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Lunes 4 de mayo de 2026
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Federico Díaz Granados

Jalisco park

Hay una escena que regresa a mi memoria como si fuera una foto principal de un viejo álbum familiar y es la de un hijo, Alexander Kerner, que intenta reconstruir en 70 metros cuadrados una patria que ya se derrumbó afuera. No es solo un gesto de afecto hacia su madre sino un acto político a través de una puesta en escena íntima y llena de amor.  En Good Bye Lenin el socialismo cabe en un apartamento como si la historia solo dependiera de objetos, latas, carteles, rituales mínimos y antiguos frascos de pepinos. A veces pienso que nuestra relación con la utopía se parece a ese pequeño apartamento que lo cuidamos, ventilamos y le cambiamos las cortinas pero que sabemos que está en ruinas y que el mundo, allá afuera, ya cambió de idioma y de promesas. Quizás esa es la poética central de esta conmovedora película, la de intentar no solo armar un país dentro de una casa sino la de hacer funcionar ese país a la perfección adentro mientras afuera ya se ha derrumbado. Por eso para los hijos de la utopía la vida ha sido armar y desarmar esos metros cuadrados y seguir soñando a pesar de los constantes fracasos y de inmensas promesas incumplidas. Esas herencias ambiguas configuraron el carácter de una generación que ahora mira con nostalgia y también con pragmatismo el presente del mundo. 

A propósito de esto recuerdo una charla que tuve la alegría de moderar hace unos años con las autoras Lawrence Debray, Karina Sainz Borgo y Wendy Guerra sobre el tema de “Las hijas de la revolución” con motivo de la aparición de algunos libros de ellas que fueron presentados en el marco de una FILBO. Allí cada una narró su experiencia personal y la forma en la que sus infancias estuvieron marcadas por unos padres que creyeron y fueron fieles a unas ideas, unas luchas y unos sacrificios. Por ejemplo, Lawrence Debray nos habló desde la mirada de una niña que fue criada por sus abuelos de la burguesía francesa mientras sus padres estaban en América Latina haciendo la revolución. Ella describe una infancia hecha de soledad y de grandes heridas de abandono que tuvo que sortear con el mito y la leyenda. Debray se entera por un compañero de la escuela que su padre, Regis Debray, estuvo preso y que fue perseguido. En este caso la utopía estaba en una habitación cerrada con llave y la joven Lawrence buscaba su identidad por contraste y pone un retrato del rey de España en su cuarto, no porque sea monárquica sino porque necesitaba un héroe propio, lejano a las ideas de sus padres así fuera en un altar ajeno. Al final termina escribiendo una biografía del rey mientras su padre escribía un libro para explicarle a su hija la República. 

Por su parte la escritora cubana Wendy Guerra no hablaba de “hogar revolucionario” sino de un orfanato donde la revolución ocupa el lugar de los cumpleaños, aniversarios, los juguetes y las fotos. “Una consigna podía más que un sentimiento” nos recordó aquella tarde mientras en su memoria desfilaban nombres y siglas, ropa de guerrilla y visitas ilustres. La utopía, cuando se vuelve dogma tiende a considerar la ternura como un lujo burgués. Y una niña sin ternura aprende pronto la gramática del abandono. De igual forma a lo largo de su obra hace énfasis en la imposibilidad de revisar los mitos sin pagar un precio. Por eso escogió el “inxilio”, aquella forma de estar afuera estando dentro donde convivió con muchos de sus compañeros de generación, llamados “Los hijos de Guillermo Tell” por aquella canción popular de Carlos Varela que se convirtió en un himno colectivo en pleno “Periodo especial” de los años noventa.

Asimismo, Karina Sainz Borgo no creció en un hogar revolucionario sino en el sedimento de una revolución que se anunciaba como justicia y llegó como demolición. “Más que hija de la revolución era huérfana de la revolución”, dijo, y en esa frase cabía un país entero.  Esa huérfana nos hablaba desde el costado más cruel de la utopía sin ninguna épica en su relato. Ella contaba su relato desde la vida diaria que recoge los pedazos para armar en casa su propio país donde la madre es la patria misma (o la matria), la maestra que enseña a leer la memoria de una Venezuela que aspiraba al progreso. 

En fin, con estas autoras, además de otras como Aroa Moreno Durán, la autora de La hija del comunista, entre otras, se dibuja un mapa de la herencia revolucionaria que no se parece a los afiches ni a las camisetas. Ser hijos de la utopía era comprender muy temprano que la historia era un constructo colectivo y terminó siendo el apagón, la cola y el exilio (o el inxilio) y consistía en no renunciar al deseo de un mundo más justo sin renunciar a la lucidez y el espíritu crítico de sentir que se vivía dentro de un mito. Ser hijos de la revolución es haber heredado una promesa rota, sí. Pero también es haber aprendido a golpes, que ninguna idea vale más que una vida y que ninguna épica justifica la intemperie de una infancia y el abandono. Crecer entre ruinas simbólicas es entender que la verdadera utopía ya no es una camiseta estampada sino la posibilidad de disentir así se derrumbe el parque de diversiones como en aquella canción de Carlos Varela que termina diciendo “Pero pongo la historia por encima de su razón / y sé con qué canciones quiero hacer revolución /Aunque me quede sin voz, aunque no me vengan a escuchar / Aunque me dejen solo, como a Jalisco Park”, aquel parque que terminó detenido en el óxido y la maleza como una infancia congelada. Los hijos de la utopía regresan a esos parques vacíos porque la ternura y el asombro serían para siempre la forma más verdadera de la memoria y la mejor manera de construir un país y una patria dentro de una casa donde nunca mueren los sueños y las promesas.

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