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Lunes 4 de mayo de 2026
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Juan David Correa

El miedo como estrategia

Durante estos tres años hemos presenciado una máquina avasallante de información que lleva décadas funcionando en Colombia como estrategia de control social y mental. Hace unos días, viendo el extraordinario documental El pacto de Adriana, de la chilena Lissette Orozco, escuché una frase que me quedó resonando: “El miedo es una estrategia de irrigación”, dice ‘el Mocito’, un funcionario asignado al cuartel Simón Bolívar, uno de los epicentros de la más brutal tortura que perpetraron mujeres y hombres contra ciudadanos de izquierda, comunistas, independientes, librepensadores o, en todo caso, opuestas al militarismo que se impuso a la democracia de Salvador Allende: tan solo demócratas. 

Tras el golpe de Estado que dio Augusto Pinochet, el 11 de septiembre de 1973, con la connivencia y ayuda del Gobierno de Estados Unidos —en plena crisis de Watergate, y con el pronóstico de la renuncia de Richard Nixon— se intentó crear una cortina de humo protegiendo a los militares que derrocaron al primer Gobierno comunista de Chile para intentar evadir la crisis del petróleo. Las agencias de inteligencia crearon una milicia de ciudadanos que entraron a trabajar en las máquinas de tortura para hacerlos cómplices del horror. Ese invento, a lo Eichmann, ha sido una constante del totalitarismo y una de las estrategias de cooptación cultural por parte de Estados Unidos en América Latina.

 ‘El Mocito’, un hombre popular, de unos sesenta años, le dice a la directora cuando intenta descubrir la verdad sobre el oscuro y ominoso pasado de su tía, que solo decidió hablar cuando fue acusado de tortura, secuestro y asesinato, porque no participó en alguna de esas acciones, mientras que las torturadoras, como Adriana Rivas, su tía, ‘la Chany’ —quien ingresó como secretaria bilingüe y durante varios años fue parte de la Dirección de Inteligencia Nacional (Dina) desde donde se operó una empresa de exterminio—, seguían sosteniendo que jamás habían presenciado un acto como del que se las culpaba. “No bastaba con torturarlos y desaparecerlos, había que exhibirlos, mandar con sus cuerpos un mensaje, que era el del miedo: ‘Ojalá no te pase a ti. Si te portas mal, te va a pasar a ti porque somos capaces de hacer que te pase a ti’”.

 El documental, estrenado en 2017, es un ejercicio profundo y acucioso en el que Lissette Orozco cuenta la historia de su tía, migrante en Australia, que venía todas las vacaciones a Chile trayendo felicidad a su familia desde mediados de los años noventa. Adriana era la heroína de Lissette. Era alguien que le había enseñado a no callar, a decir lo que pensaba: era una mujer fuerte, generosa, que se había emancipado yéndose lejos de ese país que había alcanzado de nuevo la democracia tras el triunfo del plebiscito a finales de los años ochenta y el posterior apresamiento y juicio de las máximas autoridades militares. 

Pero un día, en la primera década de este siglo, la sociedad civil, la justicia internacional y las organizaciones de derechos humanos dirigieron sus denuncias contra mujeres y hombres que torturaron y administraron el horror y el exterminio. La familia de Orozco dudaba de la veracidad de la historia en principio, pero poco a poco, con tiempo, dolor y paciencia, quedaba clara la participación de Adriana como responsable de asesinatos y torturas. Gracias a una libertad condicional, Adriana logró huir de nuevo a Australia, seguramente con la protección de las fuerzas militares que la ayudaron a salir del país estando en esa condición. Desde entonces se inició un diálogo a distancia entre Lissette y su tía: el documental, que tarda una década en realizarse, es la búsqueda de Lissette, como sobrina, sobre una verdad que será negada hasta el final por su tía, Adriana, quien desde que comienza a contarle su historia ha urdido un mecanismo de manipulación perfecto para convencerla de su inocencia, así más de cincuenta personas coincidan en señalarla como culpable de ser una asesina torturadora, presente en los peores hechos realizados en ese batallón, donde tras vejar y humillar a estudiantes, dirigentes, líderes sociales,,artistas, los asesinaban con una inyección letal de cianuro. Pacto de Adriana me hizo pensar en el miedo como estrategia de control que ha imperado en Colombia en los últimos setenta años, desde cuando la Revolución cubana triunfó en 1959, y el Gobierno de Estados Unidos creó la Escuela de las Américas, una escuela del horror en Panamá, coordinada por el Ejército de ese país y la CIA. 

En esta escuela, dice 'el Mocito', hubo una formación impecable como estrategia contrainsurgente para detener el avance del comunismo o la izquierda en nuestros países. Muchos de esos oficiales y soldados aprendieron no solo a asesinar y a torturar, sino a comprender cómo podía construirse un pacto de silencio que, además de hacer temer a quienes entraban a participar del aparato del horror, también implicara de una manera cada vez más poderosa al conjunto de la sociedad. En la Escuela de las Américas se formaron aquellos que perpetraron operaciones de limpieza social y exterminio —escuadrones de la muerte— en El Salvador, Nicaragua (los Contras), Chile, Argentina, Paraguay, Brasil y por supuesto Colombia. 

“Más de sesenta mil estudiantes, soldados y policías se formaron en la Escuela de las Américas, entre ellos figuran destacados violadores de derechos humanos como los argentinos Leopoldo Galtieri y Roberto Viola, el boliviano Hugo Banzer Suárez, el salvadoreño Roberto d’Aubuisson, además de dos de los tres oficiales vinculados con el asesinato del arzobispo Óscar Romero; tres de los cinco oficiales citados en la violación y el asesinato de cuatro religiosas norteamericanas, y diez de los doce militares que participaron en la masacre de novecientos civiles en El Mozote, en El Salvador. También figuran el panameño Manuel Noriega, el peruano Vladimiro Montesinos, los chilenos Manuel Contreras, Miguel Krassnoff y Álvaro Corbalán”, y otros tantos de Colombia.

En esta coyuntura política valga recordar ese pasado en el cual la sola idea de ser de izquierda o comunista era señalada y proscrita y asociada con el demonio o figuras del mal, que en verdad encarnaron los ejércitos que desde siempre en la Colombia contemporánea se prestaron para estrategias de miedo y horror, siendo, una y otra vez, enemigos agazapados de la paz. El horror que vivió el país desde mediados de los años noventa, con empresas dedicadas a limpieza social, masacres, ‘falsos positivos’ y desapariciones, dejando nueve millones de víctimas, es lo que nos quieren ofrecer los señores de la ultraderecha, convencidos de que en los pactos renovados de su silencio todos vamos a terminar por callar o desapareceremos. 

La verdadera resistencia de la memoria, la dignidad, y la construcción de un futuro más complejo, que deje la binariedad moral como principio rector de la vida, está en historias como las de Lissette Orozco. Ella decidió continuar indagando en sus propias grietas familiares, con todo el costo que eso supuso, para encontrar que en todas nuestras familias también anidan seres que han decidido entrar al pacto del horror por circunstancias a veces aparentemente casuales, azarosas o contingentes. Y que muchos de nosotros, también hemos callado. La pregunta siempre será: “¿Por qué te acomodaste cuando veías lo que estaba pasando?”. La respuesta no siempre es explícita, pero para eso está escrita la omertá, la ley del silencio de la mafia siciliana: “El que es sordo, mudo y ciego, vive cien años en paz” (Cu è surdu, orbu e taci, campa cent’anni ’mpaci!). Y el que no, nos devuelve la esperanza.

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