El aprendiz
La política de dominación global de Estados Unidos ha encontrado su paradigma en Donald Trump. Sin atender ningún límite establecido después de la Segunda Guerra Mundial, cuando se conformó la ONU —tras el fracaso de la Liga de las Naciones, posGran Guerra (1920-1946)— y se establecieron mecanismos de mediación internacional, Trump ha actuado según dos mandamientos: el primero viene de una matriz luterana bajo la cual solo Dios es culpable de tus pecados, y el segundo, de una idea neoliberal y es que en los negocios no hay amigos ni enemigos, solo intereses y competidores.
En Dios se depositan los misterios y los yerros, las aniquilaciones y los genocidios, se justifican invasiones, se construye un relato en el que ese destino de un pueblo elegido debe prevalecer sobre los demás para que la especie, o lo mejor de ella, sobreviva. Es una ideología que corresponde a eso que Hanah Arendt llamó totalitarismo, en un libro que hoy es de obligatoria lectura para quienes quieran entender por qué vivimos un tiempo en el cual formas de gobierno de signos políticos distintos buscan la dominación mundial a través del miedo y el terror y ha prevalecido el más fuerte.
En ese sentido, el poder que detenta el presidente Trump —cuya figura ha sido burlada, combatida, vilipendiada y criticada por millones de personas hasta considerarla inverosímil con candidez— no es menor ni tampoco un accidente en la historia. Estados Unidos lleva setenta años, o más, si contamos su propia política de construcción nacional en el siglo XIX, buscando prevalecer sobre el orden global. Y esa continuidad es la que se expresa en Trump, aunque hoy muchos de sus demiurgos parezcan asustados ante la idea de que el aprendiz se haya convertido en brujo. Estados Unidos ha hecho operaciones desde hace décadas ante los ojos impávidos del mundo que ha tolerado, una y otra vez, la violación de unas normas internacionales que, visto lo visto, ese país controla y manipula a su antojo, haciendo prevalecer narrativas y explicaciones absurdas o disparatadas. Lo hizo en Vietnam, lo hizo en Irak, en Libia, en Yemen, en Somalia, en Afganistán; lo hizo en Panamá y acaba de hacerlo en Venezuela. Tampoco es que en aquellas situaciones haya importado mucho el sistema jurídico internacional de las Naciones Unidas, pero la dominación —salvo en el caso de Vietnam y precisamente de ahí en adelante— política, cultural, militar y tecnológica ya era tan clamorosa que todo parecía un camino pavimentado con petróleo en nombre de la libertad para seguir acumulando capital y dominio a través de la tecnología, la industria militar y el sistema financiero internacional. “Hay 70 operaciones de cambio de régimen documentadas entre 1947 y 1989 (véase Lindsey O’Rourke, Covert Regime Change, 2018). Desde entonces, se han producido docenas de otras operaciones de cambio de régimen (golpes de Estado, guerras, revoluciones de colores), tanto abiertas como encubiertas. Entre ellas se incluyen Serbia, Afganistán, Irak, Libia, Siria, Sudán, Irán, Ucrania, Georgia, Haití, Venezuela, Granada, Panamá, Pakistán y otros, y algunas en varias ocasiones. Creo que, si tuviéramos un recuento exhaustivo de todos los intentos y todos los tipos de casos, probablemente llegaríamos a unos 100, pero advierto que no existe un estudio definitivo del período posterior a 1989, ya que gran parte del registro es secreto, negado por Estados Unidos y muy controvertido”, dice el economista Jeffrey Sachs, quien no es precisamente un intelectual de izquierdas y, al contrario, ha concedido y concebido ideas neoliberales que han contribuido al segundo rasgo de Donald Trump que lo ha convertido en un ser capaz de cumplir el mandato de sus predecesores: un verdadero especulador financiero está en el poder.
La fantasía casi histérica del neoliberalismo se ha realizado y cumplido en la figura de un hombre rubio, auténtico representante de los nibelungos, pragmático como buen minero, y capaz de llevar a cabo el plan sin pedir permiso a nadie: el Estado, lo dijeron ellos —Sachs incluido: El fin de la pobreza o La terapia de choque—, es una corporación y así ha de funcionar. Se regulará siempre a través del mercado. Sobrevivirán los más fuertes. Quienes no se adapten, deberán ser esclavizados o sometidos a precarizaciones laborales: ya no habrá necesidad de más leyes ni de tratados internacionales; la economía se gerencia desde los feudos tecnológicos para los cuales todos invertimos nuestro tiempo.
El triunfo de una idea como esta, en general, se concreta a través de su determinación: para ello el relato es fundacional. Y en este relato, Donald Trump encarna esa idea como nadie. Ha sido capaz de usar esa “prehistoria nacional” de ocupación, amedrantamiento, amenaza y aniquilación en ciertos momentos de la historia de su país —por eso vuelve a Monroe y todos hablamos de la doctrina Monroe (o Donroe)—; ha jalado los hilos de proyectos de ocupación de territorios estratégicos para su economía y crecimiento que llevan décadas urdiéndose —como la de la propia Venezuela desde hace veinte años y por eso el petróleo vuelve a tener sentido histórico—, y ha entendido algo que ya sabía desde sus años como empresario: aquello que muchos intentaron hacer con pausa, sin prisa, y calculando que siempre podían prevalecer moviendo los hilos a su antojo, puede hacerse en un golpe de mano: una empresa puede cambiar su destino en horas si se sabe cómo devastar al adversario.
Los neoliberales que creyeron en esa supuesta tercera vía en la cual pensaron que los únicos patrones que volverían a conocer se parecían a ellos mismos, o eran ellos mismos: es decir, personas que se preciaban de ser humanistas, de creer en ideas que podrían ser consideradas progresistas, pero que, en el fondo, defendían sus propios privilegios, y los de los empresarios para los cuales trabajaban o se volvían empleados a través de corporaciones, fondos o centros de estudio que los financiaban. (Una buena manera de entenderlo en Colombia es leyendo el libro de Gerardo Reyes, Don Julio Mario, biografía no autorizada de Julio Mario Santo Domingo que explica con mucho detalle la endogamia y la manera de controlar el Estado desde las empresas privadas. “Es fácil caer en la ilusión de la omnipotencia. Intoxicarse con el poder y creer que se puede aplastar a los competidores, humillar a los émulos, intimidar a los críticos, despreciar a los subalternos, resolver las polémicas de interés público por vía del agravio privado. La soberbia, en fin, de pensar que todo incluyendo Gobierno, Congreso, Justicia se compra o se vende”, escribió Enrique Santos Calderón, hace más de treinta años, en El Tiempo, y así lo cita Reyes en su libro). Evidentemente, su error de cálculo, o el servicio prestado a estos grandes tiburones (hay un programa de televisión famoso entre ellos llamado Shark Tank) fue efectivo y hoy, un hombre experto en quiebras, desfalcos, trampas, engaños, amoralidad, condenado por treinta y cuatro delitos y acusado de pedófilo; un hombre capaz de construir fantasías usando el capital de otros hasta apropiárselo, ha prevalecido sobre todos hasta convertirse en el capataz del mundo. Según su lógica, su imperio corporativo es el único actor legítimo para dominar las reglas de nuestro presente, del cual ha comenzado a despedir a unos cientos de miles de migrantes nacidos allí; a considerarlo un territorio en franca expansión para fines militares y económicos —necesitamos Groenlandia, no la pedimos—, a establecer una relación paternalista con la indignación de los medios liberales de su país, que siguen creyendo que a él le importan su educación, sus modales, sus reglas, sus maneras de establecer relaciones, o todo ese mundo que, francamente, se parecía o quería ser una especie de cooperativa —jamás lograda, gracias a su país, por supuesto— y ha conseguido llevar al límite a punto de verla convertida en la más grande jamás vista, aquella capaz de aplastar a quien ose competirle, contradecirla o ir en contra de sus reglas que variarán, por supuesto, cada vez que cambie de parecer o necesite nuevas condiciones. Aplican, por supuesto, condiciones, siempre, en letra menuda e ilegible.
Ahora, cuando ya no hay instituciones capaces de detener a un hijo de esta historia, a un aprendiz que superó a todos sus maestros, el hijo que creyó la lección a pie juntillas y no falló ninguno de los mandamientos, nos damos cuenta del inmenso valor que le han dado las agencias, los servicios de seguridad y ese sistema de inteligencia que ha estado sumergido en la historia de Estados Unidos —a veces mostrándose de manera conveniente— a los relatos: Trump, sentado con amigos en su casa de Mar-a-Lago confesó Fox News sobre la invasión a Venezuela: “Lo vi literalmente como si estuviera viendo un programa de televisión”. Y añadió: “Fue algo asombroso”.
Como es el fin de las Constituciones, según las conocemos, del sistema de derecho internacional, y de todo aquello en lo que muchos creyeron, y otros resistieron a pesar de todo, vale la pena preguntarse si este programa corporativo imperial tendrá pronto un fin de temporada, y debido a los males que no son cognoscibles por ahora, pero que se producirán, sin duda, llegará a su fin. O si, como hace dos décadas, en su programa de televisión, El aprendiz, transmitido por NBC, Trump podrá encerrar a quien su director de proyecto —el de Colombia, México, Dinamarca, en esta temporada— le aconseje en un ático y decida decirle a quien necesite aplastar: “Estás despedido”. Puede ser un país. O un continente.
(Ojalá nuestra oposición y la derecha mundial no siga creyendo que hace parte de la corporación imperial: a todo gerente le llega la hora en El aprendiz. De la noche a la mañana, como a María Corina Machado, que pasó de bendecir y agradecer los bombardeos a su país y declararse fanática de Trump a ser considerada alguien sin importancia y fue despedida. O como Europa, que espera obediente en la mesa de gerencia a ver qué le espera).