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Lunes 4 de mayo de 2026
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Federico Díaz Granados

Desconfianza en la mirada

Dijo el apóstol Tomás, pescador de Galilea: “si no veo en sus manos los agujeros de los clavos, y si no meto mis dedos en los agujeros sus clavos, y no meto mi mano en la herida de su costado, no creeré”. Poco después, Tomás reconoce a Jesús y exclama: “Señor mío y Dios mío”, luego de meter los dedos en las llagas divinas.

Dos mil años después seguimos desconfiando de lo que no vemos, pero también de lo que vemos. Todos los días circulan por nuestras redes y medios imágenes hechas con Inteligencia Artificial con tal perfección que nos hacen desconfiar de nuestra propia mirada. Hace un tiempo, las fotos se modificaban con Fotoshop y no hace mucho con artesanales collages cuya manualidad era una certeza ante la mirada. Pero hoy hay que mirar varias veces, confrontar, detenerse, ampliar el zoom y sobre todo dudar. Ahora bien: dudar es necesario para formular las grandes preguntas y detenernos es una urgencia en este tiempo de velocidades infinitas, pero añoro la confianza que tuvimos hasta hace poco en nuestra mirada y nuestra propia constatación de tocar, como el apóstol Tomás, las llagas de Dios.

Desconfiamos también de las palabras. Las imágenes y las palabras parecieran respirar en modo real. Imitan las formas exactas de la vida y de nuestro carácter. Repetimos desde el Nuevo Testamento y durante muchos siglos a Tomás: “ver para creer”, como si la mirada fuera el sinónimo absoluto de la verdad. Ahora miramos, sospechamos, nos fascinamos mirándonos a nosotros mismos, hacemos miles de selfies y guardamos miles de fotos de lugares, viajes y momentos que nos perdimos de observar y disfrutar en vivo y en directo por estar registrándolos en nuestras cámaras y teléfonos celulares. Entonces, ¿por qué tanta certeza en las imágenes que guardamos en nuestros celulares si al final no comprendemos aquello que vimos? Es un signo de nuestro tiempo porque las redes tienen certeza y seguridad de nuestras emociones mientras nosotros perdemos la oportunidad del goce y del asombro.

Me encanta ver el video del calentamiento de Diego Armando Maradona antes del partido Bayern Múnich-Napoli por la semifinal del copa UEFA el 19 de abril de 1989 en el viejo Estadio Olímpico de Múnich. Maradona calienta al ritmo de la canción Life is Life de Opus con los guayos desatados. Era una fiesta ante los ojos de todos los espectadores que, sin una sola cámara, ni un solo teléfono, disfrutaban del espectáculo que les brindaba el mejor jugador del mundo. Tenemos una sola imagen de ese evento tomada por el camarógrafo belga Frank Raes. “Ver para creer” en esa sola imagen que ha atravesado el tiempo al igual que otros tantos eventos del mundo. Pero el ejemplo lo traigo a propósito de observar al público sin cámaras, mirando en directo con sus propios ojos este icónico calentamiento. En contraste, circula un meme donde todos los náufragos del Titanic sacan sus celulares desde sus botes o tablas para tomar en vivo y en directo el hundimiento del trasatlántico.

Lo cierto es que mas allá de que nuestra mirada no esté a salvo de la mentira debemos confrontar cada imagen que nos llega. Y es curioso que nos hemos desacostumbrado tanto a mirar con nuestros propios ojos el mundo, que mucho más fácil se nos cuelan los montajes. El afán de reenviar todo lo que nos llega nos lleva a ser portadores de ese mundo distorsionado. Ahora pareciera que no solo vemos con esa distorsión el mundo, sino que lo nombramos también de maneras falsas. El lenguaje está tan pixelado como las imágenes de nuestros lentes sucios. Los pintores impresionistas desconfiaban de la mirada y se anticiparon a pixelar lo que veían con la conciencia de que las cosas al chocar con la luz llegan a nuestra retina de una forma menos nítida, fragmentada pero no distorsionada ni modificada. Quizás por eso pareciera que ahora muchos confiamos más en esas imágenes antiguas, llenas de escarcha y de tintas descoloridas por el paso del tiempo. Confiamos en esas palabras donde nos hemos reconocido por siglos, llenas de imperfecciones, como aquellas imágenes y sonidos donde no había simulaciones.

Tal vez el desafío de nuestro tiempo no sea renunciar a la mirada y reaprender a observarlo todo y a nombrarlo con la honestidad de nuestras emociones. Vemos guerras en vivo y en directo, somos testigos de la masacre a un pueblo en nuestros teléfonos y los bombardeos parecieran ser videojuegos en línea donde podemos participar y ser parte de un bando. Podemos mirar de otra manera, un poco más despacio y que esa mirada dé cuenta de nuestra experiencia humana. Es el mínimo acuerdo al que debemos llegar con nosotros mismos en estos días.

Y entonces vuelvo a pensar en Tomás, en su necesidad de tocar para creer y en Maradona bailando Life is Life con los guayos desatados frente a un estadio que miraba sin filtros, sin teléfonos y sin la ansiedad de registrarlo todo. Hay que volver a mirar con emoción y el asombro y con la responsabilidad del contraste porque cuando dejamos de mirar de verdad, otros miran por nosotros y nos dan su versión del mundo y de las cosas. Encendamos la luz de este año nuevo para volver a ver todo con nuestros ojos y nuestro corazón.

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