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Lunes 4 de mayo de 2026
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Iván Serrano

La vida en bolsas negras

Hay imágenes que no se van de la memoria.

Era 2017. No supe sus nombres ni recuerdo sus caras, pero todavía imagino sus historias, sus motivos.

Uno era un joven, de unos 26 años, que caminaba solo antes de llegar a la Nariz del Diablo, en el Tolima. Llevaba un morral a cuestas y, dentro, su mascota, un perro criollo, blanco, de orejas amarillas.

Kilómetros antes vi a una familia entera, un niño en coche y la mayor apenas podía caminar. Mientras tanto, los más jóvenes lanzaban piedras a un árbol frutal, a ver si el tino les dejaba bajar algo para llevarse a la boca.

Estoy seguro de que todos los vimos. Los vimos cargar la vida en bolsas negras, caminar miles de kilómetros, dormir en pastizales, trabajar en lo que fuera, pedir un plato de comida, amamantar a sus pequeños bajo cualquier sombra.

Tiene que ser casi nula la esperanza para atreverse a caminar así, con los abuelos, con los hijos, con las mascotas, con morrales y bolsas como única pertenencia, sin destino fijo, aferrados a la idea de que cualquier lugar puede ser mejor que el país donde nacieron.

Pongo un ejemplo. Los migrantes venezolanos que entraban caminando por Cúcuta tenían que enfrentar, casi al empezar, el páramo de Berlín, en Santander: frío brutal, altura, viento. Algunos iban en chancletas y sin más abrigo que una camiseta raída. Decenas de miles lo lograron; otros no.

Recuerdo un noticiero del mediodía. Una madre joven lloraba la muerte de su bebé derivada de las condiciones de esa helada montaña. Una forma aterradora de iniciar el éxodo: un bebé muerto por causa del frío, del que nadie recuerda el nombre. Ni hablar del Darién.

Los primeros en irse fueron quienes tenían mejor nivel de vida. Algunos eran propietarios de empresas sólidas que, de hecho, abrieron negocios en Colombia y hoy generan empleo y sustento para miles de familias. De ellos no recuerdo que nadie se quejara.

Después vino la clase media: jóvenes profesionales, muchos de los cuales empezaron haciendo de todo, desde servicios generales y aseo de casas hasta pequeños emprendimientos, para volver a levantarse desde cero, siempre con la esperanza de regresar al país que les arrebataron.

Y, al final, llegaron los más humildes.

Durante todo este largo y complejo proceso, hubo decenas de ciudadanos venezolanos involucrados en delitos, desde el atraco callejero hasta casos mucho más complejos, que implican a verdaderas empresas transnacionales del crimen, como el Tren de Aragua.

Vino la xenofobia, y las autoridades ayudaron. Si ocurría un delito y el culpable o sospechoso era venezolano, esa información solía ser más destacada por los voceros oficiales que el resto.

En 2018 ocurrió un caso aterrador en el sur de Bogotá. En el barrio Acapulco, en Ciudad Bolívar, una horda embravecida de cerca de 200 personas asesinó a pedradas a un joven venezolano. La causa del crimen fue un voz a voz, un chisme que alguien se inventó, según el cual la víctima y otros dos compatriotas suyos tenían la intención de raptar niños. Huir del régimen de Maduro para terminar muerto a pedradas, simplemente por ser venezolano.

Ese vergonzoso caso no nos llevó necesariamente a la reflexión. Dos años después, la alcaldesa Claudia López, en una presentación de cifras de seguridad, soltó la siguiente perla: “No quiero estigmatizar a los venezolanos, pero hay unos inmigrantes metidos en criminalidad que nos están haciendo la vida a cuadritos”.

Pero miremos cifras. ¿Es tan cierto que los ciudadanos venezolanos acabaron con la supuesta paz y tranquilidad de este supuesto paraíso que era Colombia antes de la migración? Pues no.

Según el consolidado de la Policía Nacional, entre 2018 y 2021 se registraron 1.581.170 capturas por delitos y, en 53.709 casos, el indiciado fue un migrante venezolano, es decir, 3,3 por ciento del total. En ese mismo periodo se registraron 1.729.109 víctimas de algún delito y 72.538 eran venezolanas, equivalente a 4,1 por ciento, una proporción mayor como víctimas que como capturados. A diciembre de 2024, el INPEC reportó 5.060 personas extranjeras privadas de la libertad, de las cuales 4.650 eran venezolanas. Si tenemos en cuenta que la cifra estimada de migrantes venezolanos en nuestro país es de 2.815.611, esos 4.650 equivalen a 0,165 por ciento del total, unas 165 personas por cada 100.000 migrantes.

Luego vino la pandemia. Miles de migrantes decidieron volver a Venezuela, debido a las difíciles condiciones económicas derivadas del confinamiento. Una querida colega de Noticias Uno hizo un informe periodístico sobre esa realidad, y lo que contaron algunos migrantes fue vergonzoso. Mientras emprendían su regreso, en un camino de miles de kilómetros hacia su tierra, relataron que a veces los camioneros que pasaban les tiraban bolsas con orines mientras los insultaban.

A los otros tantos miles que apostaron por quedarse tenemos mucho que agradecerles.

Antes de que se desarrollaran las vacunas, todo era incierto. El confinamiento era estricto, estábamos muertos de miedo, no sabíamos cuándo vendría el contagio y, si llegaba, qué consecuencias mortales traería para nuestras familias.

La vida en las ciudades y el abastecimiento en los hogares fue posible, en una parte muy importante, gracias a los explotados repartidores de las aplicaciones, muchos de ellos venezolanos, que fueron y vinieron a tiendas, farmacias y supermercados, y llevaron hasta la puerta de nuestras casas desde artículos necesarios hasta suntuosos.

En la madrugada del sábado pasado, en medio de una discutida acción militar que ha motivado olas de tinta y publicaciones de rechazo, el dictador fue capturado en Venezuela y llevado a Nueva York para enfrentar un proceso judicial en su contra.

Esa misma tarde, el centro de Bogotá fue el escenario donde cientos de venezolanos, algunos en las motos en las que se ganan la vida, recorrían las calles pitando y dando gritos de júbilo. Otros tantos se reunieron en la Plaza de Bolívar para celebrar la caída del tirano.

La escena se repitió en la mayoría de países donde están radicados estos sufridos migrantes.

Pero también, de manera casi inmediata, otro tipo de protestas empezó a registrarse: las de nacionales de diversos países condenando la acción militar de los Estados Unidos y, de paso, algunos abogando por la libertad de Maduro.

Las publicaciones en redes fueron igual de intensas. Decenas, si no cientos, de venezolanos le explicaban al mundo el porqué de su alegría, y otros tantos se enfrentaban en las calles a los manifestantes que rechazaban la salida a sangre y fuego del dictador venezolano.

“Eres un _fachapobre_”, le gritaba un español enfurecido a un venezolano que cuestionaba su protesta. “Devuélvete a tu país, vete para Miami”.

La escena se repitió en varios países de Hispanoamérica.

En Colombia, la situación no fue tan diferente, por lo menos en redes sociales. Una influencer afín al Gobierno, que por cierto tiene una cuenta en X con más de cien mil seguidores, publicó lo siguiente: “Yo espero que el presidente cierre todos los subsidios y ayudas a los 2,8 millones de venezolanos que están en Colombia, porque esa gente está celebrando una invasión gringa que dejó muertos hasta colombianos”.

Han pasado solo algunos días y lo que se ve en Venezuela parece ser lo mismo de siempre, por lo menos en los últimos 26 años. Colectivos de sicarios en moto, con armas largas, amedrentando a la población y agentes del orden deteniendo a periodistas y obligándolos a borrar su material.

Eso es lo que se ve. Eso está pasando en Venezuela, y afuera también se ve otro tanto de lo mismo: ese vergonzoso y oprobioso desdén hacia los migrantes venezolanos, sobre todo hacia aquellos que no son ricos ni empresarios.

Hace rato que en Colombia es casi obligatorio que humoristas exitosos tengan un tramo de su rutina dedicado a hacer “chistes” sobre la dignidad y la sexualidad de venezolanos y venezolanas. Eso ocurre mientras venden todas sus entradas y sus videos suman millones de vistas y likes, videos en los que se oyen las estruendosas carcajadas de los asistentes.

Es más fácil burlarse de la persona humilde, de quien lo perdió casi todo y a quien quieren despojar, a punta de burla y desprecio, hasta de su dignidad. Creo yo que otra cosa es burlarse de un poderoso. Pongamos un presidente al que no le sobran juristas ni ministros lambones dispuestos a interponer acciones penales contra aquellos que se atrevan a expresar opiniones que disgusten a su líder amado.

Los últimos seguirán siendo los últimos.

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