Gracias, pero no gracias
“No parecés colombiano. No sos vueltero, decís las cosas de frente”...
Fue lo que me dijo una broker argentina en una reunión reciente en Buenos Aires. Sonreí asintiendo. Porque tenía razón. Y eso me hizo recordar la manera en que hablamos, en lo que decimos —y en todo lo que evitamos decir.
El haber vivido 20 años fuera del país me abrió los ojos a muchas cosas que en Colombia se dan por normales: un lenguaje que da vueltas, temeroso, que agradece incluso lo que el otro no se ha ganado. Plagado de expresiones como “¿me regala?” cuando lo que realmente se quiere es comprar, o “¿me ayuda con...?” cuando en realidad se está pidiendo que alguien haga algo, dicen mucho. Por alguna razón “qué pena” hace parte del léxico diario, sin que exista pena alguna, además.
El colombiano entrega un regalo diciendo “perdone la bobadita”, como si le avergonzara haber tenido un gesto. Atribuye a lo divino, con un “gracias a Dios”, lo que ha conseguido con esfuerzo. Da órdenes con disimulo: pide que le “colaboren” o “molesta” pidiendo algo. Y si quiere opinar en una reunión, empieza pidiendo disculpas: “puede que sea una bobada, pero yo creo…”
No es cortesía. Es miedo. O al menos, una cautela extrema. Y muchas veces, falta de merecimiento. Pensamos que la contextualización exagerada es educación. Aprendimos a pasar en puntas de pie. A no incomodar. A no sonar groseros, a no sonar seguros. A no sonar. Calladitos, todos. Ni nos vemos. Ni nos oímos. Aprendimos a pedir permiso incluso para existir.
Lo contrario no es gritar, ni imponerse, ni tener siempre la razón. Es, muchas veces, una decisión silenciosa: atreverse a estar presente. Expresar lo que se piensa sin agachar la voz. Ocupar el lugar que uno ha construido. Y se nota —o no— en cómo hablamos. En sí somos capaces de decir lo que es, sin disfrazarlo.
En Alemania, si uno dice “hablemos la próxima semana”, le escriben el lunes a las 9 preguntando cuándo. En Colombia, sencillamente no va a pasar. En Argentina, un “no” es un “no”. Directo, sin culpa. Puede doler, pero no confunde.
Hemos convertido el rodeo en arte: “de pronto más adelante”, “vamos a ver” (un clásico de mis viejos), “tú sabes cómo está la agenda”, “estamos reventados”... Todo para no decir la palabra temida: no. O, a veces, simplemente por no saber cómo terminar una conversación. En vez de decir adiós, se cierra con un ¿almorzamos la próxima semana? —una eterna mentira bogotana.
Desde afuera, eso no se interpreta como amabilidad. Se ve como falta de claridad. Como falta de carácter. Una cobardía educada. Una fórmula sofisticada para no asumir responsabilidades, ni límites, ni posturas.
Según los lingüistas Brown y Levinson, ese exceso de cortesía no es un acto de amabilidad genuina, sino una estrategia para evitar confrontaciones, proteger la imagen del otro y, sobre todo, la propia. En culturas de alto contexto —como la colombiana o la mexicana— se privilegia la armonía sobre la franqueza. Por eso camuflamos el 'no', evitamos el desacuerdo abierto y llenamos de atenuantes nuestras frases. El problema es que tanta precaución nos vuelve inofensivos justo cuando más se necesita claridad: para poner un límite, decir que no o defender una idea.
A veces decir 'no' es la forma más pura de respeto. Porque expresar lo que uno piensa, con afecto pero sin eufemismos, es una manera de confiar en que el otro puede escucharlo sin romperse.
Hay algo más hondo detrás de todo esto. Un eco emocional, casi existencial. Porque no es solo que seamos 'corteses'. Es que muchas veces no nos sentimos merecedores. Como si dar las gracias por todo —por un salario ganado, por un favor justo, por un logro propio— fuera una forma de pedir perdón por existir. Como si ejercer un derecho fuera un atrevimiento.
Nos llenamos de diminutivos y disculpas, incluso cuando hablamos de lo que nos ha costado toda la vida. Después de treinta años pagando una hipoteca, decimos: “gracias a Dios y al banco, por fin conseguí mi casita”, como si no fuera legítimo decir mi casa. Como si no nos la hubiéramos ganado. Como si no nos la hubiéramos roto. Decir “logré mi casa” debería ser un acto de justicia, no de arrogancia.
Paulina Herrán ha llamado a esto “la cobardía de ser dizque educados”: una forma de sometimiento disfrazada de respeto. En su análisis del lenguaje social colombiano, concluye que somos una cultura que premia al que no incomoda y penaliza al que se planta. No es cortesía: es el miedo sistemático a ocupar nuestro lugar con dignidad.
Eso no es humildad. Es baja autoestima disfrazada de cortesía.
Aprendimos incluso a rechazar lo que deseamos: a decir que no tres veces antes de aceptar un regalo, una invitación, una ayuda. Y al otro, a insistir, sabiendo que es parte del guion. Una cortesía que no es generosidad ni gratitud real, sino costumbre de no parecer ansioso, de no mostrar deseo, de no creerse merecedor.
Pero cuando uno tiene un historial de esfuerzo y resultados, decirlo no es alardear: es contar su verdad. Y si lo fuera, me importa poco. Porque invisibilizar lo que uno ha logrado también es una forma de traicionarse.
Mi proceso de recuperación me reforzó el concepto de que ser directo no es ser duro. Que la claridad, cuando nace del respeto, es una forma de cuidado.
Hay una lectura en el libro azul de Alcohólicos Anónimos, que dice:
“La franqueza, si va acompañada de comprensión, amor y buena voluntad, raras veces falla en dar resultado”.
Intento siempre practicar eso: decir lo que pienso sin herir, pero sin esconderme. Porque la verdadera bondad no miente. Y la cortesía más valiente es aquella que confía en que el otro puede escuchar.
Y hay otra razón, más estratégica, para dejar de hablar con tantas vueltas: la forma como nos comunicamos también determina cómo nos ven, y cómo competimos en el mundo.
En negocios internacionales, la cortesía extrema se puede leer como evasión. El “de pronto más adelante” puede sonar como un “sí” en Colombia, pero como una falta de compromiso para un español o un canadiense. El “yo no sé nada, pero...” nos hace sonar menos seguros, menos preparados, menos confiables.
Diversos estudios interculturales muestran que los países con comunicación indirecta —como el nuestro— pierden fuerza al negociar, liderar equipos globales o vender ideas.
Ser claros no es solo una cuestión de estilo: es una cuestión de reputación, de eficacia, de competitividad, de sobrevivencia de nuestro país.
Si queremos que el mundo nos vea, escuche y nos crea, tenemos que dejar de hablar bajito y de pedir permiso por tener voz.
Decir “no” sin pena, poner un límite sin pedir perdón, agradecer sin restarle valor a lo que hicimos: eso también es autocuidado. Hablar claro no es solo un acto de comunicación, es una forma de dignidad.
La verdad necesita menos floritura y más honestidad. De esa que no grita, pero no se esconde.
No hace falta gritar para ser valiente. A veces basta con no mentirse. Con decir “no” sin culpa. Con agradecer sin agachar la cabeza.
No más trampa en el solitario.
Hay que confiar, cuidar, hablar claro, con cariño.
Digo lo justo, lo bueno y lo verdadero.
Porque callar lo que soy, lo que he hecho, lo que merezco… también sería una forma de traicionarme.
Prefiero incomodar que desaparecer.
Solo por hoy. Con honestidad brutal.