Día del periodista
Era mi mejor fecha. Incluso, muchos años superaba la del cumpleaños. Me llamaba a primera hora para felicitarme e invariablemente invitarme a almorzar. Donde yo quisiera. Y siempre fueron inolvidables y opíparas comilonas, mojadas en vino que yo escogía, con entradas que yo seleccionaba, con postre y tinto. Y, por supuesto, un bajativo que yo decidía. Siempre fue así. Excepto porque algunas veces no fue almuerzo. Era cena. Porque yo lo decidía.
Y cada tarde la separaba para mí. Fui testigo de los reclamos que recibió por su posición respecto a esa fecha. Me parece que fue —incluso— más sagrada para ella que para mí.
Varios 9 de febrero caminamos juntos en busca de algún regalo que se empeñaba en darme, orientada por información que —supe después— recogía con anticipación y paciencia. La camisa blanca con las especificaciones precisas, los zapatos del diseño que sólo yo conocía, la imposible de conseguir libreta de apuntes, el jean de la única marca que me sirve, en fin, una sarta de caprichos anuales que a ella se le convertían en una suerte de reto y que —sin misterio alguno— sorteaba con una tranquilidad pasmosa.
Así que el 9 de febrero terminaba siendo mi mejor día del año. Pero, desde hace cuatro 9 de febrero, ya no es así.
Con esa tristeza comencé este lunes que pasó, sentado frente a la ventana, con un pocillo de café en la mano, humeante, algo amargo, medianamente oscuro. Y entonces, la invoqué. Recordé todo lo que les acabo de decir y maldije que ya no fuera a sucederme jamás. Deprimirme y revolcarme en mi tristeza es una de mis especialidades. Y me sale divinamente.
Este pasado lunes no fue la excepción. Sobre todo porque debía cumplir una cita laboral y hasta las diez de la mañana que salí de casa, ninguno de mis amores (por fortuna, tengo varios) me había llamado. Se lo grité a ella en silencio y le reclamé por haberse ido; y sin musitar palabra le dije, con los ojos enrojecidos, ¿viste?, ¿viste que esta mañana nadie me llamó?, ¿viste? Y yo peleándole en mi mente, imaginando que ella me escuchaba y buscando palabras que no existen para decirle que yo lo único que quería era que ella me llamara primero que todo el mundo, pasaditas las seis, y me dijera que me felicitaba, que me bendecía, que se sentía muy orgullosa de mí, que yo era su favorito, que qué quería que me regalara y que a dónde quería ir a celebrar. Y yo, haciéndome del rogar. Ay, cuánto extraño ese momento.
Tuve que tranquilizarme solo. Debía celebrar. Le debo todo al periodismo.
Al medio día, invité a mi colega favorita al restaurante donde iba con ella, miré de reojo la mesa donde nos sentábamos, pedí de comer lo que a ella le gustaba y de dientes para afuera brindé por mi oficio, y de dientes para adentro, por ella, la dueña de mis pensamientos, mi silenciosa confidente, mi guía espiritual. Sí, mi ángel celestial.
En la noche, mis amores me felicitaron, me dieron torta negra con cubierta de chocolate hecho de aguacate y tomé vino, y aunque era dulce me supo amargo; en realidad el avinagrado era yo, soy yo.
Llegué a casa magullado, subí la escalera que ella subía, apagué la luz que ella apagaba y me tumbé en mi cama a ver la lámpara que ella veía. Y me quedé dormido, profunda y amargamente dormido. Y yo creo que en algún momento vino y posó su mano sobre mi frente, y me debió dar un beso, y me tuvo que haber dicho algo como feliz día, te amo, estoy orgullosa de ti, te felicito por haber celebrado, yo creo que ella vino y me dijo algo de eso, o todo eso, lo sé. Lo sé porque, al otro día, amanecí radiante, como si hubiese pasado el día con ella.
Escribo esto porque necesito seguir expiando esta insoportable sensación, lo publico porque quiero compartir mi tristeza disfrazada de sonrisa, y quiero que sepan que les estoy mintiendo cuando les muestro mi mejor cara, y deben entender que mis palabras amables se las lleva el viento, y que mis buenos deseos duran lo que el agua en las manos, y espero que quede claro que soy un egoísta, un maldito egoísta que sólo piensa en sí mismo, y que por eso —y sólo por eso— se niega a aceptar que ya ese día no puede ser como siempre fue. Ya no volverá a ser.
Sí, egoísta, escrita con letras de rabia y resignación, como es cada día del periodista desde que ella se fue. Y como será hasta que la vuelva a ver.
@JaimeHonorio.