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Lunes 4 de mayo de 2026
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Federico Díaz Granados

Recortes de prensa

Antes de aprender a escribir pintaba garabatos sobre las páginas de los periódicos y me gustaba jugar con ellos de muchas formas. Nunca aprendí a hacer aviones o barquitos de papel, pero sí guardo la certeza de que inventaba muchas cosas con las diferentes páginas de aquellos periódicos y revistas. Tengo un remoto recuerdo de haber leído de corrido por primera vez con los titulares de algunas noticias y secciones de los dos principales diarios de Bogotá: El Tiempo y El Espectador. El primero tenía una sección en la segunda página que se llamaba ‘Cosas del día’ y hoy esas palabras llegan a mi memoria como las precursoras con las que tuve conciencia de haber leído sin deletrear. También disfrutaba las tareas del colegio que consistían en hacer recortes de los diarios para armar collages y exposiciones sobre distintos temas. Esa era la cotidianidad de la infancia, que además de estar animada por la presencia de libros y escritores en la casa, tuvo al igual que muchos niños y niñas de mi generación, tareas de última hora en la noche de un domingo en el que había que salir de urgencia a una papelería a conseguir cartulinas, marcadores de colores, reglas y escuadras para armar resúmenes de periodos históricos, la fotosíntesis, el sistema solar o copiar las biografías de los matemáticos que venían al inicio de cada capítulo de la aritmética, geometría y álgebra del cubano Aurelio Baldor. Para todos esos temas, los recortes de prensa funcionaban a la perfección en aquel tiempo antiguo anterior al internet y al power point. 

Y así de alguna manera, recortando noticias, fotos, titulares y jugando con esos fragmentos en pliegos de cartulina es que fui descubriendo la flexibilidad de las palabras que poco a poco me fueron conduciendo a la poesía. De igual forma vi en muchas ocasiones a mi papá ejercer el periodismo y la reportería y me quedé dormido numerosas noches mientras él trascribía las entrevistas que le hacía a escritores, intelectuales y figuras públicas del momento. Así, entre el play, stop y rewind de la pequeña grabadora y el tecleo de la máquina de escribir transcurrieron muchos instantes felices de la infancia. Mi padre tenía también una columna semanal en el suplemento ‘Lecturas dominicales’, de El Tiempo, llamada ‘Libros colombianos’, donde reseñaba las novedades bibliográficas del país. Me daba ilusión acompañarlo a la sede del periódico donde le dejaban en un casillero los libros que llegaban de diferentes regiones del país y de las distintas editoriales. Por un momento alcanzaba a percibir el vértigo de la sala de redacción, los afanes y la tensión de los reporteros y periodistas en cada uno de sus cubículos. 

Y como los niños muchas veces imitamos lo que hacen nuestros padres, inventé mi periódico con hojas de papel bond, letras de molde llamadas Letra Set (donde conocí algunas de las fuentes tipográficas que todavía me siguen emocionando) y recortando imágenes no solo de los diarios que mencioné sino de algunas revistas como Cromos, Nueva Frontera y Consigna, además de los suplementos literarios y de tiras cómicas que venían los domingos insertos en los principales periódicos del país. Mis periódicos se llamaban Brújula y La Hora y de alguna forma buscaban calcar lo que más me gustaba de aquellos diarios que llegaban a casa y el fascinante universo del periodismo que encarnaban en la ficción, por ejemplo, Clark Kent en el Daily Planet con su colega y heroína Louise Lane y el fotógrafo Jimmy Olsen, quienes, con Tintín y el fotorreportero Peter Parker, alimentaron en la infancia el sueño de ser periodista. Otro diario del mundo de la niñez era El Hocicón –‘Diario pobre pero honrado’– que el genial Pepo introdujo al universo de su personaje Condorito, así como Roberto Gómez Bolaños tuvo en su repertorio al torpe reportero del diario La chicharra, Vicente Chambón. Pero en el fondo era una manera de homenajear el oficio de mi padre y de sus cercanos amigos que habían optado por el periodismo como una forma digna de ganarse la vida a la par de la literatura.

Mientras mis amigos jugaban a ser médicos o policías, yo jugaba a ser periodista. A mí me gustaba ser el cronista de aquel mundo lúdico. Inventaba historias para mis juguetes e intentaba prolongar con ellos algunas de las narraciones de aventuras que me habían conmovido. Hoy creo que empecé a escribir por ese motivo: para extender las tramas y la vida de los personajes favoritos de mis libros como Tom Sawyer, Hucklberry Finn, Robinson Crusoe, Aladino, El sastrecillo valiente y El lazarillo de Tormes, entre otros. Recuerdo haber dirigido un periódico de pocos ejemplares y una única edición que se llamó La Urraca (mascota del colegio San Bartolomé La Merced) para entregar un día de convivencia con las estudiantes del colegio Santa Francisca Romana. Allí había una entrevista al rector y se daban noticias de los equipos deportivos y los eventos culturales de los dos colegios. Mi tío Felipe fue el diseñador y diagramador de la publicación con los rústicos instrumentos de la década de los ochenta. 

Entre el azar y la vocación comencé a publicar algunos de mis primeros artículos en el semanario Voz y en el diario La Prensa, que todos los jueves tenía una buena sección cultural. No estaba mal empezar colaborando en el periódico oficial del Partido Comunista Colombiano y en el diario de una familia conservadora. Como se trataba de periodismo cultural, confirmé que la cultura estaba por encima de las ideologías y que por el contrario era el lugar desde donde se podía proponer otra conversación mucho más incluyente y plural. Hice artículos de cine, de literatura y cubrí algún festival de teatro con gran entusiasmo. Luego hice reseñas para el ‘Magazín dominical’ de El Espectador en los años noventa y para la página de libros de los sábados en El Tiempo por la misma época. Después he venido colaborando con frecuencia no solo en los diarios de Bogotá, sino que he escrito para algunos otros medios nacionales e internacionales. 

Por eso, luego de tres décadas de mi primera aparición en “letras de molde”, como se dice en el argot de la sala de redacción, recuerdo estas primeras cercanías con el periodismo no como un acto de nostalgia sino como un mantra y una certeza del origen de mi amor por el periodismo y la literatura como vehículos para comprender mejor el mundo y el carácter humano. Porque, además, en un tiempo de posverdad, sigo creyendo en ese periodismo cultural que no corre detrás de la ‘chiva’, sino de las grandes preguntas que nos permiten abrir conversaciones infinitas y profundas reflexiones sobre tantos y diversos temas. Tal vez por eso sigo escribiendo para defender mis propios sueños de infancia y no traicionar a ese niño que fui. 

Hace poco volví a ver la película argentina Un cuento chino, en la que el protagonista, Roberto (Ricardo Darín), un ferretero huraño y neurótico que tiene como hobby coleccionar noticias absurdas de todo el mundo. Las lee, las imagina y luego las recorta y pega en un álbum especial como si al reunir esos hechos improbables intentara darle una forma al desconcierto de la realidad. Quizás el niño que recortaba titulares y noticias para armar sus periódicos caseros también quería ordenar el mundo de alguna forma y armarlo a la medida de mis emociones y mis propios fragmentos. Recortar y archivar como lo hacía Roberto en la película es una forma de mirar despacio para tratar de ordenar el caos y lo absurdo. 

Ahora nos hablan de entretenimiento y las páginas y redes se llenan de noticias falsas. Vuelvo a la sala de redacción del Daily Planet y a mi escritorio de infancia llenos de recortes, cartulinas y pegantes y trato de ser fiel a lo que desde entonces he creído y desde ahí escribo, no para entretener el olvido sino para celebrar la memoria. Y sigo eligiendo esa ética de mirar con atención y dar cuenta de eso que observo con sencillas palabras. Así también honro a mis maestros, quienes me enseñaron que una buena historia, bien contada, sigue siendo una de las más bellas formas de celebrar el lenguaje y de decir la verdad.

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