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Miércoles 6 de mayo de 2026
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David García

La geopolítica del relato

Un estudio reciente sobre estrategias de comunicación digital en la Unión Europea señala que “geopolítica” es uno de los términos más recurrentes en la discusión política internacional contemporánea. Durante más de un siglo, la geopolítica se explicó a partir del control del territorio. Desde Halford Mackinder y Karl Haushofer, teóricos de la geopolítica, el poder de los Estados se midió en extensión territorial, fronteras y control estratégico de recursos naturales. La hipótesis era clara, y así funcionó durante siglos: quien domina espacio físico y recursos, manda. Los conceptos de la geopolítica heartland (corazón del mundo), el lebensraum (espacio vital) y el “destino manifiesto” estadounidense, compartían una misma convicción: el mapa define el poder.

Sin embargo, el siglo XX mostró los límites de esa mirada. Los últimos Imperios territorialmente extensos, el Austrohúngaro y el Otomano, fenecieron tras la Primera Guerra Mundial; la fuerza militar ya no garantizaba legitimidad ni estabilidad. En contraste, Estados pequeños en territorio, pero culturalmente influyentes, han consolidado una proyección global enorme (un ejemplo, Austria). Algo cambió en la naturaleza del poder. Ya no se trata solo de armas, aranceles o recursos naturales. La disputa geopolítica ocurre también —cada día más— en los imaginarios, en los valores y en las narrativas culturales.

Aquí resulta clave el planteamiento de Antonio Gramsci: el poder más eficaz no es únicamente el que se impone por la coerción, sino el que logra que sus ideas, valores y visión del mundo sean aceptadas como “sentido común”. Mientras la geopolítica clásica pensaba en dominar espacios, Gramsci entendió que “el poder es un centauro: mitad coerción, mitad legitimidad”.

Estados Unidos lo comprendió claramente. Hollywood, el jazz, el rock, el pop y hoy las plataformas de streaming no son solo industrias culturales: exportan estilos de vida, promueven aspiraciones. No es propaganda explícita, es hegemonía cultural. Europa, por su parte, ha construido un poder simbólico acumulado durante siglos: patrimonio, museos, orquestas, óperas, sistemas públicos de cultura que sostienen una idea de bien-estar, democracia y tradición. Gobierna menos territorios, pero establece imaginarios.

China es otro caso. Su proyección cultural no busca difundir y gobernar sobre valores liberales, sino instalar la noción de que el orden, la estabilidad, la prioridad de lo colectivo sobre lo individual y el desarrollo económico son fuentes legítimas de autoridad. Los Institutos Confucio, la enseñanza del idioma, la excelencia artística y el control de la narrativa (por ejemplo, en la red social TikTok) avanzan con su expansión económica.

En contraste, el Sur Global sigue siendo, en gran medida, receptor de relatos. América Latina exporta materias primas e importa imaginarios; hoy mayormente a través de algoritmos, plataformas culturales y listas de favoritos. La dependencia no es solo económica, también es simbólica.

Colombia encarna esa paradoja. Posee una potencia cultural inmensa e indiscutible: músicas influyentes, literatura de gran factura en el siglo XX, artes plásticas reconocidas, festivales con proyección internacional (Iberoamericano de teatro, Festival de música del Teatro Mayor, Cartagena Festival de Música, Festival de Cine de Cartagena, etc.) Sin embargo, carece de una estrategia cultural sostenida y articulada como política de Estado. Para un país sin capacidad de poder coercitivo la cultura no es un asunto menor: es una oportunidad estratégica.

Cada grupo de teatro, cada escritor, cada artista (Shakira, Karol G, Juanes y otros), cada orquesta, cada programa público de formación artística, no solo transforma biografías individuales, sino que construye una imagen de país. Es un mensaje político sin discurso, una diplomacia cultural. Cada película, festival o artista que circula en el exterior disputa el relato sobre violencia, atraso o el autoimpuesto color local o exotismo. La cultura no borra la historia del conflicto, pero impide que sea la única narrativa sobre Colombia.

La pregunta, entonces, no es si Colombia puede darse el lujo de invertir en cultura, sino si puede darse el lujo de no hacerlo en la medida en que podría hacerlo. En un mundo sobresaturado de información, el poder ya no consiste solo en dominar territorios, sino en ocupar imaginarios. Quien no produce cultura termina consumiendo el relato de otros. Y en la geopolítica del siglo XXI, la soberanía también se ejerce en el terreno de la cultura.

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