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Lunes 4 de mayo de 2026
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Federico Díaz Granados

Libertad y vigilancia

En el Aeropuerto Internacional Hartsfield-Jackson de la ciudad de Atlanta, a la salida del control migratorio y luego de reclamar el equipaje, me encontré, hace algunos años, con un inmenso letrero en la zona comercial: “_The price of freedom is eternal vigilance_” (El precio de la libertad es la eterna vigilancia), frase atribuida a Thomas Jefferson, uno de los padres fundadores de Estados Unidos. No se trataba de unas cálidas palabras de bienvenida sino como una advertencia que sirve de signo de nuestro tiempo. Lo cierto es que viajar después del 11 de septiembre de 2001 se ha convertido en una prueba tangible de la desconfianza y el miedo de una época y nos ha recordado que el siglo que corre es el siglo de los controles estrictos y la vigilancia permanente. De igual forma, sabemos que nuestros datos personales hacen parte de las diarias subastas de los conglomerados y monopolios digitales quienes administran, manipulan y modifican nuestra manera de recibir y procesar la cantidad de información que recibimos por segundo. Muchas veces tenemos la sensación y la inquietud de que somos escuchados y observados por nuestros propios dispositivos, y otras tantas comprobamos que después de hablar o mencionar algo recibimos de inmediato algún anuncio sobre esa palabra o tema mencionado. Esa coincidencia dice mucho del mundo que habitamos.

Entonces vuelve una y otra vez la pregunta por la libertad que cada vez pareciera relegada a un territorio más estrecho y frágil. Entonces, ¿dónde habita la libertad en este tiempo? ¿Dónde puede persistir y resistir en medio de los mega datos y algoritmos? Creo que la libertad habita en lo que todavía no ha sido absorbido por el control tecnológico y es en el pensamiento crítico, la imaginación y la sensibilidad humanas. Pensé en algún momento que lo íntimo y el ámbito de lo privado sería el territorio ideal para la libertad, pero la exposición a los dispositivos y redes también nos pone ante los ojos vigilantes de los dueños del mundo.

Por ejemplo, en la serie You de Netflix, el acecho y espionaje digital se facilita gracias toda la información que las víctimas dejan a la vista de Joe Goldberg quien, con solo dar una mirada por las redes sociales, las fotos compartidas y los estados emocionales, puede seguir el rastro de cada una de sus víctimas con las que se obsesiona. Y al igual que muchos estados en el mundo, Joe lo hace, aparentemente, por amor y cuidado y con el pretexto de proteger a las mujeres de las que se enamora. Con las fotos compartidas, los estados emocionales publicados sin pudor y los rastros que dejamos a diario creyendo que nos comunicamos libremente, You expone hasta qué punto hemos normalizado el seguimiento y el control que se disfraza de interés y la vigilancia de cuidado. Por eso lo perturbador, además del personaje, es el espejo que nos ofrece y cómo nos revela el peligro que corremos al ofrecer tanta información privada en las redes públicas.  

La libertad siempre ha sido una promesa y por momentos una conquista que exige cuidado, atención y memoria. Sin embargo, en las primeras décadas del siglo XXI, la fragilidad de las libertades esenciales se ha vuelto un asunto estructural de la sociedad. En países que se proclaman democráticos, abiertos, defensores de los derechos individuales, se ha normalizado la vigilancia constante en nombre de la seguridad. Y, por supuesto, el miedo es legítimo. El terrorismo, el crimen organizado, las mafias y los conflictos globales han instalado en nuestro imaginario nuevos temores. Ya nos acostumbramos a convivir con cámaras en cada calle, con drones que nos sobrevuelan todo el tiempo y con sistemas biométricos y de reconocimiento facial que no solo registran, sino que archivan y predicen nuestros gestos y emociones.

Son días de terror y miedo en muchas calles del mundo y la verdad es que sí, estamos vigilados. Hemos venido perdiendo el derecho a la intimidad y a la disidencia. Para solicitar visados a algunos países o en el control migratorio de varios aeropuertos nos exigen entregar el teléfono celular con las contraseñas de las redes sociales y luego los funcionarios ponen ciertas palabras claves en el WhatsApp y miran la galería de fotos en busca de algún meme o imagen que delate nuestra simpatía con los ‘enemigos’ del sistema.

Tal vez por eso aquella frase en el aeropuerto de Atlanta ya no debería leerse como una advertencia, sino como una pregunta dirigida a nuestro tiempo. Si el precio de la libertad es la eterna vigilancia, entonces algo esencial se ha desplazado para siempre: hemos aceptado vivir bajo sospecha, hemos cambiado la confianza por el control y la intimidad por una falsa promesa de protección. Perdemos la libertad y nos vamos acostumbrando a esa vigilancia permanente en los aeropuertos, calles, ciudades, empresas, centros comerciales, universidades y en la soledad de nuestras habitaciones y casas. Ojalá nuestra memoria, todavía natural y análoga, no nos deje olvidar nunca de aquellas cosas que tuvimos cuando fuimos libres.

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