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Miércoles 6 de mayo de 2026
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Mauricio Cabrera

El salario mínimo es como una medicina

El incremento del salario mínimo es una medicina potente contra males como la pobreza y la concentración del ingreso, y soy de la opinión que su aumento real en los años pasados fue benéfico para los trabajadores y para la economía; pero incluso el mejor medicamento puede ser dañino si se administra sin diagnóstico o en dosis excesivas.

Haber criticado el alza del 23 por ciento en el salario mínimo, no me convierte en un neoliberal sin corazón ni en enemigo de los trabajadores. Es una opinión que se deriva de la convicción de que no hay reglas universales para las políticas económicas que sean aplicables en todas partes y en cualquier momento. Por el contrario, son como una medicina y las hay eficaces, probadas y necesarias, pero ningún médico serio las recetaría sin diagnóstico ni ajusta la dosis, ignorando el estado del paciente.

Medicinas, diagnóstico y dosis adecuada

El problema tiene que ver con el contexto, es decir, con el estado general de salud del paciente. En medicina hay una regla básica: los pacientes rara vez tienen una sola enfermedad. Y por eso, ningún médico serio receta pensando en un solo síntoma. Hay medicamentos eficaces que alivian un problema, pero que pueden agravar otro si no se consideran las condiciones coexistentes. Un ejemplo de estos efectos cruzados son los antiinflamatorios, que son muy útiles para disminuir el dolor, pero si la persona tiene gastritis o deficiencias renales no se le pueden recetar. La política económica funciona de manera muy parecida, aunque a veces se olvida.

En las circunstancias actuales hay por lo menos cuatro enfermedades económicas que hacen desaconsejable un alza del 23 por ciento del SMLV: uno, el enorme déficit fiscal, porque al aumentar el SMLV no solo sube la nómina estatal, sino otros rubros del gasto pública como el subsidio a la pensión mínima o los gastos en salud. Siete billones de pesos es el incremento del déficit fiscal que estima el ministro de Hacienda.

Dos, la revaluación del peso, porque si bien es cierto que un mayor SMLV aumenta la capacidad de compra de algunos hogares, con un dólar barato y la invasión de productos chinos, una parte de esa demanda se va a destinar a comprar bienes importados y no de producción nacional. El resultado, un mayor déficit comercial y de balanza de pagos en una economía que ya tiene una alta vulnerabilidad externa.

Tres, las presiones inflacionarias existentes que no han permitido que se cumpla la meta de inflación del Banco de la República. En la medida en que todavía existen muchos bienes y servicios atados al SMLV, se van a incrementar esas presiones, lo que llevará al Emisor a aumentar su tasa de interés, con el consiguiente impacto de un menor crecimiento económico.

La última es el alto grado de informalidad que existe en el mercado laboral. Con más de la mitad de la fuerza laboral sin contrato formal de trabajo ni prestaciones sociales, y solo un 10 por ciento de los trabajadores recibiendo el salario mínimo, mover esta variable deja más perdedores que ganadores, con lo cual el remedio resulta peor que la enfermedad porque no reduce la pobreza general ni mejora la calidad de vida de la mayoría de la población.

Medicinas diferentes para pacientes diferentes

Otra regla básica de la buena práctica clínica es que no todos los medicamentos sirven para todo el mundo, porque, en determinadas circunstancias, un medicamento bueno para una persona puede no ser conveniente para otra; por eso, la primera pregunta que hace un doctor antes de recetar algo es saber si el paciente es alérgico. Un ejemplo clásico es la penicilina, que es uno de los antibióticos más eficaces y ha salvado millones de vida; sin embargo, una parte de la población es alérgica en esos casos y puede causar reacciones graves.

La analogía es útil para responder a quienes citan el caso mexicano como un ejemplo de cómo se han dado grandes incrementos reales del salario mínimo sin provocar desequilibrios macroeconómicos. El hecho es cierto en México, en los últimos cuatro años, el salario mínimo ha subido en promedio 12 por ciento anual, y no ha acelerado la inflación ni el desempleo.

Una de las razones que pueden explicar este comportamiento es que el SM estaba muy por debajo del salario promedio de la economía: solo el 28 por ciento en 2021, mientras que en Colombia era el 85 por ciento, y en el promedio de países de la OCDE el 55 por ciento. Durante décadas, el salario mínimo mexicano fue uno de los más bajos de América Latina en términos reales y cuando se empezó a subir con fuerza no estaba encareciendo el trabajo marginal: se estaba corrigiendo una distorsión, no creando otra.

En términos económicos, el salario mínimo pasó de estar muy por debajo de la productividad marginal a acercarse a ella. En 2025, el SM en México llegó a ser el 43 por ciento del salario promedio y en Colombia el 93 por ciento. En otras palabras, en México había más campo para el aumento que en Colombia.

En cuanto al efecto redistributivo del SM, hay un hecho muy preocupante. En 2021, el 72 por ciento de los trabajadores ganaban más de un SM; en 2025, ese porcentaje se ha reducido al 60 por ciento, lo que significa que un grupo grande de trabajadores tuvieron aumentos de ingresos inferiores al del SM.

Respecto a la inflación hay dos hechos. Primero, que el aumento del SM no impulsó el consumo de los hogares ni presionó la demanda agregada. En esos años, el consumo de los hogares solo creció 2.3 por ciento, es decir, muchísimo menos que el SM.

De otra parte, para contrarrestar las eventuales presiones inflacionarias el Banco Central mantuvo una tasa de interés muy alta (en promedio 5 por ciento por encima de la inflación), lo cual frenó el crecimiento económico. Eso es lo que nos va a pasar en Colombia.

La lección es incómoda pero necesaria. En el país, un aumento real del salario mínimo tan elevado, en una economía de bajo crecimiento y alta informalidad, se parece menos a un tratamiento bien calibrado y más a una ‘sobremedicación’ con efectos secundarios previsibles.

El debate económico serio no es estar “a favor” o “en contra” de un aumento del salario mínimo, que no es bueno o malo en abstracto, sino si esta dosis en este momento es adecuada para este paciente. Esto implica aceptar que, como cualquier medicina, exige diagnóstico y dosis adecuada. Ignorar eso para oponerse a cualquier aumento real del SMLV no es ortodoxia económica; apoyar el 23 por ciento no es progresismo. Ambas posiciones son mala práctica.

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