Acá las cosas son distintas
He pasado buena parte de mi vida laboral entre países y equipos de todo el mundo. Y da igual la geografía, el idioma o la cultura: siempre me reciben con las mismas frases. “Acá las cosas son distintas”, “el negocio aquí es más complicado”. Como si la dificultad fuera nuestra carta de identidad, como si lo que nos hace únicos tuviera que ser lo difícil —que, a la postre, suele ser lo malo. Al principio me sorprendía; luego lo reconocí como lo que era: un patrón. Cambia el acento, cambia la anécdota, pero el guion es el mismo.
En cada lugar aparece su etiqueta: viveza criolla, jeitinho, malicia indígena. En otros lados se llama guanxi o wasta. El nombre cambia; la coartada, no. Aquí sobrevivir exige una astucia particular. Aquí “no aplican” las reglas de afuera. Aquí nuestros problemas son más duros que en cualquier otro sitio. La psicología social tiene palabras para esto. Una es el sesgo de negatividad: recordamos más lo que duele. Otra, más profunda, es la justificación del sistema: si siento que mi entorno es especial y difícil, puedo explicar por qué tolero ciertos atajos o resignaciones. Y así, sin darnos cuenta, el relato nos explica… y también nos inmoviliza.
Hay además un ingrediente identitario. Las naciones —y también las empresas, los barrios, los equipos— se cuentan historias para reconocerse. A veces esas historias son épicas; otras, fatalistas. La idea de que “lo nuestro es peor” funciona como una épica al revés: nos une por el agravio, por la carencia, por la adversidad. Pero la investigación comparada es insistente: la mayoría de nuestros males no son únicos. Hay clientes exigentes en todos lados, reguladores estrictos en todos lados, intermediarios complejos en todos lados, y hasta quienes creen que “hay que sacarle ventaja a las aseguradoras”, como si fuera un desquite con la historia. Lo que varía es el relato con que nombramos esos hechos y lo que ese relato nos permite —o nos prohíbe— intentar.
También hay un nivel íntimo, humano. No hace falta hablar de países: en un mismo edificio, en una misma empresa, escucho a personas distintas decir lo mismo de su “aquí”: “con mi jefe es imposible”, “con mis clientes no se puede”, “acá toca ser vivo o no sobrevivís”. Cambian los nombres propios; las cicatrices se parecen. Y eso, lejos de deprimir, a mí me da esperanza: si el dolor y el miedo se parecen tanto, también puede parecerse la salida. Las excusas no tienen pasaporte. La dignidad, tampoco.
En todo ese repertorio de excusas hubo, sin embargo, una excepción luminosa: Brasil. Allí nadie me dijo “vos no entendés porque no sos de acá”. Al contrario, me adoptaron antes de pronunciar bien el portugués (todavía bromeo con mi acento del “noroeste” de Brasil: Colombia). La literatura cultural habla del brasileiro cordial como síntesis de una hospitalidad que no es pose sino práctica cotidiana. No idealizo —Brasil, como todos, tiene sombras—, pero ese gesto de acoger en vez de marcar distancia me enseñó algo: la identidad también puede edificarse desde la alegría y la apertura, no solo desde la herida. Ese es un giro de guion que está a nuestro alcance.
La academia lo confirma por otro camino. Desde Allport sabemos que el contacto significativo entre grupos reduce prejuicios si hay metas compartidas y estatus de igualdad. Hoy lo vemos ampliado por décadas de evidencia: comunidades que generan encuentros reales —trabajar juntos, aprender juntos, comer juntos, celebrar juntos— elevan la confianza y bajan la ansiedad intergrupal. La psicología positiva lo explica con la teoría broaden and build: las emociones positivas amplían nuestra perspectiva (dejamos de ver al otro como amenaza) y construyen recursos sociales (redes, cooperación, creatividad). La sociología, desde Durkheim, llamó efervescencia colectiva a ese fenómeno palpable cuando cantamos, marchamos o festejamos al unísono: por un instante nos volvemos un “nosotros”. No es poesía: bailar o cantar juntos sincroniza ritmos, baja defensas, libera endorfinas y nos vuelve —literalmente— más prosociales. El cerebro social está cableado para el vínculo.
Si eso es así, ¿por qué insistimos en volver excepcional lo peor? ¿Por qué seguimos creyendo que nuestra “diferencia” radica en la picardía, la trampa, el sufrimiento? Porque es una historia cómoda: nos absuelve. Pero también es una historia pobre: no nos convoca a nada grande. Hay alternativas. Ciudades que se narraron de otro modo lo demuestran: cuando Medellín pasó del miedo a la convivencia como proyecto urbano; cuando campañas de identidad invitaron a contarnos desde la creatividad, la honestidad o la pasión, y no desde el estigma. No fue maquillaje: fueron políticas, espacios, rituales, lenguaje compartido. Fue elegir otra lente para vernos… y sostenerla con hechos, hasta que la ciudad misma empezó a creerse ese nuevo relato.
Traigámoslo a lo cotidiano. ¿Qué pasaría si en vez de jactarnos de “saber movernos” —o de tener “un amigo que resuelve” en la trampa chica— nos enorgulleciéramos de la decencia? ¿Si en vez de pontificar “acá no se puede”, nos midiéramos por cuántas veces sí pudimos al hacer las cosas bien? ¿Si en vez de abrir la conversación con nuestra herida, la abriéramos con nuestra hospitalidad? No es ingenuidad; es estrategia cultural. La evidencia sobre cohesión social muestra que donde predomina la confianza y la inclusión, sube el bienestar y baja la tentación de atajos. Esos entornos no nacen de sermones: nacen de reglas claras, ejemplos desde arriba, incentivos alineados… y de un relato que premie lo que queremos ser.
Sé que este cambio de relato no resuelve de un plumazo la corrupción, la desigualdad o la violencia. Pero sí resuelve algo crucial: de dónde sacamos fuerza para enfrentarlas. Si lo único que nos une es el padecimiento, nos volvemos expertos en sobrevivir —y nada más. Si lo que nos une es la generosidad, la confianza, la bondad (palabra algo en desuso, pero necesaria), la creatividad, la alegría de incluir, nos volvemos capaces de construir. Lo primero nos encierra en el “así somos”. Lo segundo nos abre al “así podemos”.
He escuchado demasiadas veces que lo que nos distingue es lo malo. Ya no lo creo. A la postre, lo que de verdad nos diferencia —si nos atrevemos a hacerlo nuestra bandera— es la manera en que abrimos la puerta, la forma en que cuidamos lo común, el pundonor de jugar limpio, aunque nadie mire. Ser distinto no es cargar con la peor historia: es atreverse a mostrar lo mejor. Eso, y no la excusa, es lo único realmente único en un mundo que se parece cada vez más.
Solo por hoy —y ojalá siempre— contaré mi historia desde la recuperación y desde la esperanza.