La fuerza de quedarse
Tercera columna de la trilogía 'Las formas del desprecio'
Hay momentos en que ir a un grupo de Alcohólicos Anónimos me emociona más de lo que puedo describir sin que se me quiebre la voz. Es cuando llega alguien nuevo. La cara de angustia del recién llegado es inconfundible: esa mezcla de miedo, incredulidad y soledad absoluta, de pensar que nadie en el mundo entiende lo que uno siente. Como escribió Schubert: “Nadie siente el dolor ajeno, nadie entiende la alegría del otro. La gente imagina que puede alcanzar al otro… en realidad, solo se rozan y siguen de largo”. Esa brecha silenciosa es lo que se rompe en AA cuando alguien se planta a compartir lo suyo y dice, con voz firme: “Sí se puede, aquí se puede.”
Ese instante tiene algo sagrado. No es solo que el nuevo se sienta acompañado; es también que el veterano recuerda el dolor que lo trajo hasta ahí. Recordar para compartir. Compartir para sanar. Sanar para demostrar, con el ejemplo, que la esperanza es posible. Como dice el mensaje de AA, se trata de transmitir fortaleza y esperanza. Y quedarse no es solo ir al grupo: es estar para pasar el mensaje, sostener la esperanza que a mí también me sostuvo.
La permanencia es incómoda. No tiene aplausos ni fotos. No regala la adrenalina que produce la caridad fugaz. Es silenciosa y muchas veces ingrata. Pero es ahí, en la constancia, donde empieza lo verdadero. Lo aprendí en AA, pero también lo he visto en la vida pública y en las organizaciones: la diferencia entre un gesto y un compromiso está en la constancia. El gesto alivia, pero el compromiso transforma.
Mantenerse presente cuando ya pasó la urgencia inicial requiere determinación. Significa seguir ahí incluso cuando el mundo ya no está mirando. Ese compromiso continuo es el que sana heridas profundas y construye relaciones de confianza genuina. La psicología de la confianza lo muestra una y otra vez: se edifica en detalles aparentemente insignificantes, como canicas que se acumulan poco a poco en un frasco, hasta convertirse en un caudal. Y basta un silencio hiriente o una ausencia repetida para vaciarlo de golpe.
Esa benevolencia sostenida no es espectáculo ni acto heroico esporádico; es una disciplina que se entrena igual que la sobriedad: paso a paso, un día a la vez. Cultivar la bondad cotidiana exige práctica, como cualquier hábito. Al principio puede parecer más fácil ofrecer un apoyo breve y desaparecer, pero la diferencia está en quedarse. La bondad, practicada a diario, se convierte en parte de nosotros y de quienes nos rodean.
Ser constante en la bondad no solo cambia personas; también transforma organizaciones. Y no es ingenuidad: como sintetiza Harvard Business Review: kindness is good business. La bondad no es un lujo, es una ventaja competitiva: crea colaboración, sostenibilidad y lealtad.
Pero más allá de estudios o citas, lo esencial es que la bondad cotidiana crea vínculos sólidos allí donde antes había soledad. No necesitamos esperar grandes gestas. Basta con decidir cada día no dar la espalda, mirar de frente, acompañar sin buscar aplausos. Como escribió Nietzsche, y como recordaba Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido: “Quien tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo”. La bondad es ese porqué compartido.
Hoy elijo defender al que no está, en lugar de guardar el silencio que siempre favorece a la opresión. Elijo bancar, cuidar, amar y respetar. Porque la bondad, la confianza y la esperanza no son lujos de santos ni de héroes, sino disciplinas al alcance de cualquiera que se atreva a practicarlas.
No todos podemos hacer grandes cosas —decía Madre Teresa— pero sí cosas pequeñas con gran amor. Paso a paso. Un día a la vez.
Soy David. Y solo por hoy elijo quedarme.