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Lunes 4 de mayo de 2026
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David García

El Cartagena Festival de Música: un bien público

Crear y sostener un festival de música es una de las tareas más complejas —y menos comprendidas— de la política cultural. No se trata solo de producir conciertos durante algunos días del año, sino de construir una institución simbólica que articule creación artística, formación de públicos, financiamiento, confianza y visión de largo plazo. Mantenerlo vivo exige atravesar crisis económicas, cambios políticos y transformaciones sociales sin perder su sentido. Por eso, todo festival que perdura es, en sí mismo, una declaración cultural.

La historia muestra que los grandes festivales de música surgen casi siempre en contextos de crisis. El Festival de Salzburgo, fundado en 1920, nació en una Europa devastada moral y materialmente tras la Primera Guerra Mundial. Stefan Zweig, una de las figuras intelectuales clave de su gestación —junto con Hugo von Hofmannsthal, Max Reinhardt y Richard Strauss— entendió el festival como un acto de reconstrucción espiritual. En su obra El mundo de ayer lo expresó con claridad: “Después de la catástrofe de la guerra, sentíamos la necesidad de crear un punto de reunión espiritual, un lugar donde Europa pudiera recordarse a sí misma como unidad cultural”. Salzburgo no fue concebido como espectáculo, sino como política cultural en el sentido más profundo.

Desde entonces, la historia de los festivales de música clásica ha sido inseparable de las políticas públicas y privadas de la cultura. Bayreuth en el siglo XIX, los BBC Proms como política explícita de acceso, Salzburgo y Edimburgo como construcción cultural y simbólica de la posguerra, o Lucerna y Tanglewood como modelos de excelencia y formación, demuestran que un festival no es solo programación: es infraestructura simbólica, educativa y social. Ninguno de ellos habría sido posible sin una articulación sostenida entre Estado, sociedad civil, filantropía y sector privado.

Esta lección es especialmente relevante para América Latina, donde la fragilidad institucional y la discontinuidad de las políticas culturales suelen amenazar proyectos de largo aliento; con honrosas excepciones, como la política musical en Bogotá. En contextos como el colombiano, los festivales no pueden pensarse como eventos aislados, sino como nodos de un ecosistema cultural que articule simultáneamente procesos de educación musical, circulación artística, formación de públicos y proyección internacional. Allí donde el Estado no alcanza, la iniciativa privada puede —y debe— actuar como aliada estratégica del interés público.

En ese marco, el Cartagena Festival de Música ocupa un lugar singular. Al llegar a su vigésimo aniversario, ha demostrado que una iniciativa privada, sostenida con coherencia y visión, puede convertirse en un bien cultural de alcance nacional e internacional. Creado, dirigido y sostenido por Víctor y Julia Salvi, el festival ha construido una propia identidad a partir de ejes temáticos anuales y ha reunido a orquestas de primer nivel como la Orquesta Filarmónica de San Petersburgo, la Camerata de Salzburgo, la Orquesta de Cámara Franz Liszt y la Orquesta Filarmónica de Bogotá. Entre sus solistas e invitados han estado figuras como Maxim Vengerov, Bruno Gelber, Christian Zacharias, Paquito D’Rivera, Avi Avital, Leo Brouwer y Santiago Cañón, junto a destacados exponentes del talento colombiano que han encontrado en Cartagena una plataforma de proyección.

Pero hay un aspecto particularmente significativo: el Festival de Cartagena ha logrado convocar de manera sistemática a públicos de altos estratos sociales para su asistencia y financiación. En ese sentido, el festival no solo amplía audiencias, sino que interpela a sectores distantes de la música clásica como experiencia colectiva, contribuyendo a recomponer el pacto cultural entre élites, arte y esfera pública. Al mismo tiempo, ha logrado crear procesos musicales con jóvenes de todo el país, que asisten a clases magistrales. Con los de la ciudad el festival ha creado la Sinfónica de Cartagena.

Sostener durante dos décadas un proyecto de esta naturaleza es un gran logro. El Cartagena Festival se ha consolidado cada año como un espacio de encuentro musical y espiritual, y también como una plataforma de proyección de Colombia ante el mundo. En ese camino han sido meritorias la dirección artística de Charles Wadsworth y Antonio Miscena. Hoy asume el reto Julio Reyes, llamado a proyectar el festival hacia nuevas generaciones y lenguajes.

Pensar los festivales como políticas culturales implica asumir que la música necesita tiempo, cuidado y responsabilidad compartida. El Festival de Cartagena recuerda que la cultura no se decreta ni se improvisa: se construye lentamente, concierto tras concierto, público tras público. Y en ese gesto paciente y persistente reside una de las formas más profundas —y menos visibles— de la política cultural.

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