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Lunes 4 de mayo de 2026
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David Colmenares

Otra generación, mismo horror

Hoy, 11 de agosto, nos despertamos con la noticia que no queríamos recibir: mataron a Miguel Uribe Turbay.

Y con él no murió la esperanza ni la democracia, como titulaban en los noventa. Pero sí volvió algo que muchos pensábamos —o queríamos creer— que no pasaría más: un líder político, en campaña, baleado en un parque; un país en vilo, con el alma rota; otra familia destruida por opinar distinto.

Fue el 7 de junio, en el parque El Golfito, barrio Modelia de Bogotá. Un menor de 15 años disparó mientras Miguel hablaba ante su gente. Desde entonces, luchó por su vida en la Fundación Santa Fe. Hoy esa lucha terminó.

Para quienes vivimos los años noventa, esto duele como una herida mal cerrada.

Es un dolor que solo puedo describir como un hueco en la panza.

Lo más difícil de asimilar es ver que, para muchos jóvenes, esta es su primera vez enfrentando algo así: la primera vez que oyen a los mayores decir: “esto ya lo vivimos”; la primera vez que entienden, sin metáforas, que en Colombia aún se puede morir por lo que uno piensa, dice y representa.

No quiero escribir otro homenaje.
Quiero escribir una advertencia.
Quiero escribir un llamado.
Porque Colombia ya no puede repetir lo que juró no volver a vivir.
Y esta vez, el cambio no depende de un acuerdo, ni de un presidente, ni de una comisión, ni de una investigación “hasta las últimas consecuencias”.
Esta vez, el cambio nos toca a nosotros.

Fuimos —y seguimos siendo— una sociedad que mató a sus líderes: Galán, Jaramillo, Pizarro, Gómez.

Yo tenía diecisiete años cuando mataron a Galán. Recuerdo el sonido equivocado de la radio, el instante en que todo se detuvo. Pensamos que eso había quedado atrás. Pero volvió. Miguel no murió por accidente: lo mataron porque su voz, sus ideas y su forma de hacer política incomodaban a quienes viven del miedo y de la guerra.

En 2017 regresé a Colombia, con la paz firmada y la ilusión intacta. Pero lo que encontré fue un país en tregua con las armas, no con el odio. Lo entendí desde el taxi del aeropuerto El Dorado: el conductor, sin que yo dijera nada, arrancó un discurso sobre por qué la paz era un error y cómo la guerra era mejor. Lo dijo sin rabia, como quien repite un libreto aprendido. Luego lo vi en las calles, en las redes, en las conversaciones: el que disentía era atacado a gritos. Nadie escuchaba; todos querían ganar.

Las balas habían callado, pero los gritos no.
Los odios seguían intactos.
Las peleas eran distintas, pero igual de viscerales.
Y lo más peligroso: aprendimos a normalizar el desprecio. A sospechar del otro solo por pensar distinto. A reducirlo a una etiqueta: zurdo, facho, tibio… siempre rematada con un insulto.

Entonces entendí que la paz no era solo el silencio de los fusiles.
Era aprender a vivir juntos.
A hablar sin matarnos.
A perder sin vengarnos.
A ganar sin aplastar.
A encontrar la bondad.
Y eso, en Colombia, no lo sabemos hacer bien.

Lo de Miguel no fue solo un crimen: fue una alarma.
Un llamado a dejar de actuar como si nada.
A dejar de suponer que esto es normal.
No lo es. No puede serlo. No debe volver a serlo jamás.

El horror ya pasó. Lo que hagamos ahora define quiénes somos.
No aplaudamos la rabia: elegir a quien destruye al otro es traicionarnos a nosotros mismos.
Salgamos de la trinchera: no todo nos tiene que dividir, no todo el que piensa distinto es enemigo.
Cuidemos las palabras: no son inocentes, son semillas o gasolina.
Pongamos a los jóvenes en el centro: un menor disparó esa arma, pero detrás había toda una cadena de abandono.

“Colombia tiene que ser un país al alcance de los niños”: Gabriel García Márquez.

Démosles razones para vivir, no para matar.
Y sostengamos la memoria: porque en unos días vendrá otra noticia, otra distracción. Si dejamos que esta muerte se archive, habremos fallado otra vez.

Colombia no es un país condenado. Es un país adolorido, sí, pero capaz de ser mejor.
Lo vi en la Marcha del Silencio, en las oraciones, en los abrazos entre extraños que no sabían cómo nombrar lo que sentían, pero lo sabían grave.

Esto no resucita a Miguel, pero puede evitar que el próximo sea otro. Y eso ya sería una victoria. Necesaria.

A mí me duele Miguel. Me duele mi país. Pero no me rindo.
Y si algo pido hoy es esto: que no sigamos igual. Que no repitamos lo mismo. Que no nos resignemos.
Porque el cambio —esta vez sí— arranca por nosotros.

Solo por hoy, no replicar el odio que nos trajo hasta aquí.
Solo por hoy, hablar sin destruir.
Solo por hoy, creer que todavía podemos elegir otro final.

Finalización del artículo