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Lunes 4 de mayo de 2026
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Luis Alberto Arango

Efecto dominó del pesimismo

El domingo 11 de enero en The Economist leí un artículo que me impresionó y que quiero compartir con ustedes. El título obliga a leerlo “el pesimismo es el principal problema económico del mundo”. En síntesis, la revista sostiene que las expectativas sombrías están empezando a pesar más que la evidencia. En otras palabras: el termómetro puede marcar mejoría, pero si la gente cree que la fiebre continúa, actúa como si siguiera enferma… y termina enfermando el sistema.

Es una tesis potente porque es visual: el pesimismo no es solo un estado de ánimo; es una fuerza que se filtra por las rendijas de la economía y se vuelve una restricción real. The Economist cita encuestas donde mayorías, en países ricos, creen que la vida será más difícil para la próxima generación y que “el sistema” favorece a los ricos; en casi todos, además, perciben instituciones ineficaces y derrochadoras. Es el caldo perfecto para que la inversión se congele, para que la política se vuelva suma-cero (asumir que solo se puede mejorar quitándole a otro, no creando más valor) y para que el corto plazo le gane, una vez más, al largo plazo.

Al leerlo no pude evitar compararlo con Colombia. Arrancamos 2026 con un ingrediente que, por su tamaño, altera la química de casi cualquier conversación empresarial: el aumento del salario mínimo de 23%, impuesto por decreto tras fracasar la concertación. No se trata esta vez de discutir el objetivo social —nadie sensato desconoce la urgencia de mejorar ingresos reales—, sino de reconocer el efecto inmediato sobre expectativas, costos y decisiones, sobre todo cuando se percibe que el proceso se resolvió por populismo político y no mediante la construcción de acuerdos.

Si a eso se suma la conversación macroeconómica fiscal —la inquietud por el aumento de la deuda pública, la depreciación del dólar, el déficit fiscal y el costo de financiamiento, entre otros— el ambiente de incertidumbre se enrarece. En los últimos meses los medios especializados han registrado diferentes puntos de vista sobre las dificultades fiscales, la suspensión de la regla fiscal y las reacciones de las calificadoras de riesgo; ese telón de fondo no es indiferente cuando el país necesita confianza para invertir.

En este contexto, no sorprende que reuniones empresariales de comienzo de año estén ambientadas por el pesimismo: presupuestos defensivos, contratación cautelosa, CAPEX aplazado, y una lista de riesgos que ya no cabe en una diapositiva. Lo preocupante es cuando el pesimismo deja de ser insumo de análisis y se convierte en identidad: la empresa (o el país) termina operando como quien maneja con el pie en el freno.

“…no sorprende que las reuniones empresariales de comienzo de año estén ambientadas por el pesimismo”

Aquí vale la pena invocar el concepto “animal spirits” —los “espíritus animales”— un término que John Maynard Keynes utilizó en su famoso libro “Teoría general del empleo, el interés y el dinero” para describir cómo emociones, instintos y factores psicológicos (confianza, miedo, optimismo) impulsan decisiones económicas, en especial la inversión, más allá del cálculo puramente racional. La inversión es una apuesta al futuro; y cuando el futuro se percibe difuso, la apuesta se aplaza. No porque el Excel no cuadre, sino porque la cabeza y el estómago no acompañan.

“La inversión es una apuesta al futuro; y cuando el futuro se percibe difuso, la apuesta se aplaza”

The Economist lo conecta con una idea clave: el pesimismo opera primero como un “choque de incertidumbre”; aumenta el “valor de esperar” y hogares y empresas posponen decisiones costosas de reversar. Esa espera, multiplicada por millones, produce el resultado que luego confirmará el relato: menos inversión, menos dinamismo, menos crecimiento.

Y ahí entra Robert Shiller, Premio Nobel de Economía (2013), y uno de los pioneros de las finanzas conductuales: su trabajo mostró que los precios de los activos pueden presentar una volatilidad que no se explica solo con fundamentos, abriendo espacio a la psicología y la sociología en la economía. Shiller desarrolló la idea de que las narrativas —los relatos que una sociedad se cuenta a sí misma— pueden influir en el gasto y la inversión de maneras que los modelos econométricos tradicionales no anticipan. Por eso The Economist lo cita: porque el pesimismo no solo describe la realidad; puede fabricarla si se vuelve el relato dominante.

“Que el pesimismo se siente a la mesa, pero que no ocupe la cabecera”

Hace dos años escribí en este espacio “La estrategia del pesimista” y defendí un matiz: el pesimista, en una reunión empresarial, puede ser útil en la medida en que actúe como polo a tierra y puede detectar el eslabón débil antes de que se rompa la cadena. Incluso señalé que “el pesimismo no puede apoderarse de una reunión”, aunque “una moderada dosis… nunca sobra”. Sigo creyéndolo. Pero hoy, con un clima de incertidumbre y con un tono confrontacional que con frecuencia acompaña el debate público, el riesgo es otro: confundir prudencia con parálisis y análisis con resignación.

Los empresarios somos, en buena medida, la primera y la última defensa del desarrollo económico de un país. La razón es simple: la inversión, el empleo formal, la productividad y la innovación no ocurren por decreto: ocurren porque alguien decide apostar y dar el siguiente paso. Está bien que el pesimismo sea un instrumento de gestión —para medir riesgos, fortalecer planes y corregir rumbos—, pero que nunca sea el gerente de nuestras decisiones. Si dejamos que la narrativa del desaliento tome el mando, terminaremos confirmando, con nuestros propios actos, la profecía que más nos conviene desmentir. 

En Colombia, hoy más que nunca, necesitamos empresarios que no confundan realismo con rendición: que miren el riesgo de frente, pero sigan caminando hacia adelante. Y que, si el pesimismo se sienta a la mesa, que no ocupe la cabecera.

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