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Lunes 4 de mayo de 2026
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Edna Bonilla

Trayectorias educativas, trayectorias de vida

Hace unos días, en una clase con mis estudiantes de la Universidad Nacional, les pregunté qué entendían por trayectoria educativa. Muy pocos conocían el término, aunque lo relacionaban de inmediato con su proyecto de vida. Y no estaban equivocados. Una trayectoria educativa no es solo la sucesión de grados escolares. Es el vínculo vital y permanente que cada persona establece con el aprendizaje, moldeado por sus aspiraciones y por las oportunidades que la sociedad pone —o no— a su alcance. 

Las trayectorias educativas no son lineales ni homogéneas. Se construyen conjugando las aspiraciones personales, las oportunidades del sistema y los condicionantes del contexto social. Comienzan en la primera infancia  —etapa decisiva para el desarrollo del cerebro y la disposición hacia el aprendizaje—, siguen en la educación básica y secundaria, se diversifican en la media  —cuando surgen las preguntas vocacionales— y se proyectan hacia la educación superior y el mercado laboral. Pero no terminan allí. En un mundo de cambios acelerados, la formación permanente se vuelve indispensable. Basta mirar el crecimiento de la llamada economía plateada. Cada vez más adultos mayores participan en procesos de aprendizaje continuo.

Las trayectorias educativas se asemejan a caminos que se bifurcan. Algunos están pavimentados y bien señalizados. Otros exigen abrir trocha. Avanzar no depende solo del talento individual, sino también de las mochilas con las que cada persona inicia el viaje. Hay quienes cuentan con un capital cultural, económico y social que les allana el recorrido, mientras que otros deben apelar a la resiliencia para sortear obstáculos y, difícilmente, alcanzan metas semejantes. En cada etapa, el Estado y la sociedad pueden tender puentes que faciliten el tránsito o, por el contrario, crear obstáculos que lo interrumpan.

El informe Education at a Glance 2025 de la OCDE es un verdadero atlas de las trayectorias educativas. Sus cifras no son simples estadísticas. Son coordenadas que muestran cómo cada sociedad abre caminos o levanta barreras al aprendizaje. Como un mapa topográfico, los indicadores dejan ver las elevaciones y depresiones del campo educativo. Las tendencias son el resultado de hechos y circunstancias acumuladas durante décadas, más allá de los vaivenes de cada gobierno. Son las huellas de expediciones políticas que han construido —o deteriorado— los puentes entre una etapa y otra del recorrido educativo.

En preescolar y básica, la mayoría de los países de la OCDE garantizan acceso universal y han reducido al mínimo el abandono escolar. En promedio, solo un 13 por ciento de los jóvenes entre 25 y 34 años no termina el colegio. En Colombia, aunque hubo avances, la realidad sigue siendo preocupante. Cerca del 17 por ciento. de los jóvenes no culmina la educación media y se pierde en los vericuetos de la reprobación y la deserción. 

El problema no es solo de cobertura. También lo es de calidad. En secundaria, uno de cada cinco adolescentes arrastra al menos dos años de atraso escolar. Como recuerda el Nobel de Economía Josh Angrist, “la educación importa, pero la calidad es lo que cambia vidas”. Sus investigaciones muestran que la cobertura escolar, por sí sola, no es la palanca más poderosa contra la desigualdad. Lo decisivo es elevar la calidad docente y garantizar aprendizajes que se traduzcan en ingresos futuros.

La interrupción de las trayectorias educativas no se distribuye de manera homogénea. Golpea con más fuerza a los estudiantes rurales, y a quienes provienen de familias de bajos ingresos, o habitan en contextos de mayor vulnerabilidad. En países de la OCDE con sistemas más equitativos, como los nórdicos, el rezago escolar prácticamente ha desaparecido. En Colombia, en cambio, los factores sociales, económicos y territoriales pesan de manera decisiva. Un niño del Pacífico o de una zona rural tiene muchas menos probabilidades de llegar a tiempo a la secundaria que uno que crece en una capital departamental.

Incluso en las ciudades capitales persisten grandes disparidades. Un reciente estudio de Carlos Alberto Reverón, titulado Trayectorias educativas desiguales y segregadas: clases sociales, segregación escolar y residencial en Bogotá metropolitana, muestra que, en Bogotá y municipios circundantes, de manera similar a lo observado en la OCDE, entre los jóvenes de 18 a 24 años, cerca del 87 por ciento completó la trayectoria esperada, un 9 por ciento desertó o nunca ingresó al sistema educativo y un 4 por ciento presenta rezago. 

Pero, como ocurre en Colombia y en América Latina, la trayectoria educativa varía según la clase social de sus familias. La posesión de capitales culturales, económicos y sociales configura estructuras de capacidad distintas, que inciden en los resultados. De cada 100 niños de la clase alta que ingresan a primero de primaria, los 100 culminan el grado undécimo; en contraste, solo 85 de la clase popular consolidada y 75 de la más precarizada logran graduarse.

El estudio de Reverón confirma que la clase social atraviesa toda la trayectoria educativa. El capital cultural incorporado aumenta en 56 por ciento las probabilidades de graduación; el capital educativo familiar lo hace en 41 por ciento, y el capital económico —medido en bienes e ingresos— en cerca del 48 por ciento. En otras palabras, las mochilas con más recursos pesan menos en el camino y facilitan llegar a la meta.

Otro hallazgo clave es la incidencia de la segregación escolar y residencial. El estudio muestra que el campo educativo y habitacional bogotano está altamente segmentado y reproduce desigualdades sociales. Existe una separación casi absoluta entre las élites y el resto de la sociedad. La correlación entre segregación escolar y residencial configura un sistema metropolitano jerárquico, donde la desigualdad educativa no solo refleja, sino que refuerza la desigualdad territorial, perpetuando las brechas. Vivir en zonas de élite aumenta en 20 por ciento la probabilidad de graduación, mientras que quienes habitan en áreas populares tienen muchas menos posibilidades de terminar el colegio. En un país tan desigual, sigue siendo esencial crear espacios de encuentro entre niños y jóvenes de distintas clases sociales, especialmente en la escuela.

En la educación superior las diferencias se hacen más profundas. En el promedio de los países de la OCDE, el 78 por ciento de los estudiantes ingresa a programas profesionales o equivalentes. Y, entre ellos, siete de cada diez logran graduarse en un plazo razonable. Los países nórdicos y algunos asiáticos destacan por sus altas tasas de culminación, su inversión sostenida y la equidad de sus sistemas. En cambio, América Latina arrastra rezagos en permanencia, financiamiento público y equidad. En Colombia, apenas el 44 por ciento culmina con título. De cada diez estudiantes que ingresan con ilusión, seis se quedan a mitad de camino.

Las trayectorias truncadas responden a factores sociales y económicos. En Colombia, la deserción en el primer año universitario llega al 22 por ciento, frente al 13 por ciento de la OCDE. Solo el 16 por ciento de los jóvenes logra graduarse en el tiempo previsto, mientras que en la OCDE el promedio es del 43 por ciento. La falta de orientación vocacional, los vacíos académicos, los bajos capitales culturales familiares y la ausencia de apoyos económicos y psicosociales explican buena parte del problema. En Colombia, además, una proporción importante del costo de la educación superior recae sobre los hogares. En el país, el gobierno invierte menos que en el promedio de la OCDE, y entonces no queda más remedio que la financiación privada.

Además de la financiación, la educación superior en Colombia requiere mayor pertinencia. En la OCDE, los campos más frecuentes en pregrado son las áreas STEM (23 por ciento) y administración y leyes (23 por ciento), seguidos por artes, humanidades y ciencias sociales (22 por ciento). En Colombia, en cambio, predomina la administración, negocios y leyes, que concentra el 37 por ciento de la matrícula. Este porcentaje es casi el doble del promedio internacional.

Incluso quienes logran graduarse de la educación superior se encuentran con un panorama incierto. Mientras en la OCDE más educación significa menos desempleo (12,9 por ciento entre quienes no terminaron la secundaria, 6,9 por ciento con secundaria completa y 4,9 por ciento con educación terciaria), en Colombia la curva se invierte. El desempleo es del 10,3 por ciento entre quienes no culminaron la media, sube a 12,1 por ciento entre bachilleres y apenas baja a 11,2 por ciento entre profesionales.

Las brechas salariales también son elocuentes. En Colombia, quienes tienen educación superior ganan en promedio un 150 por ciento más que quienes solo terminaron la media. En la OCDE, la diferencia es del 54 por ciento. En el país se continúan ampliando las brechas. El título universitario se convierte así en un mecanismo de diferenciación social.

Seguir la ruta de estas trayectorias muestra que no se trata solo de completar niveles educativos, sino de cómo se acumulan —o se interrumpen— las oportunidades sociales, económicas y territoriales. En países de la OCDE con políticas de equidad sostenidas, los niños de contextos vulnerables reciben apoyos constantes que les permiten mantenerse en la escuela y avanzar hacia la educación posmedia y, de allí, entrar al mercado laboral. En Colombia, en cambio, esos apoyos son débiles, fragmentados y desiguales, sujetos muchas veces a los bandazos de cada gobierno que bifurcan las trayectorias desde temprano.

Las trayectorias educativas en Colombia están llenas de obstáculos. Se ingresa con relativa facilidad, pero en cada etapa aparecen riesgos de exclusión, rezago o deserción. Y aun cuando se llega al final, el resultado no se expresa en una mayor movilidad social. El reto es garantizar que estas rutas sean completas, armónicas, inclusivas y significativas. Que cada niño que ingrese al preescolar llegue a graduarse de la educación media. Que cada joven que entra a la universidad tenga condiciones reales para culminar. Y, finalmente, que cada título se convierta en una puerta hacia la equidad y la movilidad social. Porque, al final, como concluimos con mis estudiantes, hablar de trayectorias educativas es hablar de trayectorias de vida. ¡Mucho por hacer por la educación del país! Ojalá entendamos que es más fácil si construimos sobre lo construido y nos unimos para brindar oportunidades de calidad a la niñez y juventud. 

Posdata. Seguimos lamentando la muerte de niños a causa de la violencia. Esta vez fue Nairkel Botía de apenas cuatro años. Según las versiones conocidas, su padrastro lo golpeó, delante de su madre, porque en lugar de dormir, quería jugar. Vuelvo a preguntar: ¿Qué más necesitamos para entender que lo más elemental en cualquier sociedad es proteger a sus niños y niñas? Sin trayectorias de vida seguras, no habrá trayectorias educativas posibles.

Finalización del artículo