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Lunes 4 de mayo de 2026
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Jaime Honorio González

Con el agua lejos

Tampoco es que haya sido muy sorpresivo que el Gobierno de Estados Unidos haya decidido quitarle la visa al presidente Gustavo Petro. Me parece que la decisión de los norteamericanos estaba tan preparada como las acciones del colombiano en Nueva York. Ambas partes sabían lo que estaban haciendo y –al final– ambas partes salen fortalecidas con la decisión tomada.

No vayan a creer ni por un instante que los gringos simplemente se calentaron por las irresponsabilidades verbales de Petro en La Gran Manzana, invitando a los soldados de Trump a desobedecerlo. Tampoco piensen que a nuestro presidente se le ocurrió decir eso ahí en la protesta, completamente ahíto y borracho de poder. No, claro que no. No fue una incontinencia verbal por un lado ni una repentina decisión por el otro. Como dijo nuestro héroe de infancia, todo estaba fríamente calculado.

Y lo estaba porque ambos actores sabían de sobra que saldrían ganadores con el resultado. Ganadores para sus personalísimos intereses, ganadores para fanatizar aún más a sus fanáticos, ganadores para mostrarse intratables en sus respectivas esferas, ganadores para seguir posicionándose como los viejos nuevos dueños del mundo y como las nuevas viejas víctimas de los poderosos.

En fin, ganadores de un juego donde –tristemente– los perdedores sí siguen siendo los mismos de siempre: nosotros. Así es este juego. Qué le vamos a hacer.

En todo caso, a Petro hay que reconocerle que fue de los primeros en el mundo en señalar el genocidio en Gaza cuando aún no habíamos visto ni la centésima parte del horror de esa tragedia, producto también de una completamente medida, meditada y desproporcionada reacción a los salvajes asesinatos y secuestros de israelíes (que aún continúan) en su propio territorio, aquel trágico 7 de octubre de 2023. Ya casi dos años de esa infausta espiral sin fin.

El Gobierno estadounidense sale ganador con esa decisión porque no le afecta para nada quitarle la visa al presidente de un país poco importante para ellos y –en cambio– sí envía un poderoso mensaje al resto de naciones –importantes o no– de que su mano dura será implacable con el que sea. ¿Qué pueden perder? ¿Que no les vendamos café? Ja. ¿Qué no les prestemos nuestro territorio en caso de que finalmente decidan invadir Venezuela? No nos necesitan para eso ni para nada. No tenemos la cantidad de petróleo del vecino país y en cambio sí les generamos bastantes gastos. Hasta hace muy poco éramos el segundo país que más ayuda en dólares recibía de allá arriba, solo superados por ¿adivinen quién? Israel. Así que Petro dio papaya y el Departamento de Estado la aprovechó.

Y Gustavo Petro sale ganador. No Colombia, sí Petro. Sale ganador porque radicaliza a sus seguidores, porque gana terreno como líder de una causa mundial (detener el exterminio en la Franja de Gaza) y porque le importa un pepino ir a Estados Unidos. Es ciudadano italiano y puede ir a Europa y el resto del mundo sin problema.

Aunque, de toda la confusa y mal escrita palabrería que Petro ha publicado en su cuenta de tuiter desde que es presidente, hay una muy buena frase –por lo contundente– que resume su sentir por Estados Unidos, publicada apenas se enteró de que le habían quitado la visa: “No volveré a ver al Pato Donald, por ahora. Eso es todo”.

Estoy casi seguro de que Donald no le dio mucha importancia al tema cuando le contaron. Alguno de sus halcones (tal vez su secretario de Defensa o su canciller, que allá se llama secretario de Estado) le debió proponer la idea y él, simplemente la debió aprobar. Y listo.

En la calle, Petro dijo: “…pido a todos los soldados del Ejército de Estados Unidos que no apunten sus fusiles contra la Humanidad. ¡Desobedezcan la orden de Trump! ¡Obedezcan la orden de la Humanidad!”.

Si al presidente gringo le hubiera parecido gravísimo el pedido a sus soldados a desobedecerlo, a esta hora estaríamos duramente castigados con impagables aranceles, con prohibición de ingreso a colombianos a ese país y con sanciones económicas imposibles de cumplir, que allá arriba en nada afectan, pero que acá fácilmente nos arruinarían. Menos mal que le debió parecer una tontería, creo yo.

Y hay un elemento que Petro considera clave en su decisión: en gran parte de la sociedad colombiana hay un latente antiamericanismo listo a ser explotado, el famoso antiimperialismo yanqui, que podría resultarle bastante productivo ahora que se vienen las elecciones parlamentarias en cinco meses y medio. Y las presidenciales, en ocho.

Lo que sí es verdaderamente increíble es este país que, a pesar de todo, sigue adelante, funcionando sin desbaratarse, produciendo sin detenerse, sobreviviendo sin acabarse, a pesar de Trump y su imperialismo, a pesar de Petro y su mesianismo, y –especialmente– a pesar de nosotros mismos, los colombianos, que nos dividimos entre quienes aplauden la medida olvidando el trato de país de quinta categoría que nos dan con eso de las visas y quienes se solidarizan con el supuesto afectado creyéndose los trasnochados cuentos de la soberanía por encima de todo, de la maldad de los ricos y de la reivindicación de los pobres.

Somos, en suma, una sociedad tan radical como ignorante. Por ambos estados, pagaremos las consecuencias. Y con el agua lejos.

@JaimeHonorio.

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