidos y en Colombia, es imperativo generar más oportunidades educativas.

La educación, la ciencia y la tecnología no pueden ser los primeros sacrificados cuando llegan los recortes. Por el contrario, deberían ser el sector más protegido. Son una garantía real de equidad, bienestar social, desarrollo y progreso sostenible. Invertir en educación no solo transforma la vida de quien accede a ella, sino que irradia beneficios a su familia, a su comunidad y al país entero. La educación debería estar blindada, y no estar al vaivén de decisiones coyunturales.

Lo que pierde Harvard, y con ella Estados Unidos, no se mide solo en matrículas. Está dejando en el aire a científicos que irán a otros países. Renuncia a la riqueza de miradas diversas, el debate o la posibilidad de disentir. Colombia debe aprender la lección y exigir el respeto a la autonomía universitaria y hacer todo lo necesario para brindar oportunidades educativas a la juventud.

Al final, lo que está en juego no es solo el futuro de una universidad. ¿Cómo sociedad, queremos cerrar las puertas al enriquecimiento que nace de la variedad de opiniones? Gran parte del liderazgo de Estados Unidos se construyó en sus universidades, en su diversidad y en su autonomía. En Colombia, todavía estamos a tiempo. Donde hay autonomía florece el pensamiento. Donde hay fronteras, se marchita la esperanza.

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