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Miércoles 6 de mayo de 2026
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Mauricio Rosillo

¿Quién sostiene a Colombia?

En Colombia, limitar al empresariado a un rol de generar recursos no hace justicia con lo que es su verdadera esencia: ser movilizador de la innovación, el desarrollo inclusivo y el compromiso social, además de trabajar todos los días por construir un país más equitativo, sostenible y con oportunidades para todos.

Este compromiso cobra aún más relevancia en un país como el nuestro, donde en 2024 el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) fue apenas del 1,7 por ciento, una de las cifras más bajas del siglo XXI; además, según el ranking Doing Business del Banco Mundial, que mide la facilidad para hacer negocios, Colombia cayó dos puestos con respecto a la medición anterior, ubicándonos en la posición 67, lo que indica que hacer negocios en el país se ha vuelto más complejo.

En medio de este escenario, el sector privado se erige como un pilar fundamental, pues no solo genera más del 60 por ciento del empleo formal, sino que ha contribuido con más del 58 por ciento de la inversión total en la economía durante las últimas cuatro décadas.

Pero su rol va más allá de lo económico: su poder transformador es capaz de impactar directamente la reducción de la violencia. Cuando existen empleos dignos, empresas formales y oportunidades reales especialmente en territorios históricamente excluidos, se cierran brechas, se debilitan las economías ilegales y se interrumpen ciclos de violencia. Sin embargo, en el debate público a veces se insiste en una visión reduccionista donde se asume que las empresas solo buscan maximizar ganancias sin importar el costo social o ambiental de sus acciones.

Nada más lejos de la realidad: mi trabajo todos los días es conversar con empresarios de todos los tamaños y sectores. Conocer sus proyectos, entender sus planes a futuro, apalancarlos y financiarlos. En ese proceso puedo asegurar que no solo veo números y balances: veo historias de vida, sueños, esfuerzo y compromiso. Empresarios de todos los rincones de Colombia que, más allá de hacer un negocio, trabajan incansablemente para sacar adelante comunidades y regiones.

He conocido a cientos de empresarios que priorizan y generan bienestar a la sociedad. Dueños de fábricas que a diario hacen maromas para sobrevivir en medio de la carga impositiva, el entorno competitivo, la logística y más. Agricultores que no solo cosechan productos, sino que llevan salud, educación y comercio a zonas rurales. Mujeres emprendedoras sin rótulos ni discursos que generan empleo para otras mujeres contribuyendo a cerrar brechas sociales y de género.

Esto es hacer país: construir futuro desde el trabajo cotidiano, la legalidad y un compromiso silencioso que merece ser reconocido.

El liderazgo empresarial, a menudo anónimo, impulsa la economía en su conjunto. No es casualidad que el crecimiento proyectado del PIB para 2025 —estimado en 2,6 por ciento— esté sostenido en buena medida por el dinamismo del sector privado, especialmente por comercio, transporte, turismo, tecnología y agro. Sin embargo, para que el avance sea significativo, la colaboración público-privada debe trascender lo simbólico y convertirse en una alianza efectiva que genere triple impacto: económico, social y ambiental.

En definitiva, el sector privado no solo genera riqueza, y no es un actor pasivo ni un enemigo del bienestar colectivo. Por el contrario, es un aliado fundamental en la construcción de una Colombia más justa, competitiva, con mayores oportunidades y en paz. Reconocer su papel, apoyarlo y exigirle un compromiso ético y sostenible es clave para alcanzar un desarrollo verdadero y de largo plazo.

Los empresarios colombianos que trabajan con responsabilidad y corazón están, sin duda, un paso adelante.

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