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Lunes 4 de mayo de 2026
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David Colmenares

Hacerse cargo

Cuando era niño y rompía algo —sucedía a menudo— mi mamá preguntaba:

“¿Qué pasó?”

Mi respuesta era casi automática:

“Se rompió.”

Ella suspiraba, miraba el objeto y comenzaba un monólogo que siempre arrancaba igual:

“Las cosas no se rompen solas.”

Y, de algún modo, siempre terminaba hablando de cuidado.

Con los años entendí que lo que a mamá le molestaba no era la frase en sí.

No era un problema de gramática.

Era un problema de costumbre.

En español, decir “se rompió” suena normal.

No incomoda.

No exige explicación.

No obliga a nadie a ponerse al frente de lo ocurrido.

Y cuando algo no incomoda, rara vez nos hace responsables.

Porque “se rompió” no explica nada.

Las cosas no se rompen solas.

Alguien las rompe.

Y alguien debería hacerse cargo.

Ese mismo reflejo aparece todos los días en las organizaciones.

Las decisiones se tomaron.

Los errores pasaron.

Los proyectos no avanzaron.

Los despidos “fueron de arriba”, seguidos del clásico:

“yo solo sigo órdenes”.

El lenguaje no es neutro.

Forma cultura.

Cuando hablamos en impersonal, no solo describimos la realidad:

la moldeamos.

Borramos al sujeto.

Diluimos la responsabilidad.

Normalizamos que nadie dé la cara.

Y así, sin darnos cuenta, construimos organizaciones donde todo ocurre, pero nadie responde.

Por eso esta reflexión importa.

No porque el tiempo haga el trabajo por nosotros,

sino porque recuerda una verdad incómoda:

nada cambia solo.

Cambian las decisiones que alguien se anima a asumir.

En el mundo corporativo a eso se le suele llamar accountability.

No tenemos una palabra exacta en español.

No porque el idioma sea pobre,

sino porque la idea incomoda.

Lo más cercano —y lo más honesto— es esto:

hacerse cargo.

Y hacerse cargo no es una técnica de gestión.

Es una postura ética.

No empieza en los procesos ni en el organigrama.

Empieza en la persona.

Empieza cuando alguien deja de esconderse detrás del “nosotros”,

del “contexto”,

de “la organización”,

y se anima, sin rodeos, a decir:

yo hice, yo fallé, yo decidí.

Después viene el liderazgo.

Un líder no está para cargar con todo.

Está para acompañar, dirigir, marcar la ruta y confiar.

Y la persona, exactamente igual:

acompaña a otros, dirige su propio trabajo, entiende la ruta

y responde por lo que hace.

Cuando uno de los dos abdica de ese rol, el sistema entero se resiente.

Los equipos no fallan por falta de talento.

Fallan cuando nadie responde.

No porque todos mientan,

sino porque todos hablan en impersonal.

Y cuando nadie se hace cargo,

lo que crece es la confusión, el desgaste y el cinismo.

Ese reflejo no se queda dentro de las empresas.

También aparece afuera.

La queja se vuelve costumbre.

La indignación, identidad.

Se opina, se repite, se señala.

Pero involucrarse cuesta.

Responder, más.

Otra vez el impersonal:

“el país está mal”.

Como si no hubiera decisiones detrás.

Como si no hubiera responsabilidad compartida.

Volviendo a mi infancia,

cuando rompía algo, el problema nunca fue el daño.

Era fingir que no había sido yo,

para que no fuera mi problema.

En las organizaciones —y en las sociedades— pasa igual.

No cambian cuando algo “no se dio”.

Cambian cuando alguien deja de esconderse.

Porque la responsabilidad no se proclama ni se delega.

Se ejerce.

Y cuando alguien empieza a hacerlo,

no cambia solo una decisión.

empieza a cambiar una cultura.

Finalización del artículo