Petro, el verdugo de la izquierda
Aunque para algunos amigos de la derecha lo que voy a decir es una herejía, este es el momento para decirlo. Contar con una izquierda democrática ha sido una fortuna para Colombia. La historia del país está llena de ejemplos de las contribuciones del progresismo auténtico a la preservación de la democracia y al avance de las causas fundamentales del pueblo colombiano.
En momentos críticos para el país y las instituciones democráticas, los liberales, los socialistas, los socialdemócratas, los católicos humanitarios, los conservadores progresistas, incluso los comunistas, se tomaron del brazo para impedir que la dictadura se perpetuara o que la avalancha criminal del narcotráfico destruyera las instituciones o que la represión campeara o que los ‘falsos positivos’ quedaran impunes.
Esas izquierdas democráticas, esos progresismos institucionalistas, esos liberales inconformes enfrentaron muchas dificultades para ejercer sus derechos y sobre todo para ascender de la periferia de la política a convertirse en actores con poder, relevancia e impacto dentro de la democracia. Estaban entre la espada y la pared. Evidentemente el régimen político restringido del Frente Nacional y el control bipartidista del Estado ponía toda clase de talanqueras. Sin embargo, ese no era el más difícil de los obstáculos.
La izquierda democrática enfrentó por décadas el rechazo de los ciudadanos y la desconfianza de los electores, ante todo, porque sus ideas y sus luchas se asociaban inexorablemente con las organizaciones guerrilleras y con la toma del poder por las armas. La adopción en los años sesenta, por parte de la guerrilla y el Partido Comunista Colombiano, de la tesis de “la combinación de todas las formas de lucha” sello la tragedia de la izquierda democrática e institucionalista. En ese contexto, la gente dejó de creer en que las izquierdas podrían algún día llegar a ser leales con la democracia.
Jorge Orlando Melo, uno de los grandes historiadores y pensadores progresistas de Colombia, lo explico con toda claridad: “Buena parte de las tragedias colombianas recientes provienen de la decisión del Partido Comunista y la guerrilla, en los años sesenta, de combinar todas las formas de lucha. La mezcla de violencia y procedimientos democráticos envenenó otra vez la vida política, en un momento en el que parecía posible curarla de sus peores enfermedades”. (El Tiempo, 02/09/2007)
Todo esto cambió con la Constitución de 1991. Esta Carta Magna fue construida precisamente para dejar atrás las restricciones históricas a la democracia y el autoritarismo propio de la Constitución de 1886, abriéndole el camino a la izquierda democrática. También esta Constitución edificada fue un tratado de paz que significaba que la izquierda y que el M-19 serían leales con la democracia y las instituciones. La Constitución de 1991 le devolvió a la izquierda democrática la oportunidad de ser poder. La Constitución de 1991 borró en buena medida el miedo de los ciudadanos a que la izquierda fuera aún leal a la vía armada. La izquierda democrática es el hijo pródigo de la Asamblea Constituyente de comienzos de los noventa.
La explosión de respaldo electoral y político al progresismo, y a los partidos y movimientos de izquierda, ha sido impresionante desde la adopción de la Constitución de 1991. La presencia en la política y en los resultados electorales –de dichos partidos y movimientos progresistas– ha crecido exponencialmente. De la misma manera ha ocurrido en las alcaldías más importantes, como la de Bogotá, en la que las victorias de la izquierda han sido frecuentes. Y la izquierda obtuvo el premio mayor con la elección de Gustavo Petro como presidente de la República en el 2022.
Evidentemente, la ciudadanía y la opinión premiaron con votos la lealtad democrática de la nueva izquierda. La izquierda logró sacudirse el lastre de las acusaciones de ser cómplice de los violentos y de que era colaborador de los enemigos de las instituciones democráticas.
Ahora Gustavo Petro quiere arruinar todo ese avance. Petro se convirtió en el verdugo contemporáneo de la izquierda democrática. Su guerra sucia contra las instituciones ha vuelto a disparar todas las sospechas que en el pasado llevaron a la ciudadanía a repudiar a la izquierda y el progresismo. Además, la ineficacia, la corrupción, el autoritarismo, las promesas incumplidas y la lucha de clases que ha promovido Petro le pasarán factura a quienes con dignidad y por décadas han dado duras batallas para abrirle un espacio al progresismo en este país.
Quizás lo más grave para la izquierda democrática y los movimientos progresistas es que Gustavo Petro está regresando a ese oscurantismo de aliarse con las organizaciones terroristas y criminales bajo la excusa de la “paz total”. Petro será el responsable de que, bajo su tutela, la izquierda y el progresismo queden asimilados otra vez con la tolerancia a la barbarie, al crimen y la violencia. Si la izquierda democrática no se opone con vigor al populismo autoritario de Gustavo Petro, el actual presidente no solo será el verdugo sino también el sepulturero del progresismo en Colombia.
La gran paradoja de estos tiempos es que la llegada al poder de la izquierda en cabeza de Petro puede lograr lo que no pudieron los regímenes más represivos: reducir a la irrelevancia al progresismo después de más de un siglo de luchas.