Matar a una poeta
A finales de los años setenta apareció en Casa de las Américas de Cuba la antología Poesía trunca, preparada por el poeta uruguayo Mario Benedetti. Se trataba de una muestra que incluía a 28 poetas latinoamericanos que fueron asesinados o desaparecidos cuando defendían la idea de una revolución. Tal y como lo menciona Benedetti en el prólogo del libro, “la mayoría de ellos murieron en plena juventud. Algunos de estos poetas perecieron en combate o cumpliendo misiones insurreccionales; otros, en prisión; los más, torturados; los hay que desaparecieron sin nunca más saber de ellos y los que aparecieron con el cuerpo acribillado. Algunos fueron asesinados cuando estaban desarmados o incluso cuando dormían. Todos eran militantes revolucionarios y en consecuencia habían asumido su compromiso, aceptando el riesgo de morir por la causa y la patria que defendían”. Los que aparecen en el libro fueron los derrotados. Otros salieron al exilio (otra forma de la derrota) y otros fueron detenidos, torturados y luego dejados en libertad. Todos fueron censurados y sus poemas enseñaron formas de comprendernos en medio de la denuncia.
Uno de los poetas que aparecen en el libro es el salvadoreño Roque Dalton quien, además, fue asesinado por sus propios compañeros de la guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) y cuyos poemas siguen recitando las diferentes generaciones de lectores en español. Dalton firmó en su momento con el seudónimo ‘Los autores’, que el sistema burgués solo tolera al poeta bajo tres formas: sirviente, payaso o enemigo. Las primeras dos formas son muy claras, pero la de enemigo es la que, de verdad, conlleva un peligro y una amenaza. Ahí el poeta cumple la función de ser la voz de la tribu y se convierte, a la luz de hoy, en una profecía de los tiempos que corren a propósito del asesinato de la poeta Renée Nicole Macklin-Good la semana pasada en Minneapolis, a pocas cuadras de donde George Floyd fue asesinado y el mundo comprendió, una vez más, que la violencia del Estado no es un accidente sino una estructura.
Renée Nicole pertenece a esa estirpe del poeta enemigo que mencionaba Dalton y no porque fuera insurgente y estuviera armada, sino porque acudió a la desobediencia y a mirar de frente. Un agente del ICE le disparó dentro de su carro. Ella era poeta. Tenía treinta y siete años, tres hijos, una guitarra que tocaba mal (como ella misma afirmó en una entrevista), una fe inquieta y un puñado de poemas. Era una cristiana devota que había participado en misiones juveniles en Irlanda del Norte y había estudiado Escritura Creativa en la Universidad Old Dominion, en Virginia, con énfasis en Artes y Letras en inglés. Inmediatamente se convirtió a la víctima en terrorista y en una amenaza pública: “Terrorista doméstica”, la llamó una funcionaria de la administración Trump. “Se comportó de forma desordenada”, escribió el presidente. “Atropelló al agente”… “Se defendieron”... Pero los vecinos vieron otra cosa: vieron a una mujer que intentaba alejarse y vieron un arma levantarse y disparar. Pero esta mujer era además una poeta que había elegido las palabras como su forma de habitar el mundo. Era alguien que había escrito un poema sobre diseccionar fetos de cerdo para hablar de la tensión entre la ciencia y la fe. Ese poema, On learning to dissect fetal pigs, ganó en 2020 el Premio de la Academia de Poetas Americanos y hoy es, quizás, su epitafio más exacto. Al final del poema dice: “_la vida es solo / un óvulo y un esperma / y el lugar donde se encuentran / y qué tan frecuentemente y qué tan bien / y lo que ahí muere_”. “_¿Puedo dejar que ambos sean?_”, se pregunta el poema de manera pertinente hoy más que nunca. ¿Pueden coexistir mundos distintos? El del migrante, el musulmán, el de la poesía y la fragilidad con el agente de policía y de inmigración, el granjero del sur y el protestante del norte. En su poema, Renée Nicole habla de ribosomas y de biblias, de sal y tinta, de la vida reducida a óvulo y esperma. Habla de cómo el conocimiento puede volverse una regla dura que mide y parte. Y también de cómo, sin embargo, algo sigue latiendo entre el páncreas y el intestino: un arroyo miserable, sí, pero un arroyo que ella llamaba alma. La poeta, según el fiscal del Minnesota, era una “observadora legal” que intentaba proteger a sus vecinos inmigrantes. Cumplía la función de una ciudadana y también la de la poeta: mirar y dar testimonio. Y fue asesinada por eso.
La poesía, se ha dicho, es dar cuenta de lo que se mira y que los otros no ven porque no pueden o no quieren. Es afirmar donde otros niegan, y poner la luz sobre todo aquello que se sugiere en el subtexto de la realidad. Quizás por eso su muerte nos conmueve de una forma diferente. Cuando muere un poeta se pierde una forma de nombrar el mundo. La administración podrá llamarla “terrorista” así, de la misma forma, como Paco Urondo, Rodolfo Walsh y Miguel Ángel Bustos fueron llamados hace cinco décadas por la junta militar en Argentina, pero los versos de Renée Nicole que hablan de biblias aplastadas en bolsas de basura, de la luna a las dos y cuarenta y cinco de la mañana y de un alma escondida entre órganos, son palabras que hablan de la condición humana y sus contradicciones.
Por eso no basta con indignarse. Hay que recordarla y leerla. Hay que decir su nombre en voz alta, como se dicen los nombres de los muertos que no aceptamos que mueran. Una poeta fue asesinada en plena calle a la luz del día y cuando se mata a un poeta se mata una forma del idioma y del lenguaje porque la poesía es el lugar donde la humanidad hace sus preguntas más profundas y verdaderas. Renée Nicole Macklin-Good pertenece ya a esa genealogía de poetas que pagaron con su vida la decisión de observar y de desordenar, con sus palabras, el mundo y sus emociones.