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Lunes 4 de mayo de 2026
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Jorge Espinosa

La narrativa contra el Banco de la República

En esta elección presidencial de 2026, tal vez como nunca en las últimas décadas en Colombia, lo que tendremos será una guerra sin tregua por la narrativa. El gran logro retórico del presidente Gustavo Petro ha sido persuadir a una porción muy significativa de los colombianos de que las instituciones independientes del poder Ejecutivo están todas al servicio de una oligarquía egoísta, brutal y en contravía de los intereses superiores del pueblo, pueblo que solo él entiende, representa y cuida. Ese logro retórico –compartido por muchos otros mandatarios que se sienten por encima de la Historia– consiste en repetir hasta el cansancio que esos organismos solo toman decisiones contrarias al interés general porque odian al “inolvidable” presidente Petro o porque sirven a los intereses de unos pocos privilegiados. Es, en definitiva, el arte del desprestigio constante: repetir una y otra vez que todo lo que no esté controlado por el Ejecutivo, o que no haga lo que el presidente quiere, es inservible y requiere ser vilipendiado y eliminado. Era, sí, el ataque permanente de Álvaro Uribe a las cortes y a la independencia judicial, y es también la sombra de duda que Petro ha puesto sobre decisiones recientes de la Corte Constitucional.

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Petro no solo está diciendo que la Corte Constitucional toma decisiones porque lo odia, sino que los magistrados votan para proteger a los más ricos de Colombia. Se trata, al final, de que los votantes crean que instituciones como el Banco de la República y la Corte Constitucional son entidades rancias que solo existen para proteger a unos privilegiados en detrimento del gran pueblo. Esa pérdida de confianza en las instituciones tiene consecuencias que son catastróficas para las democracias, porque convierte la separación de poderes en un embeleco incómodo que es necesario desacreditar. Tal vez el organismo que más ha sufrido los ataques presidenciales es el Banco de la República, que esta semana decidió subir las tasas de interés en 100 puntos básicos, 10,25 por ciento. Los analistas preveían un incremento de 50 puntos básicos, pero cuatro de los siete integrantes del banco central decidieron duplicar lo que esperaban los expertos y, de paso, contradecir una vez más al Gobierno, representado en la junta por el ministro de Hacienda Germán Ávila, cuyo único mérito consiste en decirle siempre sí al presidente Petro. Otros ministros de Hacienda como José Antonio Ocampo y Diego Guevara terminaron por fuera del Gobierno, justamente, por decirle que no a Petro cuando sus deseos eran peligrosos e irresponsables.

Lo que entiende la mayoría del Banco de la República es lo mismo que advierten en público exministros de este Gobierno como Ocampo y otros exfuncionarios como Jorge Iván González, quien fuera director del Departamento Nacional de Planeación y elaboró el Plan de Desarrollo del petrismo, y en privado funcionarios que siguen dentro del Gobierno como uno que me dijo, consultándolo para esta columna: “el papel de quienes entienden lo que está pasando con la economía es anticiparse y corregir o calibrar el camino, y es un hecho que en materia fiscal la bomba de tiempo ya está en cuenta regresiva”. Luego, cuando le pregunté por la decisión del Banco de la República de subir las tasas de interés, contestó: “Toca frenar con fuerza el quilombo fiscal y de deuda, además, el principal responsable es el propio presidente Petro: por su desorden fiscal, su propio equipo económico tiene la tasa de corto plazo en el 12 por ciento, así que la molestia deberá ser con él mismo”.

Extrañamente, el presidente Petro, que tanto reclama por el supuesto partidismo político del banco central, no encuentra reprochable que el profesor César Giraldo, elegido por su Gobierno, publique en la página del Ministerio de Hacienda un texto defendiendo la extraña idea de que un incremento del 23,7 por ciento del salario mínimo no afecta la inflación. Es la primera vez en la historia del banco que un miembro de su Junta Directiva, que debería tener autonomía con respecto al Gobierno, publica en la página del Ministerio de Hacienda un texto defendiendo los intereses del Gobierno. No solo es una deshonestidad intelectual, es una sumisión completa al petrismo. No nos equivoquemos: la independencia del Banco de la República será fundamental en lo que queda de este Gobierno, y el que se inaugure el 7 de agosto tendrá en sus manos una crisis fiscal monstruosa que pagaremos todos.

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