El miedo a decidir (cuando responder cuesta)
Durante mucho tiempo creí que el miedo a decidir era un problema central en las organizaciones. Hoy creo que eso no alcanza para explicarlas.
La parte incómoda es otra: responder por lo decidido tiene costo.
Decidir no asusta tanto cuando alguien sabe que no quedará solo después.
Lo que paraliza no es la decisión en sí, sino la posibilidad de quedar expuesto, de ser señalado, de cargar con el costo mientras otros se esconden.
Por eso muchas decisiones no se toman. Se patean. Se socializan. Se elevan. Se documentan.
Y se documentan no para aprender, sino para cubrirse.
Cuando decidir se vuelve un acto solitario, la inacción se vuelve colectiva.
Ahí aparecen los comités eternos, las validaciones cruzadas, los correos con diez copias, las frases que suenan prudentes, pero esconden otra cosa: “Prefiero no decidir todavía”. “Esto habría que escalarlo”.
No siempre es mala fe. Muchas veces es aprendizaje cultural.
Se aprende qué decisiones conviene asumir y cuáles evitar, y qué errores se castigan y cuáles pasan inadvertidos.
Así, sin darnos cuenta, el sistema entrena la mirada: qué se reporta, qué se prioriza, qué se considera grave.
Me pasó algo que todavía me incomoda: me enteré más rápido del robo de un fluxómetro en una sucursal que de la muerte de la mamá de un empleado.
El primero activó reportes, correos, responsables y seguimiento. El segundo, no. No porque a nadie le importe. Sino porque el sistema no está diseñado para verlo. Ahí entendí algo clave: no solo existe temor a decidir. Hay sistemas que determinan qué importa y qué puede quedar fuera del radar.
Cuando lo humano no entra en la ecuación, decidir se vuelve un acto frío, defensivo, desconectado de las personas que sostienen la organización.
En ese contexto, uno de los problemas –y no el único– es que decidir exige hacerse cargo. Y no todos quieren. No por maldad. No por falta de capacidad. Sino porque hacerlo tiene costo.
Y durante años aprendimos a evitar ese costo, a mover la conversación a la trastienda, a ganar tiempo hasta que alguien más se queme.
Aquí es menester decirlo sin rodeos: una cultura que castiga el error más que la inacción termina premiando la cobardía organizacional.
Y eso no se arregla con discursos. Se arregla con madurez.
Decidir requiere algo previo: un entorno donde alguien sepa que, si decide con criterio, no será abandonado después. Cuando ese entorno no existe, la gente se protege. Entonces la excepción se vuelve refugio, la documentación se vuelve armadura, y el proceso reemplaza al criterio.
No porque la gente no sepa decidir, sino porque no confía en lo que pasa después de decidir. Ahí es donde el liderazgo importa de verdad.
Un líder no elimina el riesgo. Un líder acompaña la decisión.
Acompaña cuando sale bien. Y, sobre todo, cuando sale mal.
Un líder adulto no pregunta primero “quién se equivocó”, sino “qué aprendimos”. No busca culpables. Construye criterio.
Y cuando eso ocurre, algo cambia. Más personas empiezan a decidir. No perfecto. No siempre. Pero deciden.
Porque saben que no están solas. El miedo a decidir no se resuelve con motivación. Se resuelve con responsabilidad compartida.
Con líderes que no se esconden. Con equipos que no empujan el riesgo hacia arriba. Con culturas donde hacerse cargo no es una condena, sino parte del trabajo.
Decidir no es imponerse. Es hacerse cargo.
Y cuando alguien sabe que no va a cargar solo con el peso, el miedo deja de gobernar.
No porque desaparezca, sino porque queda zanjado lo más importante: aquí se decide, se aprende y se responde.
En tiempos de apremio –cuando todo urge y todo presiona– la diferencia entre una organización adulta y una inmadura es simple: en una, las decisiones se postergan para no incomodar; en la otra, se toman con criterio y se sostienen con cuidado.