Lo mismo que antes
Ya uno no puede escaparse algunos días porque, apenas regresa, se encuentra de frente casi que con un nuevo mundo donde todo lo han cambiado, eso sí para que todo siga igual. Estaba dichosamente perdido por allá cerca al mar y, cuando tuve que salir, un comando Delta se había llevado del fuerte Tiuna, el más importante de Venezuela, a su presidente y a su primera dama, en un operativo poco digno de Hollywood porque —por lo que cuentan— estuvo como aburrido, es decir, medio arreglado. O sea, sin enfrentamientos de película, sin combates cuerpo a cuerpo, sin derribo de helicópteros, prácticamente sin resistencia, eso sí con su buena dosis de traición mezclada en debida forma con una gran cantidad de imperialismo y algo de ayuda local. La receta perfecta de una mala película de acción. Porque fue tan rápido que no hubo tiempo ni para una breve historia de amor, de pronto entre algún valiente marine y alguna hermosa belleza tropical, porque casi nunca es al revés. En fin, ya veremos pronto algo en el cine: podría ser 40 minutos (leo por ahí que eso duró la misión, muy rápido para mi gusto), Los archivos Maduro (‘The Maduro files’), I took Venezuela (más como para obra de teatro). Yo la llamaría Ripe Banana o algo así… (‘Plátano Maduro’).
Informan que murieron 77 personas: 43 militares venezolanos, 32 agentes cubanos y dos mujeres civiles —una de ellas, colombiana— que a esa hora de la madrugada dormían tranquilamente en sus casas. Yo las nombraré acá: Rosa González, de 80 años, y la cartagenera Yohanna Rodríguez, de 45. Lo que los expertos en el arte de la guerra llaman daño colateral. A eso se reducen los nombres de los que no importan.
El que sí importa, o importaba, es el nombre del dictador, Nicolás Maduro Moros, caraqueño hijo de colombiana, quien estuvo acabando con su país de forma juiciosa durante exactamente 12 años, nueve meses, 27 días y un par de horas más, hasta que llegaron por él y se lo llevaron rapidito. Atrás quedó su selecto staff que lo ayudó de forma realmente eficiente en esa ardua tarea de enriquecerse sin parar mientras —entre todos— sumían en la miseria al país más rico de este continente (dicen que tiene reservas cercanas a los 300.000 millones de barriles de petróleo) y promovían su propia diáspora (se cuentan cerca de ocho millones de migrantes venezolanos). Ahora que se les pasó el susto andan todos diplomáticos y obedientes (obsecuentes, creo que queda mejor) el ministro de Defensa Padrino (que ahí sigue), Diosdado (debería llamarse Demoniodado) y los hermanos Rodríguez, Jorge y la nueva presidenta Delcy. Más de lo mismo. Por ahora.
Yo pensé que Maduro se iba a quedar ahí para siempre porque, la verdad, no había solución diferente a la aplicada. Sí, el imperialismo yanqui en su máxima expresión, sí, es verdad. Pero, ahí no había más que hacer.
También pensé que lo de Petro y Trump era para siempre, que se seguirían insultando, que jamás se verían las caras y que ni siquiera se hablarían. Y salgo de mi encierro y me encuentro con que los gringos instalaron un teléfono especial en la Casa de Nariño para que los dos declarados enemigos se convirtieran —después de casi 45 minutos de charla— en los nuevos mejores amigos, que es un honor hablar contigo, que es que a ti y a mí nos dijeron mentiras, que yo acepté la llamada, que te está llamando el presidente de Colombia, not Columbia, que vas pa´ la Lista Clinton, que él ha sido muy duro conmigo, que nos vemos en febrero (el 14 es San Valentín), que te llevo una artesanía, que donde antes hubo espinas ahora sólo hay risas.
Yo pensé que esa pelea era para siempre, especialmente por los beneficios electorales que nuestro presidente podría obtener para sus pupilos. Y porque, hasta hace poco, el uno tenía fábricas de cocaína y el otro era un despreciable genocida de marca mayor. Pero, ya no.
Por lo visto, todo seguirá más o menos igual. Allá en Estados Unidos y en Venezuela. Y acá en Colombia.
Me acordé de la maravillosa sección de ¡Quac! El Noticero, que presentaba Emerson de Francisco (interpretado por Jaime Garzón), inspirada en El mundo al instante, el informativo alemán de la posguerra que transmitían por las dos cadenas nacionales y que en Quac se llamaba ‘Lo mismo que antes’, donde —cada ocho días— demostraban cómo, invariablemente, todo se repite en este país mediante el tradicional y suficientemente explicado método de cambiar todo para que todo siga igual. Cambiar todo para que todo siga ‘Lo mismo que antes’. Como en la parodia de Garzón.
¡Feliz 2026!
@Jaime Honorio.