Extremistas radicales
Los extremistas radicales han decidido jugar su última carta antes del naufragio de su proyecto cultural, social, económico y político que reinó durante los últimos cuarenta años en Colombia: han de convencer al país de que los verdaderos extremistas radicales son quienes piden justicia social, educación gratuita, salarios justos, transición energética, revolución agraria, horizontalidad en las relaciones sur-norte, reforma agraria, pensión, salud, garantías para la organización social, igualdad, agua como bien público, cultura y no entretenimiento, turismo y no extractivismo, producción y no desangre de nuestros suelos y naturaleza.
Los extremistas radicales escriben y hablan a diario en medios de comunicación, hacen posts, tienen humor y maneras con las cuales quieren convencer a incautos de que su sentido común aún impera. En la radio de la mañana, los extremistas radicales entrevistan a un líder de las extintas Farc. Ha sido publicado un informe de la Contraloría General de la República en el cual se informa que la guerrilla más antigua del continente no ha devuelto todos los bienes, el dinero y las joyas que se comprometió a entregar una vez firmado el acuerdo de paz que un grupo de los extremistas radicales —para entonces divididos— incumplieron desde antes de firmado, por no ponerse de acuerdo, y querer, cada uno, ser el dueño de los extremistas radicales.
Uno sometió a sangre y fuego el país, envió a tumbas sin nombre a más de 6.000 muchachos inocentes, asoló el país de masacres en una alianza narcoparamilitar por la cual ha sido juzgado con suficientes pruebas, destrozó la función pública, sacó a millones de trabajadores a la calle, entregó negocios millonarios a sus propios hijos, privatizó la salud, desmovilizó a sus ejércitos privados y para que no hablaran los extraditó, cambió la Constitución para reelegirse haciendo trampas y encerrando a congresistas en oficinas, ‘chuzó’ a periodistas y a la oposición; el subsiguiente tuvo la audacia de contradecir a su jefe, pero cuando debió mostrarse como un líder de la temperancia y un verdadero estadista, decidió someter a un plebiscito un acuerdo que no necesitaba tal mecanismo. Y cuando su exjefe le demostró quién mandaba, y con mecanismos de propaganda extremista radical —en la cual son expertos— sembró en la mentalidad de millones ideas que habían sido construidas con paciencia y dinero público a lo largo de las décadas de su estancia casi eterna en el poder, la nueva promesa de los extremistas radicales, que triunfaron en 2018, fue hacer trizas esa paz.
Entonces los extremistas radicales se dividieron: unos se situaron para hacer pedazos lo que los anteriores habían conseguido, y los otros se dedicaron a lamentarse en silencio por la inoperancia y el incumplimiento de unos acuerdos que, era sabido, quienes gobernaban comandados por un duque sin dominios habían prometido no cumplir. Y cumplieron su promesa. Fueron destripadores.
En la entrevista de la radio, el locutor dice que las Farc no han devuelto todo, y que lo que devolvieron no equivale ni al valor de un secuestrado rico de este país. Lo dice así, poniéndole valor y precio a lo que no lo tiene. Entonces el líder de la guerrilla de extremistas radicales que se desmovilizaron, y que firmaron la paz, le riposta al locutor si quiere hablar del pasado o del informe. El locutor se calla. No dice, por ejemplo, que además del informe de la Contraloría, más de quinientos hombres y mujeres firmantes han sido asesinados, ni que ha costado —y mucho— que los extremistas radicales vendan sus tierras a precios comerciales para poder cumplir los acuerdos, ni que, por primera vez, en el país que ya no gobiernan ninguno de los extremistas radicales, se han entregado tierras como nunca en la historia. Nada de eso dicen.
Los extremistas radicales escriben textos como estos: “El leitmotiv de la extrema derecha es destripar a la izquierda, el leitmotiv de la izquierda es destripar a la derecha: el leitmotiv del centro es que nadie destripe a nadie y todos trabajemos en una misma idea de país que construyamos mediante el diálogo pensando en el bienestar”. Aunque están de acuerdo con los extremistas radicales de la seguridad democrática y aseguran que durante su gobierno de ocho años se pacificó el país, quieren seguir repitiendo que son distintos, aunque al final, sean iguales. Quieren decir que da lo mismo, que no hay izquierda democrática, sino radicales que quieren ‘destripar’ a otros. No muestran evidencia: en el fondo quieren decirnos que no creen en la Constitución que escribieron, ni en el acuerdo que firmaron, ni en la diversidad de ideas, ni en la diferencia; quieren decir que la única y legítima vía para este país es seguir creyendo en ellos, extremistas radicales que se mueven con el viento de la historia hacia donde más les convenga. Extremistas radicales capaces de justificar la invasión de Estados Unidos a un país vecino, que explican diciendo que es mejor derrocar a un dictador con otro dictador más poderoso para que entonces sí haya democracia (¡!).
Hay extremistas radicales que nos invitan a pensar si no es mejor debatir ideas con fascistas que invitan a invadir países, que negarse a hacerlo. Otros que, a pesar de que conocen al hoy candidato a la Presidencia de la República de la izquierda democrática, insisten que no pueden apoyarlo porque es “demasiado radical” por pedir lo justo; no les basta conocerlo, haber hablado con él, que se enfrente al país con sus palabras, que apele a la ética como principio: es mejor seguir llamándolo “guerrillero”, “extremista”, “radical”. O pedirle que se mueva hacia su extremismo, que consiste en aplicar una y otra vez la célebre frase del hoy acusado Julio Iglesias: “A veces sí, a veces no, y todo lo contrario”. No les basta nada. No les alcanza. Insisten en que no hay diferencias sociales, económicas y culturales que produzcan rabia y descontento, que la pobreza no es una causa suficiente para sentirse despreciado, que podemos seguir creyendo, en nombre de su credo, que no hay extremistas radicales capaces de decir frases a un trabajador como la siguiente: “Por lo menos yo sí tengo plata para la pizza, no como él, que le toca repartirla”. No hay lucha de clases, sino “odio” de clases, dicen los extremistas radicales, como si no se dieran cuenta de la evidencia de los abismos en los que vivimos todos los días en un país que ha sido incapaz de reconocer estos tres años: baja el dólar, pero los extremistas radicales dicen que no tiene nada que ver con el Gobierno; mejoran los indicadores sociales, pero es mejor pensar que es por un mal cálculo; la economía es estable, pero tampoco; sube el salario mínimo, pero es mejor titular, en uno de los medios de los extremistas radicales: ‘Más de 110.000 empleos se perderán en Bogotá, por alza del salario mínimo’.
La retórica de los extremistas radicales quiere insistir, después de todo, que vamos de transición en transición y que ellos tienen la fórmula para todo, menos para los problemas. Y con esa cantinela siguen creyendo que el mundo es el de ayer, como se lamentaba Zweig. Y no el de hoy. El de una ruptura con el extremismo radical que debe asumirse. Aquel extremismo que nos prometió “ese espíritu democrático peculiar [que] se basaba, más que en un amplio compromiso de justicia social, en la socialización del consumo y la equiparación de las costumbres, lo que Sinclair Lewis calificó sagazmente en Babbitt como ‘el aspecto mental y espiritual de la supremacía estadounidense’. Ese espíritu eliminaba las distinciones de gusto basadas en la clase social y hacía que las desigualdades económicas y sociales parecieran menos ofensivas que en otras sociedades. Al presentar la libertad como libertad de elección, el mercado pasó a ser la verdadera esfera de los ciudadanos”, según el novelista y ensayista indio Pankaj Mishra.