Todo mal
Nada tenía que pasar como sucedió. Nada. Lo digo porque ninguno de los hechos tenía relación con alguno de los otros. Un tipo conduce una volqueta por una avenida de Bogotá (que de avenida sólo tiene el nombre porque la 68 es un completo y peligrosísimo caos por donde se le mire, lo sé porque la padezco con frecuencia). Un padre de familia viene a la ciudad para llevar a sus hijas al médico, a citas programadas con anterioridad, y decide almorzar por ahí, en familia. Dos asaltantes motorizados (de esos que nos tienen aterrorizados sin que nadie los detenga) salen a ver qué se encuentran por el camino y se fijan en una cadena que podría ser de oro y un par de anillos (cascareros los miserables). Un querido viejo, ya pensionado, conduce su carro con cuidado porque está llevando a su mujer —también pensionada— a que le realicen una radiografía para ver cómo evoluciona una lesión en el hombro derecho que se causó cuatro meses antes. Aunque no se conocían, fatalmente todos se encontraron antecitos de las tres. Esa tarde hacía un poquito de sol.
Santiago y Clara llevaban más de 40 años casados, ella tenía esa cada vez más escasa vocación de servicio a los demás; y de él dijo su cuñada en televisión que lo molestaban porque cargaba ladrillos de toda clase en el carro. Yo le creo a la cuñada porque el señor era ingeniero y además, porque conocí a alguien igual: a mi mamá —que era rectora de un colegio— le privaba un ladrillo y era normal encontrar en el baúl de su carro un bultico de cemento, una llana, unos flejes, un galón de pintura, una libra de puntilla, siempre algo de lo anterior al lado de la bolsa del mercado. En fin.
Un tipo delgado aparece de repente por la ventana del conductor de una camioneta, lo encañona y en unos muy pocos segundos le quita un celular que parece de color rosa, un reloj de correa negra, una cadena dorada y dos llamativos anillos con alguna incrustación, se gira y —con su jugoso botín— se monta como pasajero en una motocicleta que parte velozmente hacia el sur de la ciudad. Van enfundados en su casco y el ladrón empuña su revólver a discreción. El conductor de la motocicleta no es ningún novato: tiene varios pendientes con la Justicia, que ha sido benévola con él mientras él se comporta como el más malévolo bandido que delinque sin remordimiento ni temor. Sabe lo que hace.
El asaltado queda aturdido, todos los sabemos por experiencia. O, bueno, casi todos. Va con sus tres mujeres (su esposa y sus dos pequeñitas), sube los vidrios, las tranquiliza y cuando mira al frente y ve alejarse a los delincuentes decide perseguirlos rápido y furioso, tal vez por la impotencia sentida frente al revólver, tal vez vengativo por el susto de sus hijitas, tal vez iracundo por el descaro de los hampones, tal vez todas las anteriores, tal vez ninguna, tal vez sólo rápido y furioso. Y ya sabemos cómo termina esa película.
Santiago y Clara estuvieron felizmente casados hasta que la muerte los sorprendió por la espalda, exactamente a las 2 y 45 de la tarde del pasado jueves 15 de enero de este 2026 cuando la camioneta del padre de familia asaltado alcanzó a la motocicleta de los dos criminales y los estrelló contra la parte trasera del carro de Santiago, que se clavó de frente en la volqueta que estaba delante de ellos en el costado occidental de la 68. El gatillero murió en el acto y el conductor de la moto sobrevive en un hospital.
Santiago murió en el instante del accidente y Clara falleció en el hospital. En realidad, ni la muerte los pudo separar.
No deja de ser irónico que, justo la noche anterior al robo que desencadenó la tragedia, el alcalde de Bogotá hubiese presentado el balance de la seguridad en la ciudad, afirmando que —el año pasado— nueve de los once delitos de alto impacto se habían reducido, comenzando por el robo a personas que disminuyó en un 5,7 por ciento comparado con la cifra de 2024.
“Esto no significa que no tengamos un problema de seguridad, porque sí lo tenemos. Pero en el 2026 vamos a seguir trabajando para reducir mucho más estas cifras de delitos en Bogotá”, dijo el alcalde Galán.
Ojalá empiecen ese trabajo pronto este año porque es una lástima que esa maravillosa reducción de criminalidad no haya alcanzado para salvar el amor de Santiago y Clara.
Jaime Honorio González
@JaimeHonorio.