Con desigualdad no hay paz
Mientras los medios y las redes sociales se llenan de noticias y chismes sobre la mecánica electoral, se está dejando de lado el debate sobre la principal pregunta que deberían responder todos los candidatos: ¿Cómo reducir la enorme desigualdad que impera en el país?
En las encuestas de opinión no aparece la desigualdad como uno de los problemas que más preocupa a los colombianos. Por el contrario, son temas como la corrupción, la salud, la violencia o la inseguridad los que se perciben como los principales problemas del país. Pero en realidad esos son las consecuencias de la falla estructural de la sociedad, que es la desigualdad.
Con desigualdad no hay paz
No lo digo yo, lo dijo el papa Francisco: “_La desigualdad es la raíz de los males sociales”. Claro, es que era un papa comunista dirán algunos; pero para sorpresa de estos buenos cristianos, una institución tan poco sospechosa de izquierdista como es el Fondo Monetario Internacional opina algo similar: “El incremento de la Desigualdad generará agitación social y económica, dando lugar a una generación perdida en la década de 2020; las consecuencias de todo ello perdurarán en las décadas siguientes_”. ¿Será una explicación del estallido social de 2021 en Colombia?
En realidad, ni Francisco ni el FMI se inventaron este diagnóstico; tampoco Carlos Marx, sino que ya lo había dicho Aristóteles hace más de 2.000 años en su tratado sobre la Política, cuando analiza las causas de la corrupción, la inestabilidad política y la violencia concluye que: “_Los extremos de riqueza y pobreza son la fuente principal de los males_”.
Son numerosos los estudios y documentos que muestran el impacto de la desigualdad sobre la inestabilidad social y económica que señala el FMI. Desde el mismo Aristóteles, para quien las diferencias extremas entre pobres y ricos impedían la búsqueda del bien común, pues estos dos grupos ya no se relacionaban como ciudadanos de un mismo Estado sino como enemigos y los ricos convirtiendo la democracia en oligarquía para mantener sus privilegios, y los pobres en masas desesperadas guiadas por populistas para derrocar a los primeros. ¡Increíble ese análisis hace 2.500 años!
Otras consecuencias políticas de la desigualdad, señaladas en varios estudios, son que estimula la corrupción por falta de representatividad política, incita a la delincuencia y a la violencia, disminuye la confianza en el sistema y por lo tanto la gobernabilidad, y crea tensiones sociales que espantan a los inversionistas.
En lo económico, la evidencia muestra que los países con menores desigualdades crecen más rápido y disminuyen más la pobreza. Es un círculo vicioso: la desigualdad frena el crecimiento, lo que disminuye ingresos fiscales y lleva a recortes del gasto social, como lo cual aumenta la desigualdad.
Los caminos para la paz
A pesar de toda la evidencia sobre la veracidad de estas afirmaciones, hay propuestas de candidatos que prometen solucionar los problemas del país atacando sus consecuencias y síntomas externos a bala sin enfrentar la raíz de los mismos.
Veamos el caso de la propuesta para conseguir la paz y disminuir la violencia y la inseguridad. Sobre el tema, Aristóteles es aún más radical y llegó a afirmar que “_la pobreza es el padre (y la madre) de la revolución y el crimen_”. Recuerda la tesis del presidente Belisario Betancur cuando hablaba de la necesidad de combatir las “causas objetivas de la violencia”; o lo que dijo J .Wolfhenson, presidente del Banco Mundial después del ataque a las Torres Gemelas en 2001: “Mientras exista pobreza en el mundo, los ricos no tendrán paz”.
Nadie niega que en Colombia ha aumentado la violencia después de que un gobierno se dedicara a hacer trizas el Acuerdo de Paz, y otro siguiera una equivocada política de supuesta “Paz Total”. Tampoco ningún político se atrevería a decir que no quiere la paz. Pero sí hay dos estrategias muy distintas para alcanzarla.
Una es la visión militarista de buscar destripar al contrincante y exterminar al enemigo. Es la versión posmoderna del viejo dicho latino “_Si vis pacem, para bellum_” (Si quieres la paz, prepara la guerra), con el que los generales romanos trataban de convencer a sus conciudadanos de la importancia de tener un ejército bien apertrechado para garantizar la paz en el imperio. Ahora lo repite el abogado de Alex Saab, para quien la solución a la violencia es aplicar la ley del balín: plomo y más plomo.
La otra es la visión, idealista si se quiere, de quienes sostenemos que luchar contra la desigualdad es condición necesaria, aunque no suficiente, para lograr la paz. Visión que se resume en otro latinajo, éste inscrito en los cimientos del edificio de la OIT en Ginebra: “Si vis pacem cole iustitiam” (Si quieres la paz, cultiva la justicia), y ampliada en el texto de la Constitución de la misma OIT: “_La paz universal y duradera solo se puede establecer si se basa en la justicia social_”.
Aunque la búsqueda de la realización de estos principios fue una de las razones por las que le dieron el premio Nobel de Paz a la OIT en 1969, la verdad es que es una utopía muy antigua, incluso con raíces bíblicas porque ya el profeta Isaías lo decía: “_**El producto de la justicia será la paz; tranquilidad y seguridad perpetuas serán su fruto”**_; también raíces teológicas como en la obra de Tomas de Aquino y filosóficas como en el magnífico tratado de Kant sobre la Paz Perpetua.
Más allá de todos los argumentos filosóficos, políticos o económicos, la realidad es que mientras no haya justicia social y subsistan las enormes desigualdades económicas que mantienen a millones de colombianos en la miseria, no habrá garantías de una paz duradera.