Juventud, un reto de país
En Colombia, hablar de juventud es hablar de paradojas. Aunque solemos repetir que somos un país joven, los datos muestran otra realidad. En la última década, la proporción de jóvenes pasó del 26 al 23 por ciento de la población y, según proyecciones del DANE, en 2050 será apenas el 18 por ciento. Hoy, en 2025, viven poco más de doce millones de jóvenes en el país.
Siete de cada diez de ellos pertenecen a los estratos 1 y 2. Seis de cada diez no logran pasar de la educación media a la superior, y más de 2,6 millones no estudian ni trabajan. La tasa de desempleo juvenil es del 17 por ciento, casi el doble que la de los adultos (cercana al 10 por ciento). Y cuando logran emplearse, reciben salarios en promedio un 22 por ciento más bajos que los del resto de la población.
La desigualdad de género agrava el panorama. De cada diez jóvenes que no estudian ni trabajan, siete son mujeres. En ciudades como Puerto Inírida y Leticia, la tasa de desempleo de las mujeres es 25 puntos porcentuales más alta que la de los hombres. En Santa Marta, Montería, Cartagena y Valledupar la diferencia en contra de las mujeres oscila entre 14 y 20 puntos. En contraste, en Bogotá y Bucaramanga la diferencia apenas llega a 3 y 5 puntos. A esto se suma que, según la OIT, las mujeres jóvenes reciben en promedio un salario que es 2,3 por ciento inferior al de los hombres.
Estas cifras no son simples estadísticas. Se trata de vidas truncadas, proyectos inconclusos, futuros en suspenso. Este fracaso no es del joven sino del sistema que no garantiza trayectorias educativas completas ni oportunidades laborales dignas. La brecha entre formación y empleo lo confirma. Según la Alianza por la Inclusión Social, en 2024 apenas la mitad de los jóvenes está calificada para el empleo que desempeñan. El resto se divide entre la sobrecalificación (37 por ciento) y la subcalificación (13 por ciento). El desperdicio del talento termina afectando directamente el desarrollo nacional. Es imperativo conectar la educación con las necesidades del mercado laboral.
Ante este panorama, propongo cinco caminos de acción. Primero, es necesario fortalecer la orientación socio-ocupacional y la articulación de la educación media con la posmedia, promoviendo espacios de aprendizaje innovadores que permitan a los jóvenes construir proyectos de vida acordes con sus talentos y sueños.
Segundo, necesitamos currículos más amplios y pertinentes que conecten la educación media y posmedia con el mundo del trabajo y la producción. El objetivo es que los jóvenes desarrollen competencias para relacionarse mejor con su entorno y, de esa manera, ampliar sus oportunidades de desarrollo personal y profesional. Este esfuerzo debe concentrarse, sobre todo, en quienes provienen de los estratos 1 y 2.
Tercero, es clave promover oportunidades de empleo joven mediante programas de capacitación en el entorno laboral, educación económica y financiera, y apoyo al emprendimiento. Para el primer empleo, los procesos de selección deberían valorar más las competencias que la experiencia; ello permitiría abrir muchas más puertas. Al mismo tiempo, las empresas deben asumir su responsabilidad frente a las barreras que enfrentan los jóvenes para acceder y permanecer en un trabajo digno.
Cuarto, es indispensable impulsar la intermediación laboral. Aunque existen algunos servicios, muchos jóvenes no los conocen o no confían en ellos. Hoy, dos de cada tres consiguen empleo a través de familiares o amigos. El país necesita una institucionalidad sólida, con procesos serios y transparentes, que garanticen orientación, colocación y permanencia en el empleo.
Quinto, debemos completar las trayectorias educativas desde la primera infancia hasta la educación superior. Las brechas aparecen desde los primeros años: un tercio de los niños menores de cinco vive en pobreza y no accede a educación inicial, y apenas la mitad de los jóvenes llega a la educación media. Cerrar estas brechas es fundamental para que puedan transitar hacia la educación superior y vincularse con éxito al mundo laboral. Modernizar la educación posmedia pública y privada, garantizando su calidad, es una tarea urgente. Sin calidad educativa no hay futuro posible para los jóvenes.
En su libro El costo de las oportunidades, la profesora María José Álvarez, de la Universidad de los Andes, narra historias de jóvenes que lograron ascender socialmente en un país tan desigual y segregado como Colombia. Ese ascenso no fue producto del azar, sino el resultado de una educación de calidad y de políticas públicas que abrieron oportunidades. En este proceso también fue decisivo el apoyo cercano de familias y profesores. En una investigación adicional con Paula Pinzón, ambas autoras muestran que, salvo contadas excepciones, la inserción laboral resulta mucho más difícil para los jóvenes de menores recursos.
Brindar oportunidades a los jóvenes es inaplazable. Nada sería más lamentable que reducirlos a instrumentos políticos, en lugar de garantizarles la educación de calidad que merecen. Tanto el sector público como el privado tienen un papel esencial, pero lo primero que se requiere es voluntad de actuar conjuntamente. Más allá de las promesas, es urgente que la educación esté a la altura de las expectativas de los jóvenes y de las necesidades del país. No hablamos de estadísticas, sino de vidas que están en juego.
Posdata 1. La muerte de la niña Valeria Afanador es una tragedia que estremece al país. Llegar al fondo en la investigación es una obligación. ¿Qué más necesitamos para entender que lo más elemental en cualquier sociedad es proteger a sus niños y niñas?
Posdata 2. En los próximos días, el Consejo de Estado dictará sentencia sobre el proceso de designación de rector en la Universidad Nacional de Colombia. Es momento de rodear a nuestra principal universidad pública y reafirmar el compromiso con el Estado de derecho y con la autonomía universitaria.
Posdata 3. Después de terminar esta columna escuché la intervención del presidente Gustavo Petro sobre la “gestión” educativa de su gobierno. Fue delirante. Además de múltiples equivocaciones, agresiones y lecturas amañadas de las cifras, se refirió a Bogotá y a la gestión de la exalcaldesa Claudia López, de la que fui secretaria de Educación. Afirmó que “ella no aceptó que fortaleciéramos la educación pública, sobre todo superior, en Bogotá”. También dijo que el electorado capitalino “cometió un suicidio, en Metro y en Educación”. Nada más lejos de la verdad.
La educación pública en Bogotá viene mejorando de manera sistemática, especialmente en los últimos 20 años. La ciudad aprendió a construir sobre lo construido. Entre 2020 y 2023 no solo se respondió a la pandemia, sino que se hizo la mayor inversión en infraestructura educativa de la historia. Se entregaron 35 colegios nuevos y se dejaron 35 más en diseño, en obra o en construcción. Además, se hizo intervención en 750 sedes, mejorando su infraestructura. Se alcanzó la menor tasa de deserción escolar en 30 años, se fortaleció el PAE, se abrieron más de 200 comedores escolares y se entregaron 134.000 tabletas o computadores con internet. También se implementó la política educativa rural, se mejoró el multilingüismo en 234 instituciones (220 en inglés, 10 en francés, 4 en chino mandarín), se creó el Festival Escolar de Artes y se instauró el Bachillerato Internacional en 10 colegios distritales.
En educación superior, se invirtieron cerca de 1,8 billones de pesos para beneficiar a 40.000 estudiantes en el programa Jóvenes a la U (hoy Jóvenes a la E) y 36.000 en programas de educación corta. La tasa de tránsito inmediato a educación superior en Bogotá pasó de 46,6 por ciento en 2019 a 53,9 por ciento en 2024. Jóvenes a la U priorizó a la población más pobre, ponderando la vulnerabilidad socioeconómica y las barreras de acceso. Ocho de cada diez beneficiarios son la primera generación de su familia en acceder a la universidad y más del 80 por ciento proviene de colegios oficiales. El programa incrementó en un 80 por ciento las probabilidades de acceso a educación superior y apostó decididamente por lo público, con líneas especiales para la Universidad Nacional, la Distrital y la Pedagógica. Todos estos logros de ciudad, afortunadamente se mantienen y mejoran.
Por último, parece que el presidente olvidó una reunión en Kennedy el 28 de septiembre de 2023. Fue la administración distrital la que presentó cuatro propuestas para fortalecer la educación pública. Con todo esto y más, no entiendo cómo un presidente puede equiparar estos avances con una tragedia como el suicidio. Es inadmisible.