¿Por qué no se van?
La noticia se esparció en las redes sociales y en algunos informativos de la noche: a un investigador de la Comisión de la Verdad le habían hurtado sus equipos que contenían información sensible y reservada. Ocurrió el 19 de febrero de 2022. El Gobierno anterior estaba en su ocaso tras haber logrado el objetivo de hacer trizas el Acuerdo de Paz con las Farc. Los equipos del politólogo y periodista, que trabajaba con el comisionado Alejandro Valencia Villa, estaban en el apartamento que compartía con un amigo literato.
El ruido en las redes dura un suspiro. Lo que nos indigna se replica para hacernos sentir cómodos y después pasamos a otra cosa. Si uno cierra los ojos y trata de recordar quién era ese investigador y qué fue de su historia, no es capaz de pronunciar un nombre siquiera, de pensar en una señal particular. Si se menciona la Comisión de la Verdad, uno esperaría que muchos recordaran o pensaran qué fue de sus conclusiones, hasta dónde llegaron sus hallazgos, por qué han sido desconocidos y olvidados algunos de sus miembros, anónimos para la mayoría; como es el caso de Andrés Celis, quien hoy, sin garantías de seguridad para regresar al país, continúa en el exilio, cuatro años después de que un supuesto habitante de calle entrara en su apartamento y hurtara las grabaciones que contenían las entrevistas realizadas a alias Otoniel, jefe del Clan del Golfo, hoy extraditado. Pienso en cuáles podrían ser las garantías de seguridad para cualquier contratista que, como Andrés, ha tenido la convicción de que trabajar en lo público es un servicio que se presta para intentar cambiar la historia del horror que hemos vivido.
Tras el robo: el escándalo menor, la Fiscalía, las llamadas entre altos funcionarios y luego la familia, la soledad, la comprobación de que no siempre hay solidaridad cuando más la necesitamos. El afán y la justificación de que hay que seguir adelante. A Andrés le brindaron un escolta, un carro, pero pronto entendió que eso era solo un gesto menor frente al desafío que significaba haber tenido acceso a información que implica a empresarios, políticos y militares con la organización criminal. Madre y padre se negaron a entrar en la lógica de la protección. Comenzaron las llamadas y las amenazas. Las investigaciones no conducían a ninguna parte. El informe de la Comisión se entregó y el presidente Gustavo Petro, electo en ese momento, aún sin posesionarse, le dio la mano al sacerdote Francisco de Roux y a las demás comisionadas, y se comprometió a seguir las recomendaciones allí consignadas.
Andrés debió irse. La maleta sobre el piso encerado de El Dorado le explicó cuál era el precio de la búsqueda de razones para establecer la verdad en una sociedad que elimina a quien se atreve a investigar. La maleta que han arrastrado tantas y tantos: Alfredo Molano, a finales de los años noventa. El sociólogo y escritor fue uno de los comisionados. En alguna columna de ese entonces contó todo ese dolor que sintió al tener que irse del país: “No quise traer más que un par de camisas y unos libros. No deseaba echar raíces lejos de mi patria, así aquí no me sienta un extranjero. El exilio, a pesar de todos los dolores que ha significado, me ha enseñado a mirarle la cara a la soledad que siempre anda conmigo y a no tener más que lo que llevo puesto, para no perder la libertad de regresar a Colombia cualquier hora de cualquier día”. Pero no pudo volver tan pronto: a los meses de partir asesinaron a Jaime Garzón Forero. Al llegar a un país nórdico, Andrés también entendió que el regreso quizá no iba a ser posible tan pronto como lo imaginaba. Se instaló y creyó que, con estudio, disciplina deportiva y buena actitud iba a superar la idea de no poder regresar. La tristeza del país se llama saudade. Es un sentimiento que recorre el alma. Una energía que se sabe ausente. La vida sin uno mientras uno la ve ocurrir o se la cuentan. Otra vez Molano: “Entonces, una tarde, sentí deseos de comer banano –así no fuera producido en Urabá–; otra, de comprar una yuca africana y unas granadillas de Urrao, que había visto en una tienda de productos exóticos. No he sido nunca patriotero, o por lo menos no lo he sido al estilo del señor Caro –que por traducir a Virgilio nunca conoció el río Magdalena–, pero confieso que, desde lejos, hasta los bambucos me comenzaron a gustar. Echaba de menos a mi gente, las travesías por las cordilleras y los llanos, y me hacían falta hasta mis enemigos”.
En las antípodas también te alcanzan, es lo que supo el investigador al recibir una llamada de un supuesto jefe paramilitar que le pedía dinero a cambio de no meterse con su familia. Esa voz quedó grabada. Y se convirtió en una carga, en una condena, en una pregunta sobre el porvenir para la que no se podían arriesgar respuestas. ¿Hay futuro sin verdad? ¿Y qué hacemos con la verdad que termina perseguida, intimidada, amenazada y asesinada? La verdad es un proceso histórico, dialéctico, que se va construyendo, y cuando perdemos a quien ha osado establecer historias, diálogos e ideas para contribuir a ella, perdemos partes fundamentales para una mayor complejidad y un reconocimiento definitivo de las víctimas, que fue la propuesta de la Comisión. El pódcast La vida está en otra parte, de Radio Ambulante, es el recuento de esta historia, y nos llama como sociedad a entender que los hilos que hemos perdido sobre personas como nosotros, que se han jugado su vida para cumplir con su deber, y honrar la memoria de las víctimas, son olvidadas con injusticia por el conjunto de la sociedad. Y cito el Informe que Andrés Celis ayudó a componer:
“Casi ninguna familia extensa colombiana ha escapado del dolor, y los impactos en sus vidas no se acaban, sino que comienzan con los hechos, prolongan sus secuelas. Las consecuencias negativas han provocado la ruptura de planes de vida durante décadas. Sin embargo, a pesar de que el impacto colectivo muestra que Colombia ha tenido pérdidas incalculables debido al enorme costo en vidas humanas y sueños colectivos, la guerra ha resultado beneficiosa para otros sectores, que acumularon tierra y propiedades, se han enriquecido con el despojo y las economías ligadas al conflicto armado y al narcotráfico o han ganado poder político. Así lo cuenta un joven, cuya biografía está cruzada por todas las contradicciones de la guerra, y que tuvo que crecer en el exilio: ‘En muchos casos, haber sobrevivido físicamente no basta, hay gente que sigue metida, por todos los motivos que pueda haber, en una dinámica de guerra, en alimentar el conflicto y la violencia; por eso te digo, yo creo que víctimas somos todos, menos los que tienen interés o ganan de la guerra, que no quiere decir los que participan, sino los que tienen interés y ganan de ella’”.
A ese desafío nos enfrentamos hoy: es una lucha entre la promesa de la vida o el regreso a la muerte.
www.comisiondelaverdad.co
https://radioambulante.org/audio/la-vida-esta-en-otra-parte