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Lunes 4 de mayo de 2026
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David Colmenares

¿Y si volvemos todos?

Volver no es solo geografía: es despertar la conciencia y la valentía para rescatar lo que nunca debimos perder

Hace unos días, en mi reencuentro con el equipo de Allianz Colombia, alguien me preguntó qué me había motivado a regresar. Al principio respondí en tono de broma: “mi jefe me dijo: necesito que vaya a Colombia”. Pero luego, en serio, respondí que estaba aquí porque este es mi país, porque no soy de ningún otro lugar del mundo. Y pensándolo bien, regresar significa algo mucho más profundo que un cambio laboral o geográfico.

Volver no es solo estar otra vez en Colombia. Volver es recuperar lo que nos hace humanos y comunidad: volver a sentir, volver a sorprendernos, volver a confiar, volver a indignarnos ante lo inaceptable. Porque cuando dejamos de sentir, dejamos de sorprendernos, dejamos de confiar o dejamos de indignarnos, como sociedad nos encogemos.

Volver también me confronta con una verdad incómoda: hemos normalizado lo inaceptable. Hace unos días quemaron vivos a dos soldados y el país siguió de largo porque jugaba la Selección. Ganó el marcador, perdió la dignidad. Patrulleros emboscados, soldados linchados: no son titulares, cada vez, una familia rota. Como capitán de la reserva de la Policía Nacional, sé que no son estadísticas: son sillas vacías en una mesa, camas que quedan frías, voces que se apagan en el barrio, barrios enteros que se apagan. Y a mí también me duele.

Recuerdo un relato de un periodista estadounidense en los noventa, en medio de otra guerra de narcos en el norte del Valle. Los cuerpos flotaban cada día río abajo. Una joven, que esquiaba sobre esas aguas, le reclamó al periodista por qué tenía que mostrar esa imagen del país. Conversaron un rato y terminó confesándole que a veces era peligroso, porque podía golpear un cadáver y caer. Se indignaba por la “mala imagen”, más que por los cuerpos flotando. Nos indigna la mirada externa, pero no el horror que cargamos dentro. Nos preocupa la foto bonita, pero no la herida abierta.

El verdadero progreso no se mide por los aplausos del extranjero, ni por pabellones vistosos, ni por campañas que pretenden que todo va bien. El verdadero progreso se mide en cosas simples y decisivas: en una niña que no se acuesta con hambre, en un maestro que enseña con libros y conectividad, en una mujer que recibe atención médica a tiempo, en un joven que vuelve de noche sin miedo, en un pequeño empresario que no se ahoga en trámites, en un barrio que cuenta con agua potable y trabajo digno, en un policía que regresa a casa tras cumplir con su servicio. Ahí está la vara. Todo lo demás son cuentos.

Por eso vuelvo a elegir volver. No solo a un país ni a un cargo, sino a lo esencial: elijo cada día volver a sentir, a confiar, a sorprenderme, a indignarme y a servir.

Colombia necesita que todos volvamos: a una conciencia despierta y a la voluntad de transformar. A sentir, a berrear, a gritar, a reclamar, a encontrar la valentía y construir, desde cada uno, un país que vuelva al camino donde todos puedan ser lo que sueñan y vivir lo que son.

Si lo hacemos, este país será, por fin, una casa justa, segura y digna.

Solo por hoy, elijo volver.

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