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Miércoles 6 de mayo de 2026
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Santiago Trujillo Escobar

Pensamiento colectivo para la acción colectiva

En tiempos de extremismos y de relatos únicos, es urgente volver a preguntarnos por el lugar real de la cultura en nuestras sociedades. No como consigna, no como mercancía, no como adorno institucional, sino como una herramienta viva, conflictiva y profundamente política. Esa politicidad no debe confundirse con su uso como instrumento del poder, sino que apunta a una cultura que no pertenezca solo al sector cultural, sino que atraviese, contribuya y transforme otras esferas de la vida política y social. Hoy más que nunca, necesitamos una cultura que deje de justificarse a sí misma con frases vacías, y que comience a interpelar, a transformar, a incomodar.

Vivimos en un momento donde el disenso es penalizado, la palabra crítica es silenciada y el que piensa diferente es rápidamente clasificado como “enemigo interno”. En este escenario, la cultura se convierte en campo de batalla simbólica, donde no basta con resistir: hay que incidir. Pasar de la denuncia a la transformación.

No se trata solo de hablar de la cultura como derecho. Se trata de entender la dimensión cultural de todos los derechos humanos, como la base simbólica desde la cual imaginamos nuestras democracias. Porque una democracia sin conversación es apenas una rutina electoral. Y una conversación sin preguntas, no es más que repetición.

Hablo de una cultura que no se agote en la técnica, ni en el formalismo, ni en la administración clientelar de recursos. Una cultura que salga del escritorio y vuelva al territorio, al barrio, a la calle, al gesto cotidiano donde la creatividad no es un espectáculo sino una forma de subsistir, de sanar, de reconstruir confianzas. Este ha sido el propósito, por ejemplo, de la Bienal Internacional de Arte y Ciudad BOG25, un evento de ciudad que en su primer fin de semana movilizó a más de 135.000 personas tocando el alma de Bogotá, que puso en escena el arte para reactivar imaginarios, para desestresar nuestra relación cotidiana con el espacio público, para desenfadar la mirada y enaltecer el espíritu. Una bienal que estará abierta hasta el 9 de noviembre para reflexionar sobre lo que significan el goce, la felicidad y el bienestar en una ciudad de múltiples capas y con enormes retos por resolver. Una bienal pública que elimina las barreras tradicionales de acceso arte y que no solo nace para el disfrute de los ciudadanos sino también como escenario de encuentro e intercambio para más de 200 artistas nacionales e internacionales, con un capítulo muy importante dedicado a las curadurías independientes, al arte barrial y al arte popular. Una bienal que, sin maquillar los problemas, nos devuelve la confianza para resolverlos.    

Para hacer la cultura desde y en los territorios necesitamos “desculturizarla”, diría Víctor Vich, desmontar aquella idea hegemónica y elitista de “La Cultura” que excluye, que domestica, que no escucha. No todo debe ser festival ni todo debe traducirse en métricas de impacto. La cultura es también una carta, una crónica de barrio, una coreografía que no sube a grandes escenarios pero que transforma vidas.

En medio de este vértigo digital, enfrentamos también la pornografía visual que trivializa la emoción y convierte el dolor en espectáculo. La curaduría ciudadana es una urgencia ética. Recuperar la soberanía de nuestra mirada implica cuestionar: ¿quién decide lo que vemos?, ¿qué historias se nos cuentan?, ¿qué otras han sido silenciadas?

Y aquí aparece una metáfora que no quiero olvidar. “Soy el hijo del telegrafista de Aracataca”, dijo Gabriel García Márquez, justo cuando el telégrafo se volvía obsoleto. Hoy, en plena era de la inteligencia artificial, esa imagen nos obliga a preguntarnos: ¿quiénes son ahora los hijos del telegrafista? ¿Qué telegramas nos quedan aún por enviar cuando el lenguaje mismo ha sido colonizado por el algoritmo?

Tal vez, la mayor revolución cultural que podamos ofrecer sea esta: aprender y desaprender juntos. No para destruir lo construido, sino para transformarlo con cuidado. Porque la cultura no es solo lo que heredamos, sino lo que estamos dispuestos a reinventar.

Que esta Iberoamérica nuestra, polifónica, contradictoria y vital, no pierda su mayor capital: el derecho a imaginar otros futuros posibles. Que las políticas culturales no se reduzcan a presupuestos, sino que se conviertan en gestos de esperanza compartida. Y que la conversación —esa práctica política tantas veces subestimada— vuelva a ser nuestro lugar común.

Porque pensar, sigue siendo una forma urgente de actuar. Y cuando ese pensamiento se teje en común, deja de ser un gesto solitario para convertirse en acción colectiva, en una fuerza capaz de transformar ciudades, sociedades y futuros.

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