Caridad vacía y empatía performativa
Segunda columna de la trilogía Las formas del desprecio
En cada tragedia hay quienes se acercan con ropa y zapatos en perfecto estado —a veces incluso nuevos—, medicinas vigentes o comida lista para ser consumida. Su gesto es invaluable.
Pero junto a ellos siempre aparecen los que ven la emergencia como la oportunidad perfecta para deshacerse de lo que no sirve: ropa rota, zapatos sin par, medicinas caducadas, latas abolladas y vencidas.
No es solidaridad, es descarga. Para estos, la caja que entregan es un alivio doble: libera espacio en casa y alivia la conciencia. Es un “yo ayudé” que no costó nada… porque lo que se entregó ya era un estorbo.
En la tragedia de Armero, y en tantas otras después, la Cruz Roja repetía por radio un ruego desesperado: “Por favor, ropa en buen estado. Medicinas no vencidas”. No era un capricho. Era la reacción a ese patrón que, además de indigno, consume tiempo y recursos: hay que revisarlo, separarlo, desechar lo inútil. Retrasa lo urgente. En medio de la emergencia, la mezquindad también mata.
Ahí la caridad se vuelve autoprotección emocional, no cuidado real. Los economistas lo llaman altruismo impuro: se dona tanto por el bien del otro como por el calorcito de sentirse bueno. El problema es que cuando esa gratificación se obtiene entregando lo inservible, el único beneficiado es el donante.
De los objetos pasamos a la estética. Antes era la bolsa con ropa vieja; hoy son videos en vertical con música épica, planos cerrados de manos entregando bolsas y el infaltable “compartan”. A veces aparece el video del que compra docenas para repartir y se graba. El foco no es el hambre ni quien recibe: es el gesto del donante, su encuadre, su marca personal. La compasión convertida en vitrina: el donante nítido, el destinatario desenfocado.
Y así como la ropa rota retrasaba Armero, esta empatía de escaparate también distrae: consume atención y energía en producir el gesto visible, no en sostener el cambio real.
La pandemia de covid-19 trajo —al menos al principio— algo que yo no había visto y creo que nadie de mi generación tampoco: una sensación global de comunidad. Tal vez solo comparable con guerras o pandemias de otro siglo. Vecinos armando redes, empresas prometiendo “estar ahí”, gobiernos hablando de solidaridad. Los investigadores lo llamaron benevolence bump: un pico medible de ayuda, donaciones y voluntariado en los primeros meses.
Pero la ola no duró. Bajó la amenaza y muchos volvieron a lo de siempre. La solidaridad se desinfló como un globo en la esquina. Quedaron slogans, campañas y alguna foto de aquel “todos juntos” que ya no era. Lo vimos con el personal de salud: del aplauso diario al olvido; de balcones llenos a hospitales vacíos de recursos. La empatía, si no se convierte en compromiso sostenido, es apenas un pico en la gráfica: intenso, visible y breve.
Si la primera forma del desprecio fue tapar lo que no queremos ver, la segunda es exhibir la empatía sin sostenerla. La tercera, quizás, sea aprender que la compasión no se agota en un gesto: se alimenta en el vínculo y en la constancia.
Porque cuando la ayuda es verdadera, deja de ser un acto para convertirse en una relación. Y de esa relación nacen la confianza, la dignidad y la posibilidad de que la bondad no sea la excepción, sino el hábito.
No se trata solo de dar: se trata de compartir la carga y, en el camino, descubrir que nadie sobra. Y el día que lo entendamos, dejaremos de medir la compasión por la foto y empezaremos a medirla por la vida que ayudamos a sostener.
Paso a paso, un día a la vez. Solo por hoy.