La memoria en tiempos del scroll
La memoria no implica únicamente recordar. Es clasificar, ordenar e interpretar. Es un proceso mediante el cual las sociedades construyen sentido sobre su pasado. La memoria individual es la capacidad de una persona de grabar en el cerebro y recordar experiencias. La memoria colectiva es el conjunto de recuerdos del pasado compartidos por un grupo. Y la memoria histórica es la reconstrucción crítica del pasado mediante la investigación, la documentación, el debate público y la elaboración cultural.
La memoria histórica no es un depósito de piezas inamovibles. Borges escribió: “El pasado es arcilla que el presente labra a su antojo. Interminablemente”. Esa frase, más que una alegoría, es una interpretación sobre la memoria, la individual, la colectiva y la histórica: el pasado siempre está siendo reinterpretado desde las necesidades del presente.
Walter Benjamin lo expresó desde otro ángulo cuando señaló que articular históricamente el pasado no significa conocerlo tal como verdaderamente fue, “sino apoderarse de un recuerdo tal como relumbra en un instante de peligro”.
Hoy ese peligro tiene una nueva dimensión: los medios digitales.
Las tecnologías digitales han transformado la memoria en varios niveles. En el plano individual, la memoria ya no es el archivo: consiste en saber dónde se encuentra la información que necesitamos. En el plano social, los medios digitales han creado una paradoja: vivimos en una era de mayor capacidad de memoria –todo puede quedar grabado– y, al mismo tiempo, de una gran amnesia acelerada –todo es vertiginosamente reemplazado por algo nuevo–. Esto tiene efectos profundos sobre la memoria colectiva y la memoria histórica. La lógica de las redes sociales privilegia lo viral, lo emocional, lo polémico, no lo sustancial ni lo duradero.
Aquí surge la pregunta esencial: ¿quién construye el relato del pasado?
Hasta hace pocos años, el relato era producido principalmente por Estados, academias, archivos oficiales, medios tradicionales, historiadores. Hoy, las redes permiten que muchas más voces participen en la construcción de la memoria. Esto es democratizador. Movimientos sociales, comunidades indígenas, víctimas de conflictos armados y minorías históricamente silenciadas pueden narrar su propia historia.
Un ejemplo latinoamericano es el de las memorias sobre las dictaduras del Cono Sur. Durante décadas, gran parte del relato estuvo mediado por archivos estatales o judiciales. Esa era la “historia oficial”. Hoy, plataformas digitales hacen posible que testimonios, documentos y relatos individuales circulen masivamente, ampliando la memoria pública sobre desapariciones, exilios y violaciones de derechos humanos.
En Colombia, algo similar ocurre con la memoria del conflicto armado. Proyectos digitales, archivos abiertos y narrativas ciudadanas han permitido que víctimas, comunidades territoriales y organizaciones sociales construyan relatos que antes no tenían voz. La memoria ya no es solo institucional: le pertenece también a la sociedad.
Pero esta apertura también trae riesgos. La viralización de desinformación histórica, la manipulación de narrativas y la desaparición rápida de contenidos crean un terreno de arenas movedizas para la reconstrucción del pasado. Las plataformas digitales no solo almacenan información: la clasifican, la priorizan y la ordenan mediante algoritmos. Esos sistemas determinan qué vemos, qué se vuelve visible y qué desaparece. La memoria deja de depender solo de historiadores, periodistas o instituciones culturales, y pasa a depender de modelos matemáticos diseñados para maximizar atención y permanencia en pantalla. Surge entonces lo que se denomina la “memoria algorítmica”. Estas fórmulas matemáticas programadas pueden democratizar el acceso al pasado, pero también manipularlo. Pueden dar un espacio a voces históricamente silenciadas, pero también magnificar versiones falsas, simplificadas o interesadas de la historia. El resultado es una memoria colectiva más amplia, pero también más vulnerable y manipulable.
La disputa por la memoria histórica ya no sucede solo en libros, museos o archivos. Sucede en buscadores y en algoritmos. Por eso, uno de los desafíos importantes de nuestra época es aprender a recordar colectivamente en un mundo diseñado y programado para olvidar rápido.