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Lunes 4 de mayo de 2026
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Gabriel Silva Luján

Disrupción o catástrofe

“Una disrupción es una interrupción radical o una ruptura significativa con la forma tradicional de hacer algo. Supone un cambio profundo que altera estructuras, procesos o modelos establecidos”

Enciclopedia Significados

Estamos a once meses de que termine el primer gobierno de izquierda en la historia reciente de Colombia. Gustavo Petro, con el sol a las espaldas, debe ya saber que su gobierno ha sido uno de los peores que ha producido la democracia colombiana. Al final de su mandato no hay un solo asunto de la realidad nacional que pueda decirse que avanza en la dirección correcta.

Los numerosos aspirantes que quieren suceder a Petro se han dedicado a hacernos creer que todo se soluciona apelando a la nostalgia. “Volvamos al pasado” parece ser el grito de batalla que se escucha desde todas las esquinas de la política. Las propuestas que hasta ahora se han puesto sobre la mesa muestran una desesperada ansia de restauración, un desesperado anhelo de ir en busca del tiempo perdido, como diría Proust.

Y ese proyecto de restauración no solo lo esgrimen quienes sueñan con volver al “paraíso” uribista. También los liberales, los moderados y los del centro están en ese mismo cuento de volver al pasado. Si señores. En esa esquina naturalmente el anhelo es otro. Se trataría de volver al supuesto ‘paraíso’ tecnocrático en el que la gradualidad, la mesura, la ortodoxia y las ideas políticamente correctas eran la solución a los problemas colectivos. Ambos enfoques restauradores, independientemente de sus méritos y logros de otras épocas, no podrán dar solución a la magnitud del desastre que nos heredará Petro y ante los profundos retos que emergen del contexto internacional.

Miremos algunos de los graves problemas cortesía del petrismo. Un déficit insostenible que superará el 7 por ciento del PIB y una deuda pública que posiblemente llegue al 65 por ciento en 2026. La terapia convencional de implementar un agudo y doloroso ajuste fiscal haciendo recortes significativos en el gasto público, combinado con un incremento de impuestos, es práctica y políticamente inviable.

La Paz Total del gobierno Petro ha conducido a una consolidación y expansión sin precedentes de las organizaciones criminales. Hoy en día esos grupos controlan buena parte de las zonas fronterizas y han logrado implementar una ‘colonización social’ que tiene sometida a la población en sectores estratégicos del territorio nacional. Manejan rentas criminales que pueden llegar a ser equivalentes al valor total de las exportaciones de bienes del país. Paradójicamente, la respuesta del gobierno Petro ante este ascenso del crimen organizado es favorecer políticas de impunidad y reducir cualitativa y cuantitativamente las capacidades de la fuerza pública. Petro ha desmantelado la capacidad de inteligencia de las fuerzas y a deshuesado su estructura de mandos. De hecho, las organizaciones criminales han desplegado herramientas de combate que por primera vez superan las capacidades de las fuerzas armadas en algunos escenarios tácticos.

Cualitativamente, el desafío de la violencia y la ilegalidad es muy distinto al que el país ha tenido que enfrentar en el pasado. Un incremento gradual del pie de fuerza y una simple recuperación de las capacidades perdidas, o la absurda idea de traer de regreso a la línea de mando a los generales removidos por Petro, está lejos de ser una solución. Tampoco un Plan Colombia 2.0 –que es la ‘gran’ idea del uribism­o– es la respuesta dado que no es factible pensar que los recursos aportados en el pasado por los Estados Unidos estarán disponibles en la era Trump. Se podría seguir enumerando todos los temas en los que las terapias convencionales, las ideas que fueron solución en el pasado y los paradigmas desuetos a los que tanto se aferran los candidatos, no aportarían soluciones reales ante el imparable caos que deja el ‘gobierno del cambio’.

La mejor demostración de que los paradigmas del pasado no funcionan es la misma elección de Petro. El Pacto Histórico llegó al poder precisamente porque la necesidad de cambio y de soluciones reales está latente en la sociedad colombiana. Que el cambio petrista haya salido mal no significa que la esperanza de una redención social y el anhelo de transformación se hayan extinguido.

Las ideas, las políticas públicas y la actitud del próximo gobierno tendrán que ser fundamentalmente caracterizadas por la agilidad, la audacia y la disrupción. De no ser así, al siguiente gobierno –sea quien sea– se lo llevará por delante la avalancha de los problemas estructurales y de la insatisfacción ciudadana. No habrá tiempo para titubeos. No habrá tiempo para ponderar demasiado. No habrá margen de error. No habrá espacio para nostalgias del pasado.

Rafael Núñez, a quien le debemos celebrar el bicentenario de su natalicio en septiembre de este año, propuso a finales del siglo XIX regresar al pasado como solución a los riesgos y amenazas de disolución que se cernían sobre Colombia. Su lema fue ‘Regeneración o Catástrofe’. A los pocos años, ese camino nos llevó a la Guerra de los Mil Días y a la pérdida de Panamá. Y a cien años de imparable violencia política.

@gabrielsilvaluj.

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