Tapar para no ver
En Cartagena, alguna vez el Estado tapió Chambacú. Levantaron muros para cubrir el barrio pobre, desviar la mirada, maquillar la postal. Era una visita oficial. El Centro Histórico tenía que brillar.
La ciudad se preparó para la vitrina. Y para eso, el barrio tenía que desaparecer.
No fue un error logístico ni una decisión estética. Fue una señal clara: cuando la pobreza incomoda, no se resuelve. Se esconde.
Se oculta detrás de cercas, se barre hacia la periferia, se silencia para que no contamine el relato. Lo de Chambacú no fue un error. Fue un espejo. Una confesión. Una muestra de que, en Colombia, la vergüenza no es lo que pasa, sino que se vea.
Porque en Colombia —como en tantas partes del mundo— no se margina al diferente por serlo, sino por no servir.
El pobre que no embellece, que no entretiene, que no se integra rápido ni se calla pronto, estorba. Y al que estorba, se le tapa.
No es odio. Es otra cosa más cómoda y más letal: es indiferencia selectiva.
Al que no suma, se le borra.
Al que incomoda, se le baja el volumen.
Al que no cabe en la foto, se le deja fuera del encuadre.
Al venezolano del estrato seis lo celebramos. Al que vende dulces en TransMilenio lo criminalizamos.
Al indígena con posgrado lo subimos a una tarima. Ojalá salga cerca en la foto: sirve para subirla a redes.
Al que vende bon ice en el semáforo lo llamamos “indio” entre dientes.
No es la diferencia lo que molesta. Es la pobreza.
Y por eso no la nombramos.
Decimos “persona de escasos recursos” en lugar de pobre.
Decimos “persona en situación de calle” para no decir sin hogar.
Sinceramente, ¿quién inventó ese término? ¿Dónde quedó el valor de llamar las cosas por su nombre, aunque incomode?
¿Qué otras “personas en situación” usamos en el lenguaje diario? ¿Cuándo decidimos que el tono era más importante que la verdad?
Decimos “estrato uno” como si fuera una categoría técnica, cuando en realidad es una sentencia social.
Y peor aún: decimos “Sisbén” como si fuera un insulto, y no quien merece atención urgente.
Hemos convertido la exclusión en lenguaje administrativo.
En Colombia no se expulsa al pobre: se le procesa, se le redirige, se le reubica.
Se le gestiona como problema.
Crecí en Bogotá y durante años hubo momentos en que, de pronto, desaparecían de la ciudad quienes mi mamá llamaba “locos”, los indigentes.
Decían que los subían a camiones y los despachaban a otros pueblos o ciudades de la periferia.
Quiero pensar —mientras escribo estas líneas— que esa versión era cierta.
Que al menos los movían.
Y no que simplemente los hacían desaparecer.
Y todo eso lo hacemos con palabras suaves, casi elegantes.
Porque decir “pobre” suena fuerte.
Porque decir “desprecio” es exagerado.
Porque llamarlo por su nombre nos haría asumir que esa pobreza no es un accidente: es una consecuencia.
La filósofa Adela Cortina lo llamó por su nombre: aporofobia. No es miedo al extranjero, ni al distinto, ni al raro.
Es miedo —o peor, desprecio— al pobre.
Y lo más grave es que ese desprecio se vuelve sistema. Se vuelve norma. Se vuelve cultura.
Se vuelve ciudad sin bancas para que nadie duerma.
Se vuelve negocio que solo contrata si no se vive “tan lejos”.
Se vuelve requisito disfrazado. Se vuelve filtro invisible.
Se vuelve burla, silencio, mirada esquiva, portería que no abre.
Se vuelve país.
Pero también, cada tanto, se vuelve grieta.
Una mujer que entra a una tienda de lujo y la miran como si se hubiera equivocado de calle.
Una voz que dice “¿y qué pasa, que no puedo estar aquí?”.
Una respuesta que incomoda.
Un gesto que interrumpe el desprecio automático.
Y ahí se abre la posibilidad de otra cosa: de la compasión sin condescendencia, de la empatía sin espectáculo, de la justicia sin rodeos.
Hemos tapado la pobreza con muros y con palabras.
A veces, incluso la adornamos con excusas, campañas o caridades vacías —
esa que solo aparece en la jornada de la compañía, a la que hay que ir porque el jefe va, o para que nos vean.
Pero que, en el fondo, no moviliza a nadie.
Pero la pobreza sigue ahí.
La deuda también.
La posibilidad, todavía.
Lo escribo para no olvidarlo yo también.
Porque a veces no se trata de gritar ni de pelear. Solo de no callar.
De ver lo que otros tapan. De decir lo que aprendimos a disimular.
De sostenerle la mirada al desprecio.
Solo por hoy. Con honestidad brutal.