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Lunes 4 de mayo de 2026
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Marisol Gomez

Trump, Venezuela y el mensaje para la extrema derecha colombiana

La exclusión explícita que Donald Trump hizo de la líder opositora María Corina Machado de la transición planeada por Estados Unidos para Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro no debería pasar por alto para los dirigentes políticos colombianos de extrema derecha, que ven en el presidente estadounidense un aliado incondicional.

Trump no tuvo ningún problema en hacer a un lado a María Corina, quien, al igual que los políticos de la derecha radical en Colombia, ha hecho todo por agradar y llenar de elogios al mandatario republicano.

Pero ni eso, ni la supuesta afinidad ideológica, parecen ser suficientes para el gobernante conservador.

Y eso quedó muy claro el pasado sábado, cuando Trump dijo durante la rueda de prensa que ofreció para dar detalles de la operación militar contra Maduro que María Corina “es una mujer muy agradable” pero que “sería muy difícil para ella ser líder” porque “no tiene el apoyo ni el respeto del país”.

Esa declaración, que cayó como un baldado de agua fría en las filas de la oposición venezolana, fue contundente muestra de que las prioridades del mandatario son los negocios y la seguridad de Estados Unidos y que no le importa hacer tratos con quien sea para cumplir sus objetivos. La ideología, para él, es un asunto secundario.

Y al menos por ahora en Venezuela, es la vicepresidenta Delcy Rodríguez la que le garantiza a Trump la estabilidad que Estados Unidos y sus empresas requieren para el control de las riquezas naturales de ese país, principalmente el petróleo y los recursos del Arco Minero del Orinoco.

Esto es algo sobre lo cual deberían tomar nota los candidatos presidenciales colombianos de la extrema derecha, quienes con pasión ideológica y una gran dosis de ingenuidad salieron a aplaudir a Trump tras la operación contra Maduro en la madrugada del sábado.

Por ejemplo, Abelardo de la Espriella, el que más opción tiene de esa corriente política según las encuestas, escribió en su cuenta de X: “Qué orgullo haber apoyado al presidente Trump en su campaña; mi voto está bien representado en un líder de su talla. Venezuela será libre y Colombia seguirá la misma senda…”.

¿Se habrá ya dado cuenta De la Espriella de que el presidente estadounidense tiene muy definidas sus prioridades y de que, pese a su afinidad natural con la derecha más conservadora, para Trump es más importante que quien gobierne sea útil a los intereses de seguridad y de negocios de Estados Unidos, y que eso implica que garantice la estabilidad y la gobernabilidad de un país?

También, tras la captura de Maduro, la senadora María Fernanda Cabal escribió: “La paz no se negocia, la paz se impone. Así lo está haciendo el presidente @realDonaldTrump en Venezuela. Todo el apoyo a su determinación contra el régimen y sus aliados”.

¿Qué pensará ahora la senadora al ver que “el régimen” sigue vivito y coleando y que la chavista de pura cepa Delcy Rodríguez fue la elección de Trump para conducir la transición en Venezuela?

Delcy Rodríguez, declarada presidenta encargada de Venezuela el pasado sábado, es una izquierdista desde la cuna. Su padre, Jorge Antonio Rodríguez, fundador del partido Liga Socialista, fue detenido en 1976 por su participación en el secuestro del ejecutivo estadounidense William Niehous y murió bajo tortura en medio de interrogatorios de la inteligencia venezolana por ese secuestro, que duró más de tres años.

Por su lado, el expresidente Álvaro Uribe escribió en X que, con el ataque en Venezuela y la captura de Maduro, “Estados Unidos actuó en legítima defensa”.

Ni una palabra dijeron estos dirigentes políticos sobre el hecho de que esa incursión armada fue violatoria del derecho internacional.

En todo caso, es un hecho que, en medio de la incertidumbre que se vive en Venezuela, los asesores de Trump piensan que Delcy Rodríguez es la que puede mantener la calma entre los miembros del Gobierno y los integrantes de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana.

Es decir, Trump cree que esa líder política de izquierda le garantiza que Venezuela no caiga en el caos y la anarquía, que resultan muy malos para los negocios.

Y por si acaso la hoy presidenta encargada pretende desconocer las orientaciones de Washington, Trump ya la amenazó el domingo al decir que “si no hace lo correcto, va a pagar un precio más alto que Nicolás Maduro”

En la actual coyuntura venezolana, el liderazgo de María Corina podría crear un caos inconveniente para los objetivos del pragmático empresario inmobiliario que gobierna hoy a Estados Unidos.

Si bien de manera reciente Trump ha dado espaldarazos a gobiernos y candidatos de extrema derecha en América Latina, como a Javier Milei, de Argentina, y a Jorge Antonio Kast, en Chile, también ha demostrado que puede mantenerse indiferente ante dictaduras de izquierda que no representen amenaza alguna para la seguridad de Estados Unidos y que no significan mucho para la economía de ese país.

El caso más representativo es el de Nicaragua y la dictadura del izquierdista Daniel Ortega, que al menos hasta ahora no ha aparecido entre las menciones de Trump como eventuales blancos de ataques estadounidenses, a pesar de la represión y los crímenes de lesa humanidad que Ortega y su esposa y copresidenta, Rosario Murillo, han cometido en el país centroamericano.

La indiferencia de Trump con la situación de Nicaragua parece ratificar que mientras no haya nada que afecte los intereses de Estados Unidos, él no gastará ni esfuerzos ni recursos en esos países. De hecho, una de sus promesas de campaña fue no usar recursos en conflictos ajenos.

En cambio, durante el pasado fin de semana el mandatario se aventuró a mencionar posibles acciones militares en Colombia y México, pues considera como una amenaza para la seguridad de Estados Unidos la producción de cocaína y de fentanilo, drogas que llegan a su país provenientes, respectivamente, de territorio colombiano y mexicano.

Y quizás otro detalle significativo de las muy definidas prioridades de Trump es que tanto Colombia como México fueron mencionados, a pesar de la cordial relación y del respeto que el mandatario estadounidense parece tenerle a la presidenta Claudia Sheinbaum, aunque es claramente una gobernante de izquierda.

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