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Lunes 4 de mayo de 2026
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Edna Bonilla

Abel Rodríguez Céspedes: cinco años y una lección que no termina

“La escuela debe ser el lugar donde todos podamos aprender a vivir como ciudadanos libres e iguales”

Abel Rodríguez

El 20 de agosto de 2020, en plena pandemia, Colombia perdió a uno de sus grandes educadores: Abel Rodríguez Céspedes. No pudimos despedirlo como merecía, junto a su esposa, la profesora Cecilia Villabona, su familia y sus amigos. Cinco años después, su voz, sus ideas y su ejemplo siguen presentes en las aulas, en los sindicatos y en las instituciones donde se debate el futuro de la educación pública.

Su legado para la educación es inmenso. En todas las facetas de su vida —como profesor, dirigente sindical, concejal de Bogotá, constituyente, viceministro y secretario de educación— se destacó por la admirable coherencia entre su pensamiento y su acción.

Abel era un verdadero maestro en el oficio y el arte de dialogar en medio de las diferencias, cualidad admirada tanto por sus amigos como por sus contradictores. La firmeza de sus convicciones, acompañada de la capacidad de escuchar y dialogar, le valieron respeto y reconocimiento. Para él, la docencia no era una tarea mecánica ni aislada. El maestro debía ser un intelectual crítico, un constructor de ciudadanía y un profesional con condiciones dignas para ejercer.

Uno de sus mayores aportes fue, sin duda, la creación e impulso del Movimiento Pedagógico (1982), que significó una verdadera revolución cultural y pedagógica. Logró que el magisterio mirara más allá de sus intereses salariales y reivindicativos, y reflexionara sobre el destino de la educación pública y los problemas de la enseñanza. Del Movimiento surgió, de manera concertada, la Ley General de Educación, un ideario que conserva plena vigencia. En la Asamblea Constituyente de 1991, Abel dejó otra huella imborrable, al lograr que el derecho a la educación quedara protegido en la Constitución.

Su defensa del derecho fundamental a la educación no era ideología ni discurso. Era una guía para la acción. Al frente de la Secretaría de Educación de Bogotá, convirtió su ideario pedagógico en políticas concretas. Nombrado por el exalcalde Lucho Garzón en enero de 2004, hizo posible que el programa 'Escuela ciudad escuela' y el plan 'Bogotá, una gran escuela' materializaran el derecho pleno a la educación para todos los niños, niñas y jóvenes de la ciudad. El alcalde Lucho y Abel demostraron que la educación puede transformar una ciudad y es la herramienta más poderosa para combatir la pobreza.

Abel siempre supo que el bienestar de los maestros está íntimamente ligado a la calidad de la educación. La prioridad son los niños, niñas y jóvenes, pero garantizarles una formación de calidad exige mejorar las condiciones laborales y emocionales de quienes enseñan. Escuchaba a los docentes con atención y, por eso, las 'sabatinas' se convirtieron en un referente de diálogo y construcción colectiva. Muchas de esas lecciones hoy hacen parte de la política educativa de Bogotá, de otras ciudades y del país. Su convicción era clara: un maestro alegre y comprometido forma niños y niñas felices.

Gracias a Abel entendimos la importancia de la gratuidad en la educación. También lideró una transformación profunda de la infraestructura escolar, inédita hasta entonces. Pero sabía que el mejoramiento físico no era suficiente. Por eso impulsó programas como el transporte escolar, el kit escolar y la comida caliente servida a la mesa. Estas iniciativas se reflejaron en mejores resultados de las pruebas Saber y en los indicadores de permanencia y repitencia. Siguen siendo un gran activo para Bogotá.

En una evaluación de impacto que realizamos desde la Universidad Nacional quedó en evidencia el valor de la transformación física de los colegios y de los demás programas implementados por Abel y su equipo desde la Secretaría de Educación. La infraestructura tiene efectos positivos en la cobertura, la calidad y la dinámica urbana. Hoy, muchos de esos megacolegios son el referente barrial por excelencia. Los niños y jóvenes disfrutan sus espacios, y las familias sienten que vivir cerca de un colegio es un privilegio. A pesar de estos logros, aún tenemos que avanzar. Los colegios no pueden encerrarse, su vocación es también ser puente con la comunidad. La evaluación también mostró que la mirada integral impulsada por Abel tuvo efectos positivos en el logro educativo y en los estándares nutricionales. La carga económica de las familias se alivió, puesto que el gasto en alimentos disminuyó. Las medidas tomadas por Abel son una demostración concreta de cómo la política educativa también puede mejorar la equidad social.

Recordar a Abel es también preguntarnos por la forma como respondería a los retos actuales. Sobre todo, porque después de la pandemia se observa un rezago en aprendizajes y mayor deserción escolar. Es necesario que haya currículos que preparen a los estudiantes para un mundo incierto. Seguramente, Abel insistiría en que la clave está en escuelas democráticas, maestros bien formados y comunidades que se reconozcan como protagonistas de su destino.

Que este aniversario no sea solo un homenaje, sino un compromiso renovado. El mejor tributo que podemos rendirle es trabajar por la educación pública como él la concibió: gratuita, incluyente, crítica y profundamente humana.

Los sueños de Abel aún no se han cumplido. A comienzos de 2020, en el gobierno de la exalcaldesa Claudia López, lo invitamos a ser parte de la Misión de Educadores y Sabiduría Ciudadana para Bogotá. Nos ayudó a configurarla. En la última carta que dirigió a sus miembros escribió:

“Ahora quiero invocar su atención y la de los integrantes de la Misión para plantear unos comentarios sobre la convocatoria de la Misión. Aunque en varios escenarios había expresado mi renuencia a intervenir en este tipo de deliberaciones, convocadas por autoridades gubernamentales, como la que cada diez años hace el Ministerio de Educación Nacional o la Misión de Calidad, acepto complacido participar en esta, por tratarse de una misión de educadores, gremio del cual provengo y he tratado de reivindicar durante toda mi vida, aún en circunstancias en las que he tenido que tolerar la animosidad de algunos de sus dirigentes nacionales. Por razones que saltan a la vista, lo haré portando sobre mis ya frágiles hombros una pesada carga de incredulidad e incertidumbre, no tanto por los posibles resultados de la Misión, que estoy seguro serán de gran conveniencia para la educación de la capital, sino por lo que harán con sus recomendaciones y propuestas los gobernantes y líderes de la ciudad de los próximos cuatrienios, porque aquello de que la educación sea gobernada por una política de Estado sigue siendo una quimera en Colombia. Abrigo la esperanza, así sea remota, de que, con los resultados de esta Misión, que yo me atrevo a denominar de base, no ocurra lo que tristemente ha ocurrido con las dos ilustres misiones de sabios convocadas por el gobierno nacional en 1994 y 2019, que han puesto en evidencia que en Colombia los mandatarios le toman del pelo hasta a los sabios”.

Así era Abel, un gran maestro que nos dejó el camino claro. Debemos garantizar la atención integral del derecho a la educación para toda la población, fortalecer la escuela pública estatal y llevarla al más alto nivel de calidad y pertinencia. Para lograrlo es imperativa una transformación pedagógica que cierre brechas y ponga la educación en el primer lugar de la agenda de esta Colombia que tanto la necesita. Abel, ese tolimense que siempre recordaba su tierra, insistía en que la educación es un derecho y no un servicio. Nos recordó la necesidad de dignificar la profesión docente y de luchar porque nuestros niños, niñas y jóvenes sean felices, y su sonrisa refleje la esperanza que nos impulsa. Hoy Bogotá tiene un maravilloso colegio que lleva su nombre. La comunidad educativa, su familia y amigos se están encargando de materializar sus sueños e ideario pedagógico. ¡Gracias por tantas enseñanzas, profe Abel!

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