El respeto es el límite
“Uno se vuelve feminista con su historia, por eso hay miles de maneras de ser feministas”
Florence Thomas
Hay límites que ningún poder debería cruzar. Uno de ellos es el respeto a las mujeres. En el reciente discurso en el Hospital San Juan de Dios, el presidente Gustavo Petro habló de la vida, del cuidado y de la salud pública –causas que comparto plenamente–. Pero al mismo tiempo terminó maltratando el cuerpo femenino y la sexualidad.
En medio de un acto oficial para anunciar que el Gobierno nacional y la Alcaldía de Bogotá llegaron a un acuerdo para intervenir, por fin, el histórico centro hospitalario, escuchamos frases como: “Los hombres inteligentes siempre son amados por las mujeres, no importa cómo sea su cuerpo”. O reflexiones sobre cómo “se conquista a las mujeres”, con comparaciones entre mujeres europeas y “la mujer latina, que es mucho más hermosa”. También afirmaciones como: “Yo creo que Jesús hizo el amor, sí. A lo mejor con María Magdalena”, seguidas de otra frase todavía más perturbadora: “Él no murió como Bolívar, murió rodeado de las mujeres que lo amaban. Y eran muchas”.
Hubo además referencias explícitas a la cama y a la intimidad. “No me interesa qué hizo el señor Trump en la cama… ni a ningún periodista chismoso le debe interesar qué hago yo en la cama”, y una frase presentada como defensa de la libertad: “El poder no se puede meter en la cama íntima, porque muere la libertad en el mundo inmediatamente y nos convertimos automáticamente de nuevo en esclavas y esclavos”. Incluso comentarios sobre el personal del hospital que contrastaban trabajadoras “antiguas y maltrechas” con personal “joven y hermoso”. Ninguna de estas frases es casual. Una cosa es defender la vida. Y otra muy distinta es convertir el cuerpo de las mujeres en símbolo, argumento o pedagogía política.
No se trata de corrección política. Se trata de dignidad. Las mujeres no somos metáforas. No somos territorios para explicar la desigualdad, ni atajos retóricos para hablar de transformación social. Somos sujetos de derechos.
Cuando el poder habla sobre las mujeres en lugar de hablar con ellas, y recurre a la sexualidad de manera irrespetuosa, termina reproduciendo una vieja forma de dominación simbólica. Y es más grave que lo haga un presidente que reitera la narrativa del cambio. Peor, cuando este discurso abusivo no está acompañado de políticas públicas que garanticen derechos esenciales como las trayectorias educativas completas para niñas y jóvenes, autonomía económica, empleo digno, acceso efectivo a salud sexual y reproductiva, y una vida libre de violencias.
Es inaceptable hablar del cuerpo sin referirse al poder que continuamente se ejerce contra él. No se puede predicar la vida sin referirse a la libertad. Es peligroso ponderar el cuidado sin respetar la dignidad del otro.
Las palabras importan. No son neutras. Construyen marcos, habilitan sentidos y normalizan prácticas. Por eso preocupa escuchar expresiones que naturalizan el cuerpo femenino y lo instrumentalizan desde la tarima presidencial. Es incomprensible que este manejo equivocado de la sexualidad aparezca como un recurso pedagógico del cambio. Preocupa que la mujer sea presentada como conquista o sacrificio, pero no como ciudadana plena, autónoma, y con proyectos propios. Es inaceptable que numerosas mujeres que forman parte del movimiento político del presidente –o son sus fervientes seguidoras– opten por un ensordecedor silencio o, peor aún, sonrían o minimicen esas actitudes.
No necesitamos que nos expliquen desde el poder qué significa ser mujer. Exigimos políticas que amplíen nuestras libertades reales. La historia de Colombia está marcada por una violencia persistente contra las mujeres que ha sido física, económica y simbólica. Esa violencia no empieza con los golpes. Comienza cuando se nos reduce a roles y se habla de nosotras sin aceptar que somos sujetos de decisión. Por eso el respeto no es un detalle del discurso. Es un principio democrático. Ningún proyecto político que aspire a transformar el país puede permitirse cruzar esa línea.
Porque el problema no es solo el lenguaje. Es el poder que ese lenguaje expresa. Un Gobierno que usa el cuerpo femenino en su discurso está llamado a mostrar, con igual énfasis, las alternativas que pueden garantizarles autonomía a las mujeres. Un presidente que invoca la vida tiene la responsabilidad política de crear condiciones materiales para disfrutarla con dignidad. Y un proyecto que se dice transformador no puede quedarse en metáforas, mientras millones de mujeres siguen atrapadas entre la informalidad, el cuidado no remunerado, la deserción educativa y la violencia cotidiana. No basta con conmover. Es necesario gobernar.
Gobernar es asegurar trayectorias educativas completas para niñas y jóvenes. Es crear empleo formal femenino y oportunidades reales de ingreso propio. Es avanzar en corresponsabilidad del cuidado. Es garantizar una política integral de salud sexual y reproductiva. Es traducir la igualdad en presupuesto, programas, metas y resultados medibles.
Tal vez por eso incomoda tanto este episodio. Porque pone en evidencia que la transformación no empieza en el discurso, sino en la forma como se reconoce al otro. También revela que todavía cuesta ver a la mujer como un sujeto político pleno, y no como símbolo del dolor o de la desesperanza colectiva. Indigna que, en pleno siglo XXI, tengamos que insistir en un postulado tan básico en una democracia. El respeto a las mujeres no es un asunto cultural ni un debate accesorio. Es una prueba de coherencia democrática.
Si este Gobierno quería liderar una transformación profunda, debería haber comenzado por escucharnos, tratarnos con respeto, como iguales, y convertir la palabra en política pública. Menos retórica sobre nuestros cuerpos. Más derechos garantizados. Menos metáforas. Más Estado que amplíe libertades reales.
Porque el verdadero cambio empieza cuando una niña puede acceder y completar su trayectoria educativa, cuando una joven consigue su primer empleo formal, cuando una mujer tiene ingresos propios y tiempo para sí misma, cuando el cuidado deja de ser una carga invisible y se convierte en una responsabilidad compartida. Empieza cuando la política pública crea oportunidades reales y sostenidas. No cuando el discurso busca conmovernos o sacar aplausos. El país democrático que vale la pena construir es uno donde las mujeres no somos símbolo del pasado ni promesa del futuro, sino protagonistas del presente. Ese –y no otro– es el cambio que muchas mujeres seguimos exigiendo. Ya no fue en este Gobierno. Una oportunidad perdida.
**Posdata.** Esta semana dos de los colegios más tradicionales de Bogotá –el Colegio Marymount y el Gimnasio Campestre– anunciaron que integrarán sus proyectos en una sola institución. Presentaron de manera responsable un proceso gradual que se extenderá hasta 2029 y que, según sus directivas, responde a motivaciones educativas y a la voluntad de articular enfoques formativos complementarios.
Esta decisión invita a una reflexión más amplia. En un país donde las dinámicas demográficas están cambiando –con menos niños en edad escolar y una presión creciente sobre los modelos educativos tradicionales–, pensar la educación como un sistema flexible, inclusivo y adaptado a nuevas realidades se vuelve urgente. La fusión de dos trayectorias históricas es un indicio de que las viejas formas educativas también deben repensarse frente a los desafíos educativos, institucionales, financieros y demográficos del siglo XXI.